Clarice Lispector. Cuentos

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Antologa de Cuentos de Clarice Lispector.

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  • CUENTOS

    Clarice Lispector Brasilea: 1920-1977

    111 Cuentos completos.

    1

  • ndice de contenidoAmor..........................................................................................................................................................3El muerto en el mar de Urca......................................................................................................................9El primer beso..........................................................................................................................................10Felicidad clandestina................................................................................................................................12La bsqueda de la dignidad......................................................................................................................14La cena.....................................................................................................................................................21La partida del tren....................................................................................................................................24Mejor que arder........................................................................................................................................34Restos del Carnaval..................................................................................................................................36Silencio.....................................................................................................................................................38Una gallina...............................................................................................................................................40

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  • Amor

    Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subi al tranva. Deposit la bolsa sobre las rodillas y el tranva comenz a andar. Entonces se recost en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfaccin. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso.Crecan, se baaban, exigan, malcriados, por momentos cada vez ms completos. La cocina era espaciosa, el fogn estaba descompuesto y haca explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma haba cortado recordaba que si quera poda enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella haba plantado las simientes que tena en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los rboles crecan.Creca su rpida conversacin con el cobrador de la luz, creca el agua llenando la pileta, crecan sus hijos, creca la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequea y fuerte,su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la ms peligrosa. A cierta hora de la tarde los rboles que ella haba plantado se rean de ella. Cuando ya no precisaba ms de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se senta ms slida que nunca, su cuerpo haba engrosado un poco, y haba que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el gnero. Todo su deseo vagamente artstico haca mucho que se haba encaminado a transformar los das bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se haba desarrollado suplantando su ntimo desorden. Pareca haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestara una apariencia armoniosa; la vida podra ser hecha por la mano del hombre.

    En el fondo, Ana siempre haba tenido necesidad de sentir la raz firme de las cosas. Y eso le haba dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos haba venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en l como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se haba casado era un hombre de verdad, los hijos que haban tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le pareca tan extraa como una enfermedad de vida. Haba surgido de ella muy pronto para descubrir quetambin sin la felicidad se viva: abolindola, haba encontrado una legin de personas, antes invisibles,que vivan como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegra. Lo que le haba sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltacin perturbada a la que tantas veces haba confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, haba creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. As lo haba querido ella y as lo haba escogido. Su precaucinse reduca a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vaca y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazn se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no haba lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le haban transmitido los trabajos de la casa. Entonces sala para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebelda con ellos. Cuando volva ya era el final de la tarde y los nios, de regreso del colegio, le exigan. As llegaba la noche, con su tranquila vibracin. De maana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las races negras y suaves del mundo. Y alimentaba annimamente la vida. Y eso estaba bien. As lo haba querido y elegido ella.

    3

  • El tranva vacilaba sobre las vas, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento ms hmedo anunciando, mucho ms que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respir profundamente y una gran aceptacin dio a su rostro un aire de mujer.

    El tranva se arrastraba, enseguida se detena. Hasta la calle Humait tena tiempo de descansar. Fue entonces cuando mir hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre l y los otros es que lestaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenan extendidas. Era un ciego.

    Qu otra cosa haba hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirti: el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba chicle.

    Ana todava tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos iran a comer; el corazn le lata con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. l masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo haca parecer sonriente y de pronto dej de sonrer, sonrer y dejar de sonrer -como si l la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendra la impresin de una mujer con odio. Pero continuaba mirndolo, cada vez ms inclinada -el tranva arranc sbitamente, arrojndola desprevenida hacia atrs y la pesada bolsa de malla rod de su regazo y cay en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qu se trataba; el tranva se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irgui plida. Una expresin desde haca tiempo no usada en el rostro resurga con dificultad, todava incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios rea entregndole sus paquetes. Pero los huevos se haban quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego haba interrumpido su tarea de masticar chicle y extenda las manos inseguras, intentando intilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la seal del conductor, el tranva reinici nuevamente la marcha.

    Pocos instantes despus ya nadie la miraba. El tranva se sacuda sobre los rieles y el ciego masticando chicle haba quedado atrs para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

    La bolsa de malla era spera entre sus dedos, no ntima como cuando la haba tejido. La bolsa haba perdido el sentido, y estar en un tranva era un hilo roto; no saba qu hacer con las compras en el regazo. Y como una extraa msica, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. Por qu?, acaso se haba olvidado de que haba ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existan antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenan un aire hostil, perecedero... El mundo nuevamente se haba transformado en un malestar. Varios aos se desmoronaban, las yemas amarillas se escurran. Expulsada de sus propios das, le pareca que las personas en la calle corran peligro, que se mantenan por un mnimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no saban hacia dnde ir. Notar una ausencia de ley fue tan sbito que Ana se agarr al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranva, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis haba venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se haba vuelto menos sofocante, todo haba ganado una fuerza y unas voces ms altas. En la calle Voluntarios de la Patria pareca que estaba prontaa estallar una revolucin. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle haba sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba

    4

  • ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que posean. Junto a ella haba una seora de azul, con un rostro! Desvi la mirada, rpido. En la acera, una mujer dio un empujn al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo...