A. LOUF Hombre Interior

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    ANDR LOUF

    EL HOMBRE INTERIOR

    a frmula no se encuentra tal cual en la Biblia, pero est implcita en una imagenparticularmente sugerente, empleada por san Pedro en su primera carta: ho

    kruptos ts kardias anthrpos (1 Pe 3,4), un hapax en toda la Biblia, literalmente: elhombre escondido en el corazn. En este pasaje, Pedro aconseja a las mujeres no

    preocuparse por las apariencias externas sino ms bien dedicar su atencin a este serescondido que ellas llevan en su interior y que se manifiesta en la incorruptibilidad de un

    alma dulce y serena.Al hombre interior se le identifica con el corazn del hombre, del cual toda la

    Biblia recordar su fundamental ambigedad. Ya en el libro del Gnesis, Dios constataque todo el modo de pensar del hombre era siempre perverso (Gn 6,5). Conoce uncorazn endurecido, que , en el caso del Faran, l mismo se ha encargado de endurecer(Ex 7,3ss.); pero tambin sabe de un corazn conmovido, capaz de humillarse ante l(2 R 22,19), y, sobre todo, un corazn roto, contrito y humillado (Sal 33,19; 50,19), que lse ingenia para sanar (Sal 146,3). Reprocha a menudo la incircuncisin de los corazones(Lv 26,41; Dt 10,16; 30,6; Jr 9,26). Es precisamente en las tablas del corazn donde Diosvendr para escribir su nueva Ley (Pr 3,3; 7,3). Por su Profeta, promete cambiar elcorazn de piedra en un corazn de carne (Ez 11,19; 36,26). Es un corazn semejante alde Dios, un corazn que sepa escuchar, lo que Salomn pide a Dios en el comienzo desu reinado (1 R 3,9), al suceder a David, su padre, del cual haba recibido el consejosiguiente: Por encima de todo cuidado, guarda tu corazn, porque de l brotan las fuentesde la vida (Pr 4,23).

    El corazn del hombre segn Jess y Pablo

    La enseanza de Jess acerca de la interioridad se inscribe en esta tradicin. Jessbeatifica a los corazones puros, en oposicin a la dureza del corazn que reprocha a susoyentes (Mc 16,14; cf. Rm 2,5; Ef 4,18). Porque es la maldad que brota del corazn lo

    que mancha al hombre, no las prcticas exteriores al corazn (Mt 15,18s). En efecto, delo que rebosa el corazn habla la boca (Mt 12,34), y el que es bueno, de la bondad queatesora en su corazn saca el bien (Lc 6,45). Es en Lucas donde encontramos la hermosafrmula del corazn kalos kai agathos -hermoso y bueno-, que permitir a la simiente dela Palabra producir su fruto. El corazn es, en efecto, el lugar en el que, imitando elejemplo de la Virgen, se medita la Palabra (Lc 2,19), pues, como recordar san Pablo,utilizando un verso del Deuteronomio: La Palabra est cerca de ti: la tienes en los labiosy en el corazn (Rm 10,8). El corazn es tambin el lugar que se enardece cuando Jessen persona interpreta las Escrituras (Lc 24,32). Es tambin el templo del Espritu Santo:Es que no sabis que vuestro cuerpo es templo del Espritu Santo? l habita en vosotros

    porque lo habis recibido de Dios (1 Co 6,19), un templo en el que se celebra la plegaria,

    tanto la litrgica como la interior: Recitad, alternando, salmos, himnos y cnticosinspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Seor (Ef 5,19). La expresin dePedro, el hombre escondido en el corazn, reagrupa y resume todos estos elementos.

    L

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    San Pablo la utiliza a su vez en la segunda carta a los Corintios (4,16-18). Allcontrapone el hombre interior al hombre exterior. Dado que este ltimo, acechado porla muerte, se degrada progresivamente y camina hacia la ruina, el hombre interiorest ya presente, y su actividad, provisionalmente invisible, nos prepara un inmenso eincalculable tesoro de gloria, a quienes no nos fijamos en lo que se ve, sino a lo que no seve. Lo que se ve, es transitorio, lo que no se ve, es eterno.

    Esta realidad interior del hombre dar miedo a nuestros contemporneos? Cabepreguntrselo al constatar que el texto de Ef 5,19, que acabamos de citar, hoy da setraduce generalmente por cantad y tocad con toda el alma para el Seor, traduccin que,en rigor, podra justificarse desde el punto de vista lexicogrfico, pero que en la que nuncaningn Padre de la Iglesia ha pensado, dado que, en una hermosa unanimidad, interpretaneste texto en referencia a la liturgia interior del corazn.

    Se trata de una tranquila conviccin que recorre como una hilo rojo toda laTradicin patrstica: esta liturgia interior de la plegaria, a pesar de las apariencias otambin de nuestra infidelidad, se nos concede de antemano. Sin cesar est siempre

    presente, y no nos abandona jams. San Pablo lo recuerda explcitamente: En efecto, -

    diceel Espritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir lo quenos conviene, pero el espritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm8,26).

    El corazn del bautizado

    Por muy extraordinario que parezca, esta dato no tiene nada de excepcional: es lasituacin real de cada bautizado. Al recibir la vida de Dios en s mismo, y llegando a serde esta manera hijo adoptivo de Dios, el bautizado recibe al mismo tiempo el don delEspritu Santo. Ahora bien, este Espritu es un Espritu que est permanentemente enoracin, que clama sin cesar en nuestros corazones: Abba, Padre!. Este es el verdaderotesoro, a decir verdad inaudito, que cada cristiano lleva en lo ms ntimo de su ser, sinsaberlo durante la mayor parte del tiempo. Y esto no quita nada a la sorprendente realidadde esta presencia en l, porque desde lo ms profundo de todo creyente, gracia y plegariase confunden; estar en estado de gracia es estar en estado de oracin. Incluso cuando no esconsciente de ello, el cristiano est en oracin de alguna manera. O mejor, el EsprituSanto celebra la plegaria en l.

    Si esta es la realidad, todo tipo de mtodo o tcnica de plegaria no puede tenerotro objetivo que poner al orante, que de hecho es todo creyente, en contacto con esta

    plegaria divina que existe en l. Las frmulas de plegaria que pueda tratar de inventar, elrecogimiento y el silencio interior que pueda favorecer, no tienen otro sentido que el dehacer consciente esta plegaria y facilitar su manifestacin. En efecto, esta oracin estsiempre activa en l, si bien de forma inconsciente, y esto en una profundidad deinconsciencia que va mucho ms lejos que la inconsciencia psicolgica que, en nuestrosdas, sabemos analizar mejor. Se trata de una inconsciencia que toca las races mismas denuestro ser, meta-fsica y meta-psquica en el sentido ms fuerte del trmino, all donde sesumerge en Dios, all de donde brota sin cesar a partir de Dios.

    El templo interior

    Sera preciso poder recogerse por largo tiempo alrededor de esta realidad interioren lo ms ntimo de nosotros mismos, para medir toda su densidad y saborear toda su

    dulzura. Sean los que sean los recuerdos dolorosos o desoladores que hemos podidoconservar de nuestros esfuerzos o de nuestros ensayos de oracin, sabemos y a vecessentimos, en la fe, que existe en nosotros un lugar secreto, verdadero oratorio, en el que la

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    plegaria no se interrumpe jams. Dios nos invita continuamente a entrar en tal lugar y allnos encontramos unidos a l, en un contacto profundo. En el medioevo latn seacostumbraba a llamar a este lugar la domus interior, la casa interior, o el templuminterius, el templo interior. Con toda seguridad, no podemos seguramente verlo, y noescuchamos la plegaria que all se celebra. La mayor parte del tiempo no sentimosestrictamente nada. Podemos solamente creerlo firmemente, con una seguridad en

    constante crecimiento en la medida de que, poco a poco, Dios vaya levantando unextremo del velo y permita que una pequea parte de esta actividad inconsciente de laplegaria llegue a la superficie de nuestra conciencia. A veces se trata solamente de unrpido relmpago, de un simple flash breve y pasajero, pero que iluminadefinitivamente sectores enteros de nuestra existencia, cuyo recuerdo extraamente

    benfico, incluso en lo ms profundo de una nueva desolacin, no nos abandonar jams.

    Sin embargo, ms a menudo esta toma de conciencia -que es ms bien una venidaa la conciencia- tomar el aspecto de un afloramiento lento y paciente apenas perceptibleal principio, de una impregnacin a partir del interior que, poco a poco, despierta ennosotros un sentimiento nuevo, difcil de expresar, un sentimiento que va ms all de

    todo sentimiento, deca Ruysbroeck, pero que, a la larga, nos permite percibir un algo,incluso a travs de la espesa niebla de lo invisible de la fe que persiste.

    Dios, maestro

    Podemos hacer algo, o debemos evitar determinadas cosas para facilitar este pasode la plegaria inconsciente a la plegaria consciente? De una parte, es evidente que ciertascondiciones exteriores ayudarn a favorecer el recogimiento, es decir, permitirnestablecer en nosotros un espacio interior en el que el Acontecimiento de la plegaria podrllegar a ser una realidad. Un lugar tranquilo o solitario, por ejemplo, el silencio de las

    palabras, pero tambin de las preocupaciones interiores, un cierto control de nuestrosdeseos que se acostumbra a llamar sobriedad o ascesis, crearan en verdad condicionesfavorables. Por otra parte, la plegaria cristiana posee en comn con otras tcnicas derecogimiento, pertenecientes a otras tradiciones, una preparacin de este tipo, an todaexterior. Lo que es propio a la plegaria cristiana es la naturaleza del vnculo que stamantiene con una preparacin semejante. Ahora bien, en su caso esta preparacin no

    posee ninguna influencia directa sobre el Acontecimiento de la plegaria, y este no podrser nunca la consecuencia natural de dicha preparacin. Porque Dios permanece el nicoMaestro de la plegaria, y puede prescindir de nuestras preparaciones y sobrepasartranquilamente todos nuestros obstculos. Es l quien har brotar la plegaria cuando lquiera, como l quiera, all donde l quiera, como dice tambin Ruysbroeck. Estagratuidad absoluta de la intervencin de Dios es la primera certeza que podemos adquirirdesde el momento en que comienza a darse el Acontecimiento. Dios ha tomado el asuntoen sus manos y no nos queda ms remedio que seguir sus mociones.

    La aparente sequedad que acompaa nuestros esfuerzos de plegaria dejados a ellosmismos, el tedio o las desolaciones que parece que engendran, son el corolario inevitablede esta absoluta gratuidad. Esta punible y saludable experiencia no les es ahorrada aquienes han tenido el favor de entrar en la plegaria en la jubilacin y la exaltacin de uncierto e inolvidable choc carismtico. Cuanto ms era autntico el choc y todo lo que hadespertado en ellos, tanto ms se impone ahora este tiempo de paciencia y de

    perseverancia a travs de la aridez. Dios da la impresin de retirarse o de negarse, pero la

    verdad es que l es siempre mucho mayor que nuestro corazn, mucho ms all de todo loque podemos abrazar con nuestros deseos. Si este continuo esfuerzo de ahondar ennuestro corazn, que solamente Dios tiene la posibilidad de efectuar, y en la mayor parte

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    del tiempo sin que nos demos cuenta de ello, la jubilacin o el reposo en la plegariacorrera el riesgo de convertirse en una falsa quietud, fcilmente extraa a la accin delEspritu Santo.

    Las tentaciones y el combate

    Los msticos han hablado de desiertos, de noches, e incluso de una muerteaparente de Dios. Su vocabulario no hace otra cosa que describir, con sus propios medios,la experiencia de la pobreza ante el misterio de dios, que para mejor darse, parece que

    primero se niega. El mismo Ruysbroeck se sirve de una expresin muy sugerente: esnecesario, dice, lanzarse sin parar, y sin parar desfallecer, es como remar contracorriente; imagen pintoresca que expresa muy bien hasta qu punto todo esfuerzohumano, aunque necesario, est llamado a vaciarse ante la maravilla de la gracia queviene a levantar, y es a travs de esta pobreza como Dios nos espera para salvarnos ycolmarnos.

    Existe una crisis que hay que atravesar, crisis indispensable, que ha de abrir el

    acceso a la interioridad. Se trata de un aparente callejn sin salida, de un muro que selevanta ante nuestros esfuerzos y que parece llevarnos a abandonar la empresa. El nombre

    bblico de esta crisisque es un autntico paso, una Pascuase llama tentacin, cuyosentido va mucho ms all de las modestas tentaciones, sensuales la mayor parte de lasveces, que hemos de arrostrar corrientemente. Administrar correctamente la tentacinimplica una doble toma de conciencia, a la vez de la debilidad vertiginosa de los

    pecadores en potencia que somos, y de la potencia dulce, pero siempre irresistible, de lagracia. Nadie como san Juan Casiano ha sabido describir los tormentos terribles de esteestirn, cuando se hace insistente hasta el punto de poder arrastrar todo en la cada.Simultneamente a la toma de conciencia de la debilidad se instala entonces otra toma deconciencia capaz de asegurar el equilibrio. Porque es bajo la prueba de la tentacin comoel hombre podr percibir la accin de la gracia en s mismo, a travs de los gemidos que le

    provoca la brutalidad del asalto, y que alimentan su plegaria convertida as en constante.

    Aprendamos, pues, tambin nosotros, escribe Casiano, a experimentar a la vez en cadaaccin nuestra debilidad y la ayuda de Dios, y a proclamar cada da con los santos:Empujaban para derribarme, pero el Seor me ayud. El Seor es mi fuerza y mi energa,l es mi salvacin1.

    En qu consiste este combate? Cmo se desarrolla y cul es la parte quecorresponde al hombre? Esta parte solamente tiene un nombre: la humildad, que seaprende precisamente de esta manera. Esta parte se reduce, explica Casiano, en seguir la

    huella, humildemente y cada da, de la gracia de Dios que nos atrae. Y precisa un pocodespus el sentido del adverbio humildemente, recurriendo al arrepentimiento deDavid: Su parte consisti en reconocer su pecado, despus de haber sido humillado; y lade Dios ser entonces el perdn. Casiano escribe: Despus de haber sido humillado(humiliatus), es decir, haber sido humillado por su debilidad, despus de haberatravesado, de grado o por fuerza, el fuego de la prueba de la tentacin, o incluso como enel caso de David, el fracaso agudo del pecado. Lo que importa, finalmente, y haba yainsinuado un apotegma, es que este es el nico bodoque que le quedaba a Dios parahacernos tomar conciencia a la vez de nuestra debilidad y de su gracia. Un autor antiguodijo: Yo prefiero un fracaso suportado humildemente a una victoria obtenida conorgullo2.

    1 Sal 117,13-14.2Vitae Patrum XV, 74; cf. Ed. Nau, 316.

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    La contricin

    Hemos llegado al centro del proceso del cual un da nacer una nueva sensibilidad.El desarrollo se encuentra en el centro. Para describir este desarrollo y el trastorno interiorque supone, la antigua literatura cristiana tomaba en prstamo de las traducciones

    corrientes de la Biblia una expresin que, en su poca, posea an todo el vigor plstico dela imagen que lo haba inspirado: diatriba ts kardias; en los padres latinos: contritiocordis o contritio mentis. Encontramos esta imagen en todas las lenguas en las cualesnos han llegado los testimonios ms antiguos de la experiencia espiritual, lo que prueba laimportancia capital que se le atribua. Convendra, en la medida de lo posible, conservarleel aspecto rudo y abrupto del trmino original, que han perdido por desgracia susequivalente en la mayor parte de las lenguas modernas. Evidentemente, no se trata aqu decontricin, tal como la entiende la literatura espiritual reciente, sino ms bien se hablade un corazn realmente roto, o triturado, literalmente reducido a migajas.

    Las descripciones de una tal angustia, cercana a la desesperacin, experimentada

    en el corazn mismo de la tentacin, abundan en la tradicin monstica. El creyente,incluso si es monje, no es ms que un pobre de Yahv, reducido a su ms simpleexpresin, en una confianza entregada totalmente a la gracia. Creme, hermano, dirIsaac el Sirio, no has comprendido an la fuerza de la tentacin y la sutileza de susartificios. Pero un da, la experiencia te ensear y t te encontrars ante ella como unnio que no sabe an dnde poner su cabeza. Todo tu saber se habr convertido enconfusin, como la de un nio pequeo. Y tu espritu, que pareca arraigado slidamenteen Dios, tu conocimiento tan preciso, tu pensamiento tan equilibrado, quedarnsumergidos en un ocano de dudas. Una sola cosa podr entonces ayudar a vencer todoeso: la humildad. Desde el momento en que la alcanzars, todo lo dems desaparecer3.

    Corresponder a esta dolorosa pedagoga de Dios supone necesariamente aceptarcaminar siguiendo su mismo sentido, sin huir ante la humillacin infligida por latentacin, sino ms bien asumirla. Y eso no llevados por un oscuro masoquismo, sino

    porque se logra adivinar en ella la fuente secreta de la nica verdadera vida. Para empleartrminos bblicos, porque es de este modo como el corazn de piedra ser resquebrajado yaparecer el corazn de carne, provisionalmente atrincherado detrs de tantas defensasinconscientes. Tal como lo aconseja un apotegma: Cuando somos tentados, abajmonosms, pues entonces Dios nos proteger, en cuanto que l ve nuestras debilidad. Pero si noselevamos, nos retira su proteccin y perecemos4. Mantente sumiso a la gracia de Dios,dice otro apotegma, en espritu de pobreza, por miedo a que, llevado por el espritu deorgullo, pierdas el fruto de tu trabajo5. Es decir: por el orgullo que supondra la ilusin de

    poder triunfar de la tentacin por las propias fuerzas.

    Aprender la humildad

    Pero no es solamente la tentacin la que es escuela de humildad, ya que el mismopecado, permitido por Dios cuando parece ser el sustitutivo de otros medios, puede ser unpaso hacia la salvacin. Basta recordar al rey David, pero sobre todo a Pedro, el prncipede los apstoles. En una homila dedicada a la humildad, san Basilio evoca en este sentidola cada del apstol Pedro. Amaba a Jess ms que otros, pero se lo haba credo

    3Discurso 57.4Vitae Patrum XV, 67; cf. Ed. Nau, 309.5Vitae Patrum XV, 55; cf. Ed. Nau, 311 yApotegmas Or, 13: el texto griego lee:somtete a la gracia deCristo.

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    demasiado. Entonces Dios lo abandon a su cobarda de hombre y cay en la negacin,pero su cada le hizo ms sabio y le hizo ms atento a sus lmites. Aprendi as a atender alos dbiles, habiendo aprendido su propia debilidad, pues ahora saba que es por la fuerzade Cristo como haba sido salvado cuando corri el peligro de perecer por su falta de fe,en la tormenta del escndalo, tal como haba salvado por la mano de Cristo cuando estuvoen peligro de hundirse en las aguas6. Y el autor concluye un poco despus: Es la

    humildad la que a menudo salva a aquel que ha pecado frecuente y pesadamente.

    Si la tentacin debiese terminar con una cada, no sera por una falta degenerosidad, sino porque habra faltado humildad. Y la posibilidad de pecado, si el

    pecador sabe estar atento a la gracia que no cesa de trabajar en l, como un teln de fondodetrs del pecado, podra darse que por fin encuentre la puerta estrecha, -y sobre todo,

    baja, muy baja-, que es la nica que abre el paso al Reino. Porque podra suceder que latentacin ms prfida no sea la que precede al pecado, sino ms bien la que le sigue: latentacin de la desesperacin, de la cual, an una vez ms, solamente la humildad, unavez aprendida, permitir escapar.

    ConfianzaEl sentimiento que acabar por predominar en el hombre humilde es una

    confianza inquebrantable en la misericordia, de la cual ha presentido un cierto resplandor,incluso a travs de sus cadas. Cmo podra dudarlo? Es de nuevo Isaac el Sirio quiennos bosqueja su retrato, un retrato muy cercano a nuestra experiencia de todos los das, enun texto entresacado de sus obras recientemente descubiertas:

    Quin podr estar preocupado, se pregunta, por el recuerdo de sus pecados (): Diosme perdonar por acciones que me duelen y cuya memoria me atormenta? Acciones hacialas cuales, aun cuando me causen horror, me siento inclinado a cometer de nuevo. Ycuando han sido cometidas, el sufrimiento que me causan es peor que la mordedura de un

    escorpin. Las aborrezco, pero al mismo tiempo me siento sumergido en ellas, y cuandome arrepiento de ellas con dolor, vuelvo a caer en ellas, porque soy un desgraciado.

    He aqu, aade Isaac, lo que piensan muchos que temen a Dios, que aspiran a lavirtud y que lamentan su pecado, cuando su debilidad les obliga a constatar lasdesviaciones que les proporciona: viven constantemente bloqueados entre el pecado y elarrepentimiento. Y sin embargo, aade an Isaac, no dudes de tu salvacin (), sumisericordia es mucho ms amplia de lo que t puedes concebir, su gracia, mucho msgrande de lo que t no te atreves a pedir. l est atento al ms pequeo gesto de lamentode aquel que se ha dejado robar una parte de justicia, en sus luchas con las pasiones y conel pecado.

    El retorno a la interioridad

    Cmo se realiza este paso? Es siempre imprevisible este instante en el cual nosprecipitamos de pronto en nuestra interioridad, cuando una fuerza hasta entoncesdesconocida toma el relevo de nuestros pobres esfuerzo y nos arrastra hacia un ms allque, curiosamente, se encuentra sin embargo en lo ms profundo de nosotros mismos.

    Nos damos cuenta de que estamos all sin mrito alguno. Tenemos ms bien la impresinde no tocar de pies en tierra, de no poder dirigir la direccin. El sentimiento dominante esel de una desviacin hacia un lugar desconocido que se nos escapa, pero cuyaimpresionante realidad no deja duda alguna. Una nueva sensibilidad amanece en nosotros,

    se abren otros ojos, un cierto rumor es escuchado dentro de nosotros mismos, pero, sobre

    6Homilas 20,4.

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    todo, una paz que no puede engaar nos llena desde lo ms profundo de nosotros mismos.Y tantas otras cosas adquieren una nueva coloracin!

    El recogimiento, que antes nos pareca forzado o artificial parece brotar de sufuente. Cambia as la imagen de la plegaria, que se expresa sin dificultad, con palabras yfrmulas muy simples, a menudo tomadas de la Palabra de Dios. Un nuevo sentido

    interior se despierta, una secreta afinidad con lo que Dios, a cada instante, espera denosotros. Si antes esta voluntad de Dios apareca como difcil de discernir, ahora semuestra con toda naturalidad, como si la misma plegaria, este gemido del Espritu ennosotros, se confundiese en cierto modo con la mocin secreta del mismo Espritu, quegua a cada uno segn el deseo amoroso que Dios tiene para l.

    Cundo suceder?

    Cundo suceder esto? La hora es tan incierta como la de nuestra muerte, o la delretorno de Jess al final de los tiempos. Pero existen lugares y momentos, etapas de lamisma vida, en los cuales el Acontecimiento parece ms cercano, a punto de llegar. Se

    trata de lugares y momentos a los que uno puede acercarse con el gran deseo de serfinalmente escuchado.

    Uno de estos lugares privilegiados es siempre la escucha de la Palabra de Dios enla Escritura. Es escuchando esta Palabra que nuestro corazn puede a menudo despertarse,sentirse tocado, atravesado, destrozado, para dejar brotar la plegaria. La enfermedad, lamuerte de un pariente prximo, las grandes pruebas son momentos sumamentefavorables, en los cuales nuestra espera de Dios y de su intervencin se convierte msexplcita, ms insistente. Las tentaciones tambin, que nos precipitan en la intercesin, enla medida en que estamos convencidos de no poder ser salvados a no ser por la gracia. Elmismo pecado, en el momento en que la misericordia de Dios viene a tocarlo para curarlo,

    puede florecer en acciones de gracias y en alegra exultante.

    Todos estos momentos privilegiados se encuentran, para decirlo de algunamanera, condensados y recapitulados en la celebracin de la Liturgia. La Iglesia, y en

    particular los contemplativos en la Iglesia, han percibido como por instinto la secretaafinidad que existe entre la Liturgia celebrada exteriormente en los oratorios de piedra y laque se celebra secretamente, en lo ms profundo de cada creyente, en los oratoriosespirituales que son los corazones de los bautizados. La experiencia les ha enseado como

    poner de acuerdo entre s estas dos Liturgias, y que esto puede ser suficiente para que laplegaria incesante invada poco a poco la conciencia de los orantes.

    En la Liturgia se esconde el manantial de toda plegaria cristiana, que no puede serotra que la del Espritu, un eco prolongado hasta nosotros y hasta el final de los tiemposde la plegaria que Jess no cesaba de ofrecer a su Padre durante su vida terrestre,anticipacin de la Liturgia que no cesa de presidir ante su Padre, en el cielo, vive siempre

    para interceder en nuestro favor (Hb 7,25).

    *** *** ***

    Oracin y modernidad

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    Hasta ahora hemos intentado describir algunos elementos de esta realidad interiora partir de la enseanza de las Escrituras. En relacin con esta interioridad, nuestrapoca parece sometida a una tensin entre dos actitudes contrarias. A la vez aparecedominada por el deseo de conocerla y al mismo tiempo parece tener ciertas dificultades

    particulares para abandonarse a ella. Por qu? Dios se habra retirado en el estecomienzo del tercer milenio? O bien ya no sabemos nosotros ni escuchar ni sentir?

    Ciertamente Dios no es responsable en esta cuestin. l tiene hambre y sed de loshombres y de las mujeres a los cuales puede darse sin ninguna restriccin. De igual modo,la Iglesia, en lo ms profundo de su ser, es solamente deseo y apertura total a Dios. Si seme permite emplear la imagen ms corriente en la literatura contemplativa: la Iglesia es laesposa mstica que espera da y noche recibir el beso nupcial de su Esposo. Pero los hijosde la Iglesia son tambin los hijos de su tiempo y de su cultura. No pueden abstraerse detodas las influencias culturales que los forman y evitar de establecer con ellas un dilogocontinuo. Cada mutacin histrica es generadora de tensiones, en las cuales este dilogose convierte para la Iglesia una especie de lucha a brazo partido con la cultura de sutiempo; verdadera crisis de crecimiento a travs de la cual la Iglesia se encamina hacia

    una purificacin y profundizacin de su fe.

    Acaso existen en nuestra cultura de ayer y de hoy elementos que hacen msdifcil este descubrimiento de la interioridad? O, al contrario, se dan elementos que

    parecen facilitar, a primera vista y quizs de manera ilusoria, este descubrimiento ynuestra manera de transmitirla? Esta doble influencia, negativa y benfica a la vez,constituye para cada poca de la historia de la Iglesia, un desafo crucial y ardiente. Y larespuesta a un tal desafo no puede ser sino concreta y viva, es decir, ha de brotar de lamisma experiencia, en el corazn de sus hijos que participan plenamente de esta cultura.

    Dado que somos, an hoy, hijos de un cierto pasado de la Iglesia ante lasorientaciones teolgicas surgidas del Concilio, seremos particularmente sensibles a treselementos que han tenido ms bien una influencia negativa en la experiencia de la fe, yque, en cambio, an hoy suscitan reacciones, que pueden precipitarnos o de hacer

    precipitar alegremente a las jvenes generaciones en una especie de experiencia de la femuy cercana a la ilusin.

    En primer lugar las influencia negativas. Por qu querer sentir a Dios, hacer laexperiencia de Dios, cuando Dios ha desaparecido del horizonte sin hacer ruido? No seha dicho que Dios ha muerto? O que, si existe an un Dios, l es realmente otro? Y sinembargo, ante esta proclamacin de la muerte de Dios, o mejor, a travs de la experienciaque traduce esta misma proclamacin, presentimos al mismo tiempo signos de unaexperiencia autntica de Dios. Parece como si Dios estuviese resucitando en la concienciade nuestros contemporneos. Nos encontramos, segn todas las apariencias, en un ciertoretorno de la cultura religiosa en Occidente, precisamente ahora que la indiferencia y laapata, heredadas de la secularizacin, se encuentran en entredicho precisamente por elrenacimiento de una sensibilidad religiosa nueva.

    Recordemos aqu los tres factores culturales que tienen su parte de responsabilidaden lo que podramos diagnosticar como una triple reduccin del mensaje evanglico; tresfactores que hacen ms difcil hoy una correcta evaluacin de la experiencia espiritual, ala vez tanto en la medida en que an tienen influencia sobre nosotros cuanto en la medida

    en que suscitan en nosotros una reaccin contra ellos, de acuerdo con el eterno vaivn dela balanza: el evangelio reducido a una ideologa, el evangelio reducido a un activismo, elevangelio reducido a un legalismomoralizador.

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    Evangelio como ideologa

    En primer lugar: el evangelio reducido a una ideologa. La vida de la fe es antetodo una vida. Esta afirmacin puede parecer una tautologa. Y sin embargo, cuandohablamos de la fe, pensamos espontneamente en una vida? Nuestros esquemas

    mentales, fundamentalmente racionalistas, nos llevan en otra direccin. En efecto, engeneral no nos han enseado a creer en una vida, sino ms bien en unas verdades. Elconcepto de fe suscita espontneamente sinnimos como conviccin, opcin,sistema de pensamiento. El creyente y el no creyente no est separados, segn el sentirde la mayora, sino por una divergencia de opinin.

    Creemos generalmente en ciertas personas. El nio cree en sus padres, tal comoms adelante creer en los que le ensean. En este mismo sentido, pensamos ante todo enun bagaje intelectual que ser comunicado. De modo parecido, se podra creer en Jess yen su evangelio, de manera de recibir un capital de certezas racionales que permitanencararse con la vida con un cierto matiz religioso, sin ms.

    Este riesgo de una reduccin del propsito evanglico a una ideologa es inherentea toda experiencia espiritual. Es imposible transmitir la vida sin un mnimo de frmulasque traten de explicitar esta experiencia. En este empeo radica una tarea apasionante quecada generacin de cristianos ha de arrostrar de una forma nueva. Es de esta forma quenacer la teologa, que esta se ir profundizando en un dilogo continuo con los esquemasde reflexin de su poca; una teologa que ser a la vez fecundada y amenazada por estosmismos esquemas. De ah tambin la necesidad de la Iglesia de precisar, segn losmomentos, la expresin de su experiencia en frmulas pensadas durante largo tiempo y

    bien ponderadas, que llamamos dogmas. Por la misma razn, habr ocasin para prepararcontinuamente nuevos catecismos. En efecto, cada generacin cristiana posee lacompetencia requerida, con la ayuda de nuevas intuiciones fruto de su cultura, para poneren relieve aspectos hasta aquel momento inexplorados de su experiencia de la fe, acondicin sin embargo que estas intuiciones sean verificadas sin cesar por la mismaexperiencia.

    Cuando en una poca determinada, la cultura del ambiente est marcada por ungusto inmoderado a favor de la racionalizacin, en detrimento de otros aspectos del

    pensamiento, como puede ser la va de lo simblico por ejemplo, como es el caso denuestra poca, existe el riesgo de explotar con exceso las frmulas conceptuales de la fe, yde contentarse con ellas. Entonces esta frmulas jugarn un papel excesivo. Cultivar su

    propia fe quedar reducido al conocimiento libresco de algunas definiciones puntuales, adeterminadas formas de teologa o a la historia comparada de las religiones. Esto suponeun peligro nada ilusorio de hacer una injusticia al evangelio de Jess y a la vida que laporta. Con toda seguridad, la teologa y la catequesis son momentos extremadamenteimportantes de la vida de la fe, pero a condicin de no separarse jams de la mismaexperiencia vital, dejando que broten sin cesar de la misma.

    Una vez separadas de esta experiencia, de lo que Ruysbroeck llamaba la vidaviva, las frmulas de la fe quedan como exsanges, muertas, incapaces de transmitir lavida. La catequesis se reduce a una cierta visin particular sobre el hombre y sobre eluniverso, quizs ms inteligente y ms verosmil que muchas otras visiones disponiblesen este momento, entre las diversas ideologa dominantes. Un adulto es invitado, en este

    sentido, a elegir con conocimiento de causa. Si a pesar de todo opta por la visin cristiana,ser como conclusin de una confrontacin sopesada con detencin entre todas lasposibilidades existentes, a menos que la eleccin sea simplemente fruto de un

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    conformismo rutinario, como la fe del carbonero; una fe que no posee nada de parecidocon esta uncin interior de la que habla san Juan en su epstola, y que nos ensea todo ynos dispensa de cualquier otra enseanza (1 Jn 2,27), una fe que tiene sus races en lacabeza, no en el corazn.

    Quin poseyese una fe separada de esta manera de la experiencia interior puede

    ser vctima de sus estragos incluso a nivel de su humanidad. Toda religin que seencuentre prisionera de esta manera de un semejante racionalismo est expuesta adesviarse hacia formas de fanatismo religioso, que no son sino una dulce paranoiacolectiva, reduciendo a sus adeptos al estado de esclavos. Un fanatismo semejante puedesurgir en cada una de las dos alas extremas de todo grupo religioso, sea progresista ointegrista; un fanatismo que puede degenerar en toda clase de excesos. Muchas de lasherejas han nacido de esta forma una idea cristiana que se ha vuelto loca decaChesterton. Precisemos: al comienzo un punto de vista autnticamente evanglico, peroque, separado de la experiencia interior, se ha desbocado para extraviarse hastaconvertirse en puro racional. El evangelio se reduce as a una ideologa.

    Evangelio como actividad

    Despus, el evangelio reducido al activismo. La vida viva de la experienciacristiana no est destinada a permanecer encerrada en el corazn del creyente. Alcontrario. No solamente es transmisible, sino que es contagiosa. Jess ha utilizado laimagen de la fuente que mana. Ahora bien, una fuente mana y desborda. Esta es su mismanaturaleza. No ha dicho Jess que la boca habla de la abundancia del corazn (Mt12,34)?

    El que ha sido tocado por la vida divina no puede sino proclamar esta maravilla.Se siente como arrastrado irresistiblemente desde su interior a dar testimonio. Estaurgencia ntima brota de la fuente de vida que hay dentro de l, no de su buena voluntad ode su generosidad. Solamente le queda seguir la ruta marcada por este empuje delEspritu.

    Se dejar modelar por l, con simplicidad, incluso si el Espritu lo arrastra mslejos de lo que al principio poda pensar, quiz incluso hasta donde no habra querido niosado venir. Si el creyente persiste entonces en escuchar y seguir la llamada del Espritu,si aprende a renunciar a todas las resistencias interiores, pueden seguirse maravillas,incluso verdaderos milagros. No se trata de milagros de los que sera el responsable, sinode los milagros que el Espritu quiere llevar a cabo sin cesar en su Iglesia en hombre ymujeres que consienten en abandonarse totalmente a l. De sus manos brotan entoncesautnticos milagros incluso cuando ellos mismos ni se dan cuenta.

    Este tipo de milagros suponen siempre, en el testigo de Jess, que permanezcaatento no solamente a la realidad de su alrededor, sino sobre todo que no pierda jams elcontacto con la experiencia que vive en lo ntimo de su persona. Si no puede serextranjero del mundo, mucho menos puede ser extranjero de Dios. Ha de mantenerse sincesar a la escucha de su corazn para permanecer. Incluso en lo ms vivo de la actividad,en comunin con los designios del Espritu, a travs de los cuales ste mismo Espritucontina a ocuparse activamente de l. San Ignacio afirma de un semejante colaboradordel Espritu que es un contemplativus in actione, lo que quiere decir que permanece encontacto continuo con la fuente divina que hay en su corazn. Y esto se manifiesta en elexterior. El modo y el ritmo de sus actividades son tranquilos y profundamente pacficos,incluso si las circunstancias le imponen derribar una montaa de trabajo. Nunca da la

    impresin de estar atareado. Respira tranquilidad y comunica paz. El Espritu Santo nocansa ni deprime a nadie. l es suave. Comunica libertad y hace eficaces. Crea la alegra.

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    Se deja notar en todos los acontecimientos. Todo lo que llega es adorable, deca LonBloy.

    Al contrario, cuando el contacto con la vida interior se rompe de alguna manera,el modo de actuar se transforma considerablemente. Visto desde el exterior, el cambioquizs no es demasiado grande. La entrega puede continuar siendo admirable. Pero un

    activista de este gnero no est en condiciones de prestar odo a lo que el Espritupretende hacer con l. Se agita en demasa para forjar sus propios proyectos. Les consagramucho tiempo y mucha energa, y trata de imponerlos en la vida de la Iglesia. Lo quehabra podido aparecer como un testimonio de la uncin interior corre ahora el riesgo de

    perderse bajo las formas de una propaganda superficial o un marketing barato. LaPalabra de Dios adopta la forma de slogans. Cmo vender el evangelio lo mseficazmente posible en los mercados de nuestro tiempo?

    Si el evangelio no sale de esta aventura indemne, aquel que habra podido ser sutestigo tampoco se libra. En efecto, este tal se complace en su activismo y en suagitacin. Ms an, quiz encuentra en ello la coartada soada para suspender la

    peregrinacin apenas iniciada hacia la fuente escondida en su corazn. Sin este afnfebril, la vida le parece desprovista de sentido. Qu sentimiento de piedad no suscitaranen Ruysbroeck tales hombres de accin? Qu lstima, se lamentara, esos tales sefatigan hasta el agotamiento en el servicio del Seor, pero no vern al Seor para el cualtrabajan!.

