Graco - Rodolfo Rios

  • View
    220

  • Download
    1

Embed Size (px)

DESCRIPTION

libro

Transcript

  • Dedicada a mi padre, el maestro ms virtuoso que he conocido.

    ndice

  • Captulo 1: El sueo

    Captulo 2: La condena del maestro

    Captulo 3: La promesa

    Captulo 4: Propsitos inciertos

    Captulo 5: La sombra de la verdad

    Captulo 6: Insensato

    Captulo 7: La Montaa de las Estrellas

    Captulo 8: Un destino solitario

    Captulo 9: Intrigas y sombras

    Captulo 10: Cruce de caminos

    Captulo 11: Tiempos de guerra

    Captulo 12: El momento esperado

    Captulo 13: Antiguos secretos

    Captulo 14: Redencin

    Captulo 15: El adversario

    Captulo 16: La revelacin

    Captulo 17: Reminiscencia

  • Captulo 1. El sueo.

    Sueo con un sol dorado que nace tras las colinas a la distancia, irradia luz sobre las tierras del valle

    y su calor sobre mi piel. De nuevo el mismo sueo, percatarme de ello rompe el encanto del mismo,

    mata el anhelo casi agotado de un horizonte que no regresa y extrao. Das, aos, el recuerdo pierde

    la dimensin del nico sendero intransitable para vivos y muertos.

    Llevaba dcadas durmiendo en mi solitario y abandonado refugio del Monte del Pindo cuando la

    sbita y turbadora conversacin de unos desconocidos quebrant mi sepulcral reposo. Aquellos

    extraos hablaban de un ser mtico mitad hombre, mitad demonio, se referan a l como el

    "burculacas" trmino que aprend a conocer por ser uno con el cual aluden a los de mi naturaleza en

    estas tierras. Pero lo que despert m inters fue que adems de vivir con normalidad entre los

    humanos es inmune a la luz del sol. Era un relato tan asombroso y trascendental que atrajo toda mi

    atencin. Lejos de disiparse, las voces se acentuaban, cobraban presencia, resonaban con alentadora

    certidumbre en el lbrego silencio del panten. Si lo que estaba escuchando no era fruto de un

    espejismo y ese ser excepcional verdaderamente exista, la redencin sera posible y tal vez no

    estuvisemos eternamente condenados. Un rayo de esperanza iluminaba mi agitada conciencia y quise

    conocer a aquellos desconocidos, necesitaba hablar con ellos, preguntarles por ese ser endemoniado

    que se haba librado de la maldicin y poda disfrutar de los amaneceres como los hijos de los

    hombres, como lo haca yo antes de sufrir la dolorosa condena.

    Liber a mi tumba de su pesada lpida y al abrir los prpados busqu intilmente la presencia de los

    extraos, ellos y sus voces haban desaparecido, slo se escuchaba el infatigable sonido del viento.

    Era una noche glida y oscura y un crujiente manto de nieve cubra las ruinas de lo que un da fueron

    calles, viviendas, templos sagrados y palacios deslumbrantes, los asolados restos de una ciudad

    olvidada.

    En seguida constat que nadie ms que yo haba pisado la nieve, los enigmticos forasteros que me

    sacaron del sepulcro con sus palabras se marcharon sin dejar huella alguna, tan slo quedaron sus

  • turbadoras afirmaciones. No le daan los rayos del sol y convive con los hombres. Frases que yo

    escuch como si fueran las consoladoras promesas de una verdad revelada. Confiaba en ellas con la

    ceguera propia de los mortales, sin disponer de ninguna evidencia, apartando de mi mente otras

    conjeturas y preguntndome cmo se alcanzara el mundo de la luz desde el pozo de las sombras.

    Sera posible liberarse de la condena? La respuesta podra tenerla esa inslita criatura pero hasta

    donde mis sentidos alcanzaban a distinguir no adivinaba presencia alguna; all, estaba completamente

    solo.

    Nadie puede saber cunto hay de destino o de azar en las leyes que rigen el universo y en las

    decisiones que tomamos, pero si yo no hubiese escuchado aquella conversacin habra seguido

    durmiendo y el rumbo de la Historia, posiblemente, habra sido distinto. La tentadora idea de dejar

    de ser lo que era para transformarme en lo que fui me devolvi la esperanza. Senta la imperiosa

    necesidad de encontrar a ese semejante que haba eludido la condena que seguamos padeciendo los

    dems, sin reparar en las dificultades que la empresa entraara. El viento me azotaba impetuoso y

    los copos de nieve empapaban mis cabellos, mi rostro y mis vestimentas, senta el preocupante

    agotamiento que provoca la anemia.

    Mi largo y profundo reposo no me permiti alimentarme, estaba muy debilitado, tuve que buscar la

    compaa de los hombres, necesitaba con urgencia su fuerza vital para sobrevivir, de ella me nutra.

    Descend al valle no sin dificultad, la ventisca segua soplando con furia de cclope y tena que

    batallar con ella para mantener la direccin de mi vuelo. El esfuerzo me extenu y mi clarividencia

    para percibir lo que suceda a grandes distancias tambin empezaba a languidecer, si la perda me

    costara hallar el alimento que mi cuerpo requera.

