Biografia de Camilo Sesto

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PrlogoUna noche, en alguna parte del mundo, vuelves a mirarte en el espejo de un camerino que nunca puede ser tu propia casa, y contemplas tus ojos desconcertados e hinchados por la fatiga. "Qu ests haciendo aqu?" "Por qu haces lo que haces y no otra cosa?" "Quin eres realmente t?" . Al otro lado de la puerta todava se agita una multitud fervorosa que te ha estado escuchando durante dos horas, an aplaude al escenario vaco, espera que regreses y que le entregues lo que te queda de ti. Alguien te dice muy nervioso que los servicios de seguridad apenas pueden contener a un grupo que pretende asaltar el camerino el camerino y te ruega que salgas hacia el automvil que est esperndote ante una puerta lateral y secreta. Sin cambiarte de ropa, sin secarte el sudor, sin probar un sorbo de agua. Pero debe ser pronto, inmediatamente, antes de que resulte demasiado tarde. Porque a veces, y con frecuencia, el afecto es peligroso. A veces la pasin hiere. Pero ha bastado esa mirada fugaz e inconsciente para dejar sentada una decisin nueva: hacer algo que nunca haba hecho. En la vorgine del trabajo ni siquiera tiene uno tiempo de pensar detenidamente en s mismo. Los das, las semanas, los meses van machacando sobre la propia alma con la rutina apresurada del oficio. Coches, telfonos, aviones, escenarios, fotgrafos, homenajes, abrazos, sudor, aplausos, preguntas, vestuario...Y en dnde est uno mismo?. Dentro de nada -conciertos, aviones, telfonos...-, dentro de nada volver a mirarme en otro espejo, quiz mohoso o quiz lujossimo, en alguna ciudad que no habr tenido tiempo de conocer, me mirar en un espejo y me dar cuenta de que he cumplido ya cuarenta aos y que contino, como todo el mundo, indeciso acerca de algunas

cosas importantes. Todava me faltan tres, pero el tiempo pasa demasiado deprisa en una vida tan agitada y vertiginosa como llevo desde los veintids. Sentir entonces terror ante ese misterioso sndrome de los cuarenta aos?. No lo siento ahora, tan cerca, quiz porque he vivido demasiado tiempo aferrado a mi propio xito, como si me hubiera acostumbrado a l; he vivido demasiado pegado a la agitacin querida y ni siquiera he visto cmo pasaban los aos. Pero los aos pasan y todo el mundo dice que nunca en balde. Efectivamente, aunque los recuerdos estn frescos, pas ya la poca en que me daban regletazos en las palmas de las manos porque me negaba a cantar en el coro del colegio ante la perspectiva de irme a correr las calles con mis amigos; la poca de mi primera banda, con mis compaeros de Alcoy; incluso la poca de los primeros discos, de las primeras sorpresas, de los primeros amores, de los primeros aplausos. Y siento que en muchos escalones de esta subida he llegado a olvidar en algn momento quin era yo mismo, confundido entre los msicos, los espectadores, los micrfonos, los periodistas. Quin era realmente yo, qu pasaba, qu estoy haciendo aqu, entre los dems, cul es mi destino y de qu manera se va cumpliendo. Porque s perfectamente que no soy cebo multitudes, objeto de griteros y de pginas a todo color, fbrica de dinero, dolo sin sangre y sin alma. De pronto, cuando me pongo a regar las plantas de mi casa, cuando me miro en un espejo, cuando me aburro en medio de un vuelo interminable, me doy cuenta de que una parte de mi yo no est al alcance de los otros: la que no sube a los escenarios. De pronto, cuando me levanto de noche en una habitacin de hotel y he de tantear las paredes porque no s dnde me encuentro, siento esa conciencia de m mismo que en ocasiones parece perdida en el ajetreo diario. Y entonces decido escribir algo de m, algo de m, todo de m. No como confesin ni como penitencia, ni como parte de mi trabajo. Sencillamente necesito pasar al papel

algunos recuerdos, algunas experiencias, algunas intimidades porque de otro modo me sentira perdido. -Camilo, a escena. Vamos a empezar. Un libro no es un escenario. O, mejor, es otra clase de escenario. No hay comunicacin de un hombre con una multitud, sino de una persona con otra persona, de t a t, en la soledad mgica del mundo de la lectura, que es el mundo de la inteligencia y de la sensibilidad. Es tambin una apuesta del autor contra s mismo. Tal vez, desde luego, en mis canciones he dicho ya muchas de las cosas que pensaba, mucho de lo que senta incluso hacia m mismo. Pero los ecos no dejan or las voces. Recuerdo un prrafo de Bruno Walter, el ms destacado discpulo de Mahler, que me impresion tanto cuando lo le que lo anot en un cuaderno. Cuenta el director de orquesta una visita que hizo al compositor bohemio en 1896. "Cuando, camino de su casa, levant los ojos hacia las cumbres de los Alpes, cuyas abruptas paredes formaban detrs del encantador paisaje un amenazador teln de fondo, Mahler me dijo: "No tiene usted necesidad de mirar: yo he puesto todo eso en mi Tercera Sinfona". Lejos de la pretensin ridcula de compararme con Gustav Mahler, he tenido muchas veces que responder lo mismo a algunas preguntas de los reporteros: "Qu quin es Camilo Blanes?" "Escucha las canciones de Camilo Sesto." En ellas est dicho casi todo. Claro que de una manera ambigua, llena a veces de sobrentendidos, velando con frecuencia las verdades ms profundas. Nadie que acude a un concierto tiene muchos deseos de ver a su cantante espiritualmente desnudo, de informarse de sus mayores intimidades, de identificarse hasta el fondo con sus alegras o sus tragedias. Busca ms bien encontrar en la voz amiga una expresin artstica de sus propios conflictos, de sus deseos, de sus ensueos. El cantante se convierte en un cable que provoca un cortocircuito en el corazn del que lo escucha; l mismo, su propia individualidad, ha de quedar al margen. En el fondo, es ms un instrumento que un protagonista.

