Cuadernos hispanoamericanos 625-626

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  • CUADERNOS fflSPANOAMERICANOS

    625-626 julio-agosto 2002

    DOSSIER: Luis Cernuda (1902-1963)

    Felisberto Hernndez (1902-1964) Tristn Tzara

    Poemas rumanos

    Rafael Gutirrez Girardot La obra de Georg Heym

    Dominique Viart Genealogas y filiaciones

    Entrevistas con Hctor Rojas Herazo y ngel Gonzlez Garca Notas sobre Georges Braque, Enrique Jardiel Poncela,

    Julio Cortzar, Len Felipe, el teatro argentino actual y la escultura sacra espaola

  • CUADERNOS HISPANOAMERICANOS

    DIRECTOR: BLAS MATAMORO REDACTOR JEFE: JUAN MALPARTIDA

    SECRETARIA DE REDACCIN: MARA ANTONIA JIMNEZ ADMINISTRADOR: MAXIMILIANO JURADO

    AGENCIA ESPAOLA DE COOPERACIN INTERNACIONAL

  • Cuadernos Hispanoamericanos: Avda. Reyes Catlicos, 4 28040 Madrid. Telfs: 91 5838399 - 91 5838400 / 01

    Fax: 91 5838310/11/13 e-mail: Cuadernos.Hispanoamericanosaeci.es

    Imprime: Grficas VARONA Polgono El Montalvo, parcela 49 - 37008 Salamanca

    Depsito Legal: M. 3875/1958 - ISSN: 1131-6438 - IPO: 028-02-003-1

    Los ndices de la revista pueden consultarse en el HAPI (Hispanic American Periodical Index), en la MLA Bibliography

    y en Internet: www.aeci.es

    * No se mantiene correspondencia sobre trabajos no solicitados

  • 625-626 NDICE DOSSIER

    Luis Cernuda (1902-1963)

    JOS MARA ESPINASA Mejor la destruccin, el fuego 7

    NGEL L. PRIETO DE PAULA Una desolacin sin adjetivos. Cernuda en la poesa espaola de posguerra 17

    ADOLFO SOTELO VZQUEZ Luis Cernuda ante la crtica y la tradicin literarias 29

    GEMMA SU MINGUELLA Reescribiendo a Rilke. La pantera de Luis Cernuda 41

    RAQUEL VELZQUEZ VELZQUEZ En torno a El viento en la colina 53

    JORDIAMAT Leccin de la placa en Camden Town 63

    IRMA EMILIOZZI De mscaras y transparencias. Cernuda y Aleixandre 69

    DOSSIER Felisberto Hernndez (1902-1964)

    TERESA PORZECANSKI Un estudio del rgimen de la mirada 81

    JUAN GARGALLO Felisberto en el umbral 87

    JORGE SCLAVO El caso Clemente Colling 97

    CLAUDIA CERMINATTI Una lectura de Las hortensias 109

    AMANCIO TENAGUILLO Y CORTZAR Una escritura en movimiento 117

    BLAS MATAMORO El msico, ese perseguidor 129

    PUNTOS DE VISTA

    DARIE NOVACEANU Los poemas rumanos de Tristn Tzara 141

  • TRISTAN TZARA Poemas rumanos 147

    EMETERIO DEZ Jardiel y el cine 153

    RAFAEL GUTIRREZ GIRARDOT Georg Heym o la configuracin potica del ennui 171

    LUIS ESTEPA Un aleluya de Barradas y la novela rosa 189

    CARLOS D'ORS Escultura sacra espaola contempornea 197

    DOMINIQUE VIART Genealogas y filiaciones 207

    MARIO BOERO El peso y el paso de la religin en Espaa 219

    CALLEJERO

    JORGE GARCA USTA Entrevista con Hctor Rojas Herazo 227

    OSVALDO PELLETTIERI Teatro argentino 2001 247

    EVA FERNNDEZ DEL CAMPO Entrevista con ngel Gonzlez Garca 255

    ALEJANDRO FINISTERRE Len Felipe 265

    CARLOS ALFIERI Georges Braque: el legado de un grande 271

    LUIS PULIDO RITTER Carta de Bogot. Tan lejos y tan cerca del cielo 275

    JORGE ANDRADE Carta de Argentina. Vida de nufragos 279

    BIBLIOTECA

    IRMA EMILIOZZI, AGUSTN SEGU, MILAGROS SNCHEZ ARNOSI, VANESA GONZLEZ, JUAN ULLOA BUSTINZA, BETTY GRANATA DE EGES, SAMUEL SERRANO

    Amrica en los libros 285 JOS MUOZ MILLANES, JOS AGUSTN MAHIEU, MILAGROS SNCHEZ ARNOSI, B. M.

    Los libros en Europa 296

    El fondo de la maleta Libros de feria 313

  • DOSSIER Luis Cernuda (1902-1963)

    Coordinador: ADOLFO SOTELO VZQUEZ

  • Luis Cernuda en 1936

  • Mejor la destruccin, el fuego

    Jos Mara Espinasa

    A los lectores de fines del siglo XX y principio del XXI les sorprender ver cmo, en la mirada retrospectiva, el azar se combina con los argumen-tos del destino para proponer la imagen de un poeta. Y a todos los grandes poetas del siglo XX les ronda esa necesidad: ser ante el lector de una determinada manera. Pero lo que determina esa manera es en muchos casos una biografa -la del lector- inscrita en una tradicin. As, hacia mediados de los aos setenta, la lectura de Cernuda fue, en Mxico, una divisa generacional que, a pesar de lo intensa y combativa, no dio resulta-dos concretos, como s los dio en Espaa, en trabajos de investigacin y ediciones crticas generalmente serias y confiables, acompaadas tambin de, en ocasiones, estriles polmicas sobre el carcter y el valor del autor de La realidad y el deseo. Esa actitud tiene su origen en la propia obra o es consecuencia de ese olvido tan mexicano y que el poeta tanto padeci?