    Fue en una pequea la aldea, a los pies del Monte del Pindo, donde encontr lo que buscaba. La

    suerte me acompa y no quise empaar sus propsitos, tom precauciones, sobrevol la villa hasta

    que di con el lugar apropiado para volver a pisar la nieve sin ser visto. Si mi presencia levantaba el

    ms mnimo recelo entre los lugareos, mis planes se malograran y me vera en un serio aprieto.

    Nadie poda dudar de que yo fuera un forastero que simplemente buscaba un lugar donde guarecerse.

  • Bajo un sencillo techado de madera, iluminados por las vivas llamas de una crepitante hoguera, los

    aldeanos desafiaban a las inclemencias de la noche apostando, jugndose enardecidos los pocos

    bienes que posean. A pesar del plido y desmejorado aspecto que deba presentar no se fijaron en

    m, pas totalmente inadvertido. All, todos los ojos estaban pendientes de la pelea de gallos que se

    disputaba. Tem que mi presencia alterase a las aves, pero no fue as, tambin pas desapercibido

    para ellas. Sus encarnizadas acometidas, junto con las porfas que mantenan los jugadores, eran

    mucho ms importantes que yo. Las pasiones que dominaban a aquellos aldeanos me hicieron

    invisible a sus miradas.

    Discreta y serenamente me aproxim a ellos, a su febril entusiasmo, a la invisible energa vital que

    desprendan y que yo necesitaba para restaurar mi poder. No necesite beber para alimentarme, no

    sta vez, no era el ltimo ni el primero, somos muchos los que no necesitamos apagar una vida

    porque nos sustentamos con la esencia vital que exhalan los humanos, debilitando apenas

    temporalmente sus energas. Felizmente, no tard en sentir sus saludables efectos. Uno de los gallos

    que contendan, al sentirse herido y dominado por su rival, cant su cobarda y su dueo, preso de la

    ira, le cort el cuello y lanz su cabeza a la hoguera.

    - Usted no es de estas tierras, al menos yo nunca le haba visto antes por aqu.

    El corpulento barbudo que inesperadamente se dirigi a m result ser el dueo de la casa, eso debi

    de ayudarle a descubrir la presencia de un forneo entre ellos.

    - Es la primera vez que visito esta comarca, iba camino de Dodona pero la noche y el

    temporal me han extraviado, ni siquiera s dnde me hallo no tuve que improvisar, llevaba

    pensado lo que dira para presentarme.

    - No muy lejos de su destino, esto es Klidonia y los montes que estn a nuestras espaldas son

    los del Pindo el aldeano hablaba observando mi espada, preguntndose quin sera yo y

    qu propsitos me llevaran a donde estuvo el orculo ms importante y venerado de la

    antigua Grecia.

    - Hay algn lugar en el pueblo en que pueda cobijarme y pasar la noche? se lo preguntaba

  • para seguir haciendo verosmil mi presencia entre ellos, en aquella aldea ni siquiera tenan

    una humilde ermita.

    - No s si un caballero como usted consentir alojarse en un pajar, es todo lo que yo puedo

    ofrecerle y no creo que encuentre nada mejor.

    - Le agradezco su hospitalidad extend mi mano con gesto amistoso y l me la estrech

    efusivo-, mi nombre es Adn y me gustara saber cmo podr compensarle por el albergue

    que me ofrece.

    - De eso hablaremos luego, venga, acrquese al fuego que est usted helado la frialdad de

    mis manos no la paliaran las llamas de la hoguera pero le segu hasta ella-. A m me llaman

    Btalo, aunque mi verdadero nombre es Crmilo.

    Mi anfitrin era el organizador de las apuestas y participaba en ellas como juez, garantizando el

    cumplimiento de las reglas y embolsndose una comisin por cada combate que supervisaba. Se le

    notaba que tena ganas de hablar conmigo, de hacerme las preguntas que estaba silenciando, pero los

    jugadores en seguida reclamaron su presencia y tuvo que dejarme para ir a atenderlos.

    - Sin m no pueden empezar dijo con una forzada sonrisa-. Cuando quiera retirarse a

    descansar avseme, este es un lugar muy silencioso pero yo le aconsejo que espere a que

    terminen las apuestas.

    Crmilo se fue a ejercer sus actividades de juez y como me senta completamente restablecido, en

    cuanto se reanud la lucha en el palenque y los gritos y las porfas volvieron a caldear la glida

    noche, abandon el lugar como llegu, furtiva y sigilosamente. Me dirig a mi refugio pensando en

    cmo empezar la bsqueda de ese ser que se haba liberado del castigo que padecamos los que

    compartamos su fundamento. Quera saber si exista y no me intimidaba el fracaso, estaba decidido a

    descubrir la verdad por ingrata que sta me resultase. Sin desfallecer, me promet.

    En el siguiente anochecer abandon mi tumba y mi refugio en los Montes del Pindo y recorr pueblos

    y ciudades en busca de algn rastro que me condujese a ese semeja