Camilo Jose Cela - Cuentos para leer despues del baño

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Camilo Jos Cela

Cuentos para leer despus del bao

Coleccin: Narrativa Moby Dick, n 58 Cuarta edicin: noviembre 1987

Ediciones Juan Granica, S.A. Bertrn, 107 - 08023 Barcelona Tel. 2112112 Impreso por: Lifusa-Maestro J. Corrales, 82-84 08950 Esplugas de Llobregat (Barcelona) I.S.B.N.: 84-7577-074-6 Depsito legal: B. 23.495-1987 ------------------------------------------------

Camilo Jos Cela, nacido en 1916 y conocido ya en Espaa por sus siglas, C.J.C., es, -desde 1942 en que public _La familia de Pascual Duarte_- no slo el principal protagonista de la narrativa espaola de la postguerra, sino el hombre que en los ltimos 30 aos ha sabido mantener, -a travs de libros de relatos, de viaje y de estampas-, la tradicin de nuestras letras y la aficin por los minsculos y pintorescos sucesos de nuestro pueblo. -----------------------------------------------(5) +2

- DON ANSELMO ------------------------------------------------

- I -----------------------------------------------Don Anselmo, ya viejo, me lo cont una noche de diciembre de 1935, poco ms de un mes antes de su muerte, en el Club de Regatas. Era una noche lluviosa y fra, y en el Club no quedbamos sino don Marcelino, don David, don Anselmo y yo. Don Marcelino y don David jugaban lentamente su interminable y cotidiana partida de chap; la partida la ganaba, como siempre, don David, y don Marcelino, como siempre tambin, todas las noches, al ponerse el abrigo, exclamaba resignadamente: --No s lo que me pasa esta noche; pero estoy flojo, muy flojo... (6) Despus acababa de sorber su copita de ans, se calaba su gorrilla de marino, empuaba el bastn y se marchaba, arrimadito a la acera y tosiendo todo el camino, hasta su casa. Don Marcelino tuvo la mala ocurrencia de venirse a Madrid en mayo de 1936. --Por la primavera, Madrid es muy agradable, -deca a los amigos, y adems..., las cosas hay que cuidarlas... Los amigos nunca supieron cules eran las cosas que don Marcelino tena que cuidar en la capital, pero todos encontraban edificante el celo que demostraba por sus asuntos. --S, s, don Marcelino; no hay duda: _el ojo del amo engorda el caballo_... -decan unos-. _El que tenga tienda, que la atienda_. Y todos se sentan satisfechos con la sonrisa de agradecimiento que don Marcelino les dedicaba. Pobre don Marcelino! Al ao, o poco ms, de haber llegado a Madrid, se muri, sabe Dios si de hambre, si de miedo... La noticia lleg hasta el pueblo, al principio confusa y contradictoria; despus confirmada por los que iban llegando, y don David, como si no esperase otra cosa para seguirle, se qued una tarde como un pajarito, sentado en la butaca de (7)

mimbre desde donde contemplaba silencioso el "violento domin de los jvenes", como sentenciosamente, -durante tantos aos-, llamaba a la partida que, despus del almuerzo, se celebraba en el bar del Club. ------------------------------------------------

- II -----------------------------------------------Don Anselmo estaba de confidencias aquella noche. No s qu extraa sensacin de confianza deba causarle mi persona, mas lo cierto es que me contaba cosas y cosas, interesantes y pintorescas, con una lentitud desesperante, cortando las frases y aun a veces las palabras de un modo caprichoso; pero incansablemente. Como incansablemente caan las gotitas de agua sobre el vaso de "baquelita" -ltima compra de don Anselmo, secretario del Club-, que estaba debajo del filtro, plateado y reluciente. Don Anselmo entornaba sus ojos para hablar, y su expresin adquira toda la dulzura y todo el inters de la faz de un viejo y retirado capitn de cargo, altivo y bonachn como un milenario patriarca celta... -----------------------------------------------(8)

- III -----------------------------------------------Corra el 1910, y don Anselmo tena, adems de sus treinta y cinco juveniles aos, un "atuendo de tierra", como l lo llamara, que era la envidia de los petimetres y la admiracin de las pollitas de la poca. Zapatos picudos de reluciente charol, botines grises, -de un gris claro y brillante, como el mes de mayo en el mar del Norte, deca l-, pantaln listado de corte ingls; americana con cinturn y una gardeniaperennemente posada sobre la breve solapa; cuello alto con corbata de nudo y un bombn caf que manejaba con destreza y que obedeca al impulso que don Anselmo, siempre que entraba en algn sitio, le imprima para que alcanzase algn saledizo: el paragero del Club, la lmpara que tena la fonda _La Concha_ en el vestbulo, rodeada de macetas y de sillas de mimbre; la cabeza de ciervo que tena don Jorgito, el gerente del_The Workshop_,en el hall de

su casa... Don Anselmo haca una inflexin en su voz para darme a conocer que introduca un nuevo inciso en su relato, y me hablaba de don Jorgito, a quien respetaba y admiraba, que ya por entonces llevaba una magnfica barba blanca y era todo correccin y buenos modos. Don Jorgito era un ingls apacible que hablaba el espaol con acento gallego y que viva lo mejor que poda, preocupado de su mujer y de sus siete hijos; yo no le conoc, pero cuando afirm haber sido compaero de colegio de un nieto suyo, -en los Maristas de la calle del Cisne, de Madrid-, muchacho flacucho y antojadizo, mal acostumbrado a llevar siempre por delante su santa voluntad, tmido, pero con un orgullo sin lmites, y que hoy, segn creo, anda por ah dedicado -cmo no?- a hacer sus pinitos literarios, don Anselmo se me qued mirando alegremente, como si mi amistad con el nieto viniese a avalar todo su aserto, y termin por confesarme, -casi misteriosamente-, que el mundo era un pauelo. Esto sirvi para que me explicase cmo en Melbourne haba encontrado, tocando el acorden por las calles, a un marinero, a quien desembarc por ladrn en Valparaso; pero me voy a saltar todo este nuevo inciso, porque, si no, iba a resultar demasiado diluido mi relato. ------------------------------------------------

- IV -----------------------------------------------Era la poca de las fiestas del pueblo, y don Anselmo con sus zapatos, su gardenia (10) y su bombn, sonrea desde la terraza del Club, -por entonces todava joven, como l-, a las tobilleras de amplias pamelas que pasaban camino de los puestos de la verbena callejera, y a algunas horas de la tarde, distinguida. Despus de tomar -_five o'clok_- su tacita de t (don Anselmo, oh manes de don Jorgito!, tomaba todas las tardes _su tacita de t_) y de fumar su cigarrillo despus de la tacita de t (la pipa de loza holandesa en aquel tiempo todava no formaba parte de su atuendo de tierra), se una al primer grupo que pasase y, entre bromas y veras, transcurra el resto de su tarde, alegre y honradamente, charlando con los amigos, inclinndose ante las encorsetadas mams de las nias, e invitando a stas a todo lo que se les antojase, porque

-dicho sea de paso-, a don Anselmo no le faltaba ninguna tarde un duro decidido a hacerle quedar bien. Se montaba en el tiovivo, -ellas, en los cerdos o en los automviles; ellos, en los caballos-, se daba una vueltecita por el laberinto, se beban gaseosas que ponan coloradas a las jovencitas, se jugaban algunos nmeros a la tmbola, se tiraba al blanco... Y as un da y otro da... Don Anselmo era la admiracin de todos con sus (11) buenos modales, su gesto siempre afable, su palabra siempre gil y ocurrente. Si haba que entretener a doa Lola, -la mam de Lolita, de Esperancita y de Tildita-, don Anselmo tiraba velozmente su real de bolos contra los grotescos muecos. Si haba que dar palique a doa Maruja, -la mam de Marujita, de Conchita, de Anita y de Sagrarito-, don Anselmo le hablaba de sus estancias en Londres o de su ltimo viaje por los mares del Sur. Si haba que distraer a doa Asuncin -la mam de Asuncionita, que era una monada de criatura-, don Anselmo era capaz hasta de meterse en el tubo de la risa... ------------------------------------------------

- V -----------------------------------------------Aquella tarde haba verdadera expectacin en el pueblo. Entre don Knut, -don Knut era el primer piloto de una bricbarca noruega, _La Cristiana_, anclada por aquellos das en la baha, y amigo antiguo de don Anselmo-, y don Anselmo se haba concertado un singular desafo -una botella de _whisky_, de una parte, y una comilona de langosta, de la otra-, para discernir cul de los dos hara ms blancos seguidos en la barraca del Dominicano, la misma que durante tantos aos, (12) y hasta que se muri, haba sido regentada por Petra, la del guardia civil. Cuando Knut y don Anselmo aparecieron, charlando amigablemente, ante el puesto del Dominicano, una multitud, casi abigarrada, les esperaba ya. Escogieron con lentitud sus escopetas; seleccionaron con

ms lentitud, si cabe, sus flechas; negras, las de don Knut; rojas, las de don Anselmo; echaron una moneda, -una peseta-, al aire, y empezaron a tirar; cinco tiros seguidos cada uno. Empez don Anselmo; porque don Knut, cuando la peseta andaba por el aire, haba dicho _caras_ -_cruces_ no lo saba decir-, y no haban salido _caras_. Cinco tiros, cinco blancos. "Tira don N", gritaba el Dominicano, incorporndose y desclavando a una velocidad vertiginosa las cinco flechas rojas de don Anselmo. Don Knut tir: cinco tiros, cinco blancos. "Tira don Anselmo", volva a repetir el Dominicano al volver a desclavar las cinco flechas negras esta vez y de don Knut. Don Anselmo volva a tirar y volva a hacer cinco blancos: el Dominicano volva a gritar; don Knut volva a echarse la escopeta a la cara... "cinco blancos"... El inters de la gente tena ya sus salpicaduras de emocin; se llevaba tirando ya largo rato, y don Knut y don Anselmo seguan a los (13) treinta y cinco tiros desesperadamente pegados. "Tira don Anselmo", grit el Dominicano; nadie sabe cmo fue: don Anselmo levant la escopeta y tir...; la flecha fue a clavarse en el ojo derecho del Dominicano; ste se llev ambas manos a la cara sangrante, la gente rompi a gritar, las mujeres comenzaron a correr... Don Anselmo tuvo que marcharse aquella misma