    A mediados de los aos setenta en Mxico, Cernuda, tanto la persona como la obra, era una presencia extraa: muchos de mis contemporneos lo leyeron impulsados por el brillante ensayo que Octavio Paz le dedic en Cuadrivio, un momento clave en la bibliografa sobre l, ya que no slo se trataba de un notable texto crtico sino que se deba a quien ya despuntaba en ese momento como la figura rectora de la poesa en castellano en las prximas dos dcadas. La lectura se inscriba tambin en la aureola que rodeaba a la obra -incomprendida, maldita- y a la persona. Yo lo le con avidez: La realidad y el deseo en la edicin de Sneca fue una extraordi-naria sorpresa en la biblioteca de la escuela Instituto Luis Vives, donde curs la preparatoria; sorpresa -como los panes- multiplicada, ya que haba un buen altero de ejemplares que ante la mirada permisiva de los profeso-res regalbamos a quien se dejara.

    No es un dato intrascendente: La realidad y el deseo en la edicin del Fondo de Cultura Econmica estaba agotada y fue aquella, que no inclua Desolacin de la quimera, la que nos form en el entusiasmo cernudiano. Un grupo de aprendices de escritores llegamos entonces a organizar una lectura en voces de Donde habite el olvido, poema que a la menor provo-cacin, cual cancin ranchera, vena a nuestros labios, memorizado casi sin

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    darnos cuenta. Me llama la atencin ahora que el texto, orgullosamente desolado, poco tena que ver con el ambiente de los grupos y tertulias lite-rarias, ms bien festivamente ldicas, que se vivan entonces. Tena desde luego un efecto catrtico al anticipar la cruda de una minscula pero fasci-nante belle poque adolescente. Pero esa desolacin, insisto, no era an la de la quimera. La poesa de Cernuda no nos dejaba ver el desencanto y el resentimiento que vendra despus, fruto de un exilio que le doli hasta el alma. La esfera de ese olvido era todava la del mito.

    El texto, escrito a raz del rompimiento con Serafn, uno de sus grandes amores, era ledo con una intensa irona, como un poema de amor cumpli-do, ms all de su contrapuesta literalidad, y es que eso vena en la letra. No necesito explicar por qu la lamentacin, tan frecuente en el verso, cuando encarna de veras en un poema, funciona como afirmacin y pre-sencia de aquello que se lamenta ausente, y que por eso ms que provocar una catarsis permite el reconocimiento, la toma de conciencia, el imposible olvido. Todo lo que en sus poemas era fechado, de los coqueteos andalu-cistas a la poesa comprometida, pasando por el surrealismo, Cernuda lo haba interiorizado a tal grado, que a veces ni se le reconoca y slo estaba l, de cuerpo entero, con esa elegancia y belleza que tanto mencionan los que lo conocieron. Pero entonces lleg el exilio y, como a muchos, el mundo se le vino abajo.

    Ese exilio no poda ser consuelo alguno por ms que lo vivieran muchos, ya que era, de todas maneras, su exilio. Cernuda tard en llegar a nuestro pas, y eso es importante, despus de un peregrinaje nada cmodo como profesor -aquello que l, segn ve lcidamente Mara Zambrano, no poda ser-. Arriba a Mxico en 1954: a pesar de la lengua y el ambiente, de que aqu vivan amigos suyos como Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, no puede encontrar ese paraso que tal vez sin haber tenido nunca ya estaba definitivamente perdido. Es curioso que, independientemente del estilo de vida que cada cual tuvo en el exilio mexicano, ninguno de los poetas exi-liados, ni siquiera Len Felipe, pudo reconstruir un lugar, un espacio vital para su literatura.

    Si otros poetas -un ejemplo es Pedro Garfias- ahogaron en alcohol ese desarraigo, Cernuda lo ahog en un licor an ms enervante: el resenti-miento. No se trata de entrar en una descripcin del carcter de la persona sino de situar lo que ocurri con los textos. La generacin del 27 tuvo como virtud reunir distintas opciones estticas sin que stas fueran excluyentes -y tambin sin excluir la en ocasiones violenta defensa de sus posiciones-y Cernuda representa un extremo de esa paleta. Por eso resulta importante haberlo ledo en la edicin mencionada de La realidad y el deseo, cuando

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    an no estaba presente ese resentimiento. No deja de ser significativo que se hayan ocupado de l muchos de los grandes escritores mexicanos. Al ensayo de Paz habra que agregar los que le dedicaron Toms Segovia, Ramn Xirau, Juan Garca Ponce y Carlos Monsivis, todos ellos, desde pticas diferentes, muy admirativos. Tambin es sintomtico que dos de los libros ms importantes de la bibliografa sobre Luis Cernuda hayan sido escritos por poetas de mi generacin: Manuel Uacia y Vicente Quirarte.

    Es importante sealar que Segovia, Xirau y Garca Ponce dejaron cons-tancia de su admiracin desde fechas muy tempranas y que Monsivis pro-loga una edicin conjunta de Variaciones sobre tema mexicano y Desola-cin de la quimera a principios de los noventa. Este prlogo, por ms que parece terminado apresuradamente, tiene una importancia enorme: Monsi-vis, especialista en lo mexicano, pocas veces se ocupa de autores ajenos al tpico, y cuando se lee la presentacin uno siente algo que se ha dicho muchas veces y pocas se ha realmente desarrollado, la similitud entre el 27 y los Contemporneos. Lo que el autor de Das de guardar dice parece a vec

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