    Un activismo de este tipo puede ser tambin molesto cuando acompaa elesfuerzo interior, al tratar de cumplir lo que se acostumbra a l lamar los ejerciciosespirituales. Una cierta generosidad demasiado caliente puesta al servicio de la

    perfeccin personal extrava al mismo tiempo que impide encontrar el camino hacia lafuente interior. Un tal activismo ha terminado tambin en convertirse en hereja, bajo elnombre de pelagianismo: una hereja tpicamente monstica, propia de espirituales yascetas que se figuraban que Dios medira su gracia segn la generosidad de susesfuerzos. No hay quien ha pretendido que la mayor hereja, que se arrastra de modosutil en nuestra Iglesia de hoy es precisamente un cierto pelagianismo larvado de estetipo? El evangelio reducido a una fiebre activista o a un perfeccionismo exagerado.

    Evangelio como moralismo

    Finalmente: el evangelio reducido a un moralismo. No se trata, naturalmente, deponer en duda los fundamentos de la teologa moral. Aqu se denuncia simplemente unasutil distorsin de la moral, que puede crear obstculos a la experiencia interior autntica.Llammosle un legalismo moralizador, es decir un desarrollo abusivo de la moral queconlleva sin duda una cierta responsabilidad sobre la sombra que se ha proyectado sobrela experiencia espiritual en los ltimos decenios.

    La vida del Espritu en nosotros trata de expresarse al exterior de mil formasdistintas, en comportamientos concretos, de los cuales el amor es el mvil. Quien haexperimentado el amor misericordioso de Dios no puede menos que radiar este amor ensu entorno: Sed perfectos (o compasivos, segn Lucas), dijo Jess, como vuestro Padrecelestial es perfecto -o compasivo- (Mt 5,48; Lc 6,36). He aqu la primera fuente de lo queser muy pronto llamado la moral cristiana. La experiencia de la vida divina en cadauno de nosotros tiene la prioridad, una experiencia fcil de reconocer por medio de

    criterios que no pueden engaar: espontaneidad, libertad, alegra profunda. Estos son lossignos de toda vida autntica.

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    En un segundo momento, sin duda ser posible describir este comportamientocristiano a partir del exterior. San Pablo procede de este modo en sus epstolas: enumeralos signos mediante los cuales se puede reconocer a aquel que es conducido por elEspritu; estos signos son los que Pablo llama frutos del Espritu. Es desde este puntoque nace legtimamente la tica o la teologa moral. En la medida en que esta moralmantiene un vnculo vital con la experiencia interior del Espritu, juega un papel

    insustituible en la vida de la Iglesia. Todo creyente que no est an demasiadofamiliarizado con la vida del espritu podr servirse de ella para evaluar su propiaexperiencia. La funcin de la moral es entonces la de introducir poco a poco en la nuevasensibilidad en el Espritu. Debera ser una pedagoga concreta de la experiencia interior.

    Pero esto no ha sido siempre tan sencillo. Bajo la influencia de esquemas ticos dela cultura del ambiente, la moral ha podido extraviarse hacia un estudio abstracto y radicaldel comportamiento humano, cediendo a la tentacin de traducir este comportamientoidealizado de alguna manera en un conjunto de reglas concretas. Para la mayor parte delas personas, un procedimiento semejante no carece de eficacia. As se podr saber deantemano como conviene actuar para ser considerado como normal: basta conformarsea dichas normas.

    Esto no significa que la vida en el espritu o la interioridad no puedan jamsexpresarse bajo la forma de normas. Con todo, stas contienen una trampa. Si la atencinse halla completamente preocupada por la aplicacin correcta de estas normas, seconvierte en algo superfluo ponerse a la escucha del espritu Santo. Porque se sabe ya conantelacin lo que est mandado y lo que est prohibido. Y si queda an alguna duda,

    bastar consultar, no al padre espiritual, sino a un moralista competente.Contentarse as sistemtica y exclusivamente con la aplicacin de las normas,

    incluso cuando estn justificadas en s mismas, nos puede conducir fcilmente a estelegalismo moralizador, que basta sin duda para llevar una vida exteriormente honesta,

    pero cuyas consecuencias sern funestas de cara a una experiencia interior. Por qu?Quien permanece a la escucha del Espritu Santo sabe por experiencia que el Espritu noinvita jams a nadie a hacer ms de lo que ha de hacer en cada momento, es decir, a msde lo que ha recibido del Espritu para llevar a cabo en aquel momento.

    Al contrario, aquel que se contenta con aplicar una norma, corre el riesgo deencontrarse en una encrucijada. O bien no se sentir capaz de aplicarla y, en este caso, esla ley que le hace violencia. O bien, se creer capaz de llevarlo a cabo, arriesgando buscarla salvacin en la ley. En los dos casos las consecuencias son negativas.

    En el primer caso, es la ley que le hace violencia. Es precisamente el papelprovisional que Pablo atribuye a la Ley: ella nos revela, escribe, que somos pecadores,incapaces de cumplirla: Es verdad que si descubr el pecado fue slo por la Ley. Yorealmente no saba lo que era el deseo hasta que la Ley no dijo:No desears (Rm 7,7).Aqu terminaba el papel de la Ley en el Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, su

    papel es distinto, ya que se ha convertido en la Buena Nueva. La Ley vivificante delEspritu me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Rm 8,2). Ya no dice deentrada: Esto es pecado, y si lo haces, sers culpable. Al contrario, la Buena Nueva deJess consiste en el hecho de que el pecado, todos los pecados, sean los que sean, quedan

    perdonados, con un perdn del cual el espritu da testimonio en lo ms profundo delcorazn.

    La Ley acusa, al contrario de Jess, que no acusa jams. Rechaz inclusocondenar explcitamente a la mujer adltera. El haba venido para quitar el pecado, paraliberar al hombre de toda culpabilidad. En la medida en que, de hecho, nuestra

    predicacin moralizante se ha limitado durante largo tiempo y casi exclusivamente aprecisar los lmites de lo permitido y de lo prohibido, ha puesto al pecador en el peligro dequedar fuera del mensaje liberador de Jess. Tanto ms que actuando de este modo,

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    suministraba agua al molino de la culpabilidad psicolgica, que en tantos de nuestroscontemporneos, creyentes o no creyentes, se ha desarrollado hasta el punto deconvertirse en un peso insoportable. Tantos de estos sentidos de culpabilidad han rodo yatormentado los corazones, tormentos que, por desgracia, a veces se han confundido conla accin del Espritu Santo. Cuando ste no tiene nada de animal roedor! Al contrario, les la uncin, deca san Juan (1 Jn 2,20). l unge, da la libertad y crea la alegra.