Por eso a veces tiene uno ganas de quitarse esa necesaria mscara pragmtica para que sus amigos lo contemplen como es. Ya s que persona y mscara son la misma cosa en su origen etimolgico griego. Lo que pasa es que en algn momento de nuestra vida nos negamos a aceptar esa verdad que slo parece justificar las hipocresas de las relaciones humanas. Y ms un hombre que como yo en cierto modo lleva siempre la mscara puesta, es decir, acta para los dems, interpreta, hace. Y nadie se inquieta por lo que es. Incluso llega a pensarse que el actor, el hombre que se entrega a los pblicos, ni siquiera tiende a ser l mismo. Solo a ser un reflejo de las ansias de los dems, no una expresin de l mismo. Insisto. En muchos momentos, sin embargo, tambin el actor, el cantante, el que compone canciones tanto para los dems como para s mismo, tiene necesidad de despojarse de las imprescindibles mscaras -uniforme de su profesincon las que se gana la vida y ver esa vida suya desnuda y fija, como un objeto intransferible y exacto. Mucho ms si, como en mi caso, continuamente comprueba cmo los dems, familiarizados con ese reflejo profesional, terminaban por confundir al individuo con la imagen que proyecta. Hasta el punto incluso de hacerme dudar en algn momento de si yo de verdad soy quien soy o lo que otros piensan que soy. Claro, bien seguro estoy de m mismo, pero no me satisface que tantos de mis amigos, prximos o lejanos, conocidos o desconocidos, tantos que creen en lo que hago y gozan con ello, me vean slo como la luz de uno de esos focos multicolores de las candilejas: como la luz, pero no como el foco mismo que la produce y la proyecta. -Camilo, a escena! Y me lanzo ahora a una escena distinta. Ms ntima, ms cerrada, ms secreta. A la que no llegan los aplausos ni los gestos de aliento de mis compaeros los instrumentistas ni el apoyo de cuantos me acompaan en las giras ni la prudencia de los que me cuidan. Una escena perfectamente

vaca y serena. Un libro se me presenta, a m que slo he escrito poemas, adems de infinitamente laborioso, como un reto en el que debo luchar contra lo que no soy, contra la cara ms falsamente brillante de mi ser. Es un rinconcillo solitario y lleno de sol en el que de verdad puedo descubrirme a m mismo a travs de lo que he vivido, de lo que he hecho, de lo que todava quiero hacer. As que cumplo los preparativos de esta actuacin con un nerviosismo magistral, como nunca he conocido otro en las presentaciones musicales. Claro que tengo a mi favor la ventaja de que si este concierto de letras no queda a mi gusto, lo guardo en un cajn o lo condeno a la papelera y aqu no ha pasado nada. Nadie me silbar por ello, ya que seguir tan desconocido como ahora mismo, cuando estoy comenzndolo, lo es. Quiz ms por m mismo que por los dems, por los que me han confundido, los que slo conocen una de mis caras, los que estn obligados a quedarse en la superficie. Ms por m, porque dentro de nada cumplir cuarenta aos y no quiero a esa edad sentirme ante nadie como un desvalido adolescente. Y tambin por l. Cuando supe que acababa de tener un hijo no se me cay el mundo sobre la cabeza, aunque siempre me haba negado a tener hijos por los motivos que contar. Yo mismo pensaba que as iba a ocurrir: una catstrofe personal. Mas de pronto encontr una respuesta nueva a esos momentos de indecisin ante los espejos, en las habitaciones del hotel. Fue como si, por primera vez en mi vida, sintiera los pies clavados al suelo, el cuerpo entero hundido en una realidad fsica, concreta y satisfactoria. Tal vez es demasiado pronto para plantearme muchas preguntas u organizar muchos proyectos. El nio, mi hijo, apenas acaba de cumplir medio ao y ni siquiera intuye quin es su padre y que ha nacido en Mxico, muy lejos de donde nac yo y donde regularmente vivo. Por supuesto para l no est rodeado de las solicitudes y de los inconvenientes de los hombres conocidos. Es solo un nio como lo fui hasta que una misteriosa mano me empuj, y

tan pronto!, a convertirme en lo que soy ahora; hasta que quise ser msico y poner todas mis fuerzas en el empeo. Pero si l est muy lejos de esta realidad, brillante a veces, dramticas otras, el hecho de que exista me obliga a m a mirarme con ms intensidad, con ms detenimiento, con ms calma. Y