    Nuestro anuncio moralizante implica un segundo riesgo, ms sutil y mspernicioso. Puede asegurar una buena conciencia a los que piensan poder estar satisfechospor cumplir las normas. Favorece as un perfeccionismo de fachada y pone al creyentelejos de la voz liberadora del Espritu Santo. Mantiene aquella clase de personas de lasque el Evangelio afirma que no necesitan convertirse (Lc 15,7). Engendra fariseos y losconforta en su autosuficiencia.

    La predicacin de Jess evita con todo cuidado este tipo de encrucijadas. Nuncainduce al pecador a la desesperacin. Ms bien, su predicacin estigmatiza el orgullo delfariseo. Porque precisa que no ha venido para los justos, sino para los pecadores (Mc2,17). Los justos ms bien le apuran, en cambio nunca los pecadores.

    Hablar hoy de pecado y de pecadores es tocar un tema delicado. Algunos,irritados, sin duda objetarn que de nuevo se hace or la voz acusadora de la Iglesia, la deldedo extendido que amonesta, no la mano tendida para socorrer. Otros, por el contrario,se preguntarn que relacin puede existir entre el pecado y la experiencia interior. No esel pecado acaso el que cierra el camino hacia esta experiencia? Tocamos as uno de los

    puntos dbiles de la cultura religiosa contempornea: la dificultad que experimenta paraadministrar el pecado y tratar con los pecadores.

    Existe ante todo el pecado en cada uno de nosotros. O bien hemos llegado a serpecadores desesperados, doblados bajo el peso de nuestro sentimiento de culpabilidad. Obien representamos el papel de los pecadores liberados, que suean con una moral sinpecado. O an y esto lo peor hemos llegado a ser unos justos endurecidos quecontemplan a los pecadores desde arriba y desde lejos. En tanto que permanezcamos enuna u otra de estas tres categoras, la entrada en la experiencia interior permanecetotalmente cerrada.

    Hace unos aos apareci en Francia un libro con un ttulo provocador: Se pidenpecadores, escrito por el Padre Bernard Bro, dominico y clebre predicador de Notre-Dme de Paris. Se trata de pecadores buscados y atendidos? Si. En primer lugar por Diosen persona. Dios los espera como el padre del hijo prdigo, que cada maana escrutaansioso el horizonte. Y despus Jess que les espera tambin, que se invita

    preferentemente en casa de los publicanos y los pecadores. Se trata de verdaderospecadores, que no esconden su pecado y no tratan de excusarlo, pero que, a la larga, sehan reconciliado con su incorregible debilidad, la aceptan y la exponen simplementedelante de la misericordia. A pecadores de este tipo Dios no puede resistirse. Perdona, yen el mismo momento, en el corazn de este perdn, el pecador siente por primera vezalgo de la realidad viva de Dios en lo ms profundo de su interior. No quiere decir estoque, desde ahora, Dios le sea ms conocido, o que haya decidido dedicarse ms a l, ni tanslo que haya obtenido este insigne favor como premio de una resolucin de enmendar suvida en el futuro. No, todo eso viene nicamente por el hecho de que aceptahumildemente y con gratitud el perdn de Dios, un perdn que barre y restaura todo. Enaquel mismo instante, la experiencia interior empieza a iniciarse en l.

    En efecto, en el mismo instante de recibir el perdn, algo se rompe y se

    desmorona en su corazn. Se encuentra ante Dios con un corazncontrito y humillado,como se expresa el salmista (Sal 50,19). Qu es lo que acaba de romperse? Lasnumerosas resistencias inconscientes que le han estado oponiendo a Dios durante mucho

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    tiempo. Su conocimiento no ha aumentado de modo alguno. Sus debilidades son siemprelas mismas, nada ha disminuido. Esto no tiene ninguna importancia, porque es ahora

    precisamente que ha empezado a adivinar algo del amor misericordioso. Y su corazn haquedado tocado, herido. Ha empezado a ser un corazn nuevo, un corazn de piedratransformado en corazn de carne. Comienza a percibir algo de esa famosa uncin deJess. Es este el verdadero arrepentimiento que conduce a la libertad. La falta, que es bien

    real, ya no pesa en absoluto, no aplasta, ya no paraliza. Se ha convertido en una felixculpa, una falta dichosa tal como la Iglesia la celebra con tanta alegra en elExultetde lanoche de Pascua. Es ella que nos revela al Padre misericordioso. No nos queda ms quedar gracias, porque nos ha concedido llegar a ser pecadores perdonados , porque es

    bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 117, 1).

    El corazn ungido

    He aqu que llegamos al mismo corazn del evangelio, y al mismo tiempo en elumbral de la verdadera mstica o de la interioridad cristiana. Hemos llegado a percibirla dulce uncin de Jess. De ahora en adelante podr guiarnos todos los das. Ser

    imposible desviarnos detrs de cualquier ilusin, porque no podremos olvidar jams elsabor de esta uncin, y podremos siempre reencontrar la senda, sin dificultad y sin error

    posible, all donde nos conduzca el Espritu o all donde nos impida ir.Por ahora, no hemos de pretender entrar ms all de este umbral. La llave est en

    posesin nuestra y la puerta puede ser abierta. Tanto la puerta como la llave se encuentranen lo ms profundo de nuestro corazn. Por muy lejos que nos conduzca la aventuraespiritual, el esquema que acaba de ser descrito se repetir en cada etapa del recorrido.Para decirlo una ltima vez con Ruysbroeck, ser necesario lanzarse sin parar ydesfallecer sin parar. Y en el corazn mismo del desfallecimiento, acoger y ser llenado

    por el amor de Dios, para lograr ser elevados por l ms all de nosotros mismos, paraderramarnos y hundirnos eternamente en l.

    Andr Louf, ocso(+2010). Monje de Mont-des-Cats7Traduccin del francs de Jorge Gibert, ocso, Abada de Viaceli

    7 + El 12 de julio de 2010 : Dom Andr Louf. Nacido en 1929 en Louvain (Blgica), entr en 1947 enMont des Cats, hizo la profesin solemne en 1954 y fue ordenado sacerdote en 1955. Fue estudiante en

    Roma de 1955 a 1958; ms tarde, redactor de la revista Collectanea Cisterciensia, de 1959 a 1962. FueAbad de Mont des Cats, de 1963 a 1997. Luego vivi vida eremtica en Simiane. Tena 80 aos de edad,60 de profesin monstica y 55 de sacerdocio.