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  • La Ciudad de las Esfinges

    Jaime Alfonso Sandoval

  • La Ciudad de las Esfinges

    Primera edición en el Perú: octubre, 2018

    Jefa de arte: Laura EscobedoIlustración de cubierta: Luis San Vicente

    © del texto: Jaime Alfonso Sandoval, 2018© de esta edición: Ediciones SM S. A. C., 2018 Micaela Bastidas 195, San Isidro. Lima, Perú Teléfono: (51 1) 614 8900 [email protected] www.sm.com.pe www.leotodo.com.pe

    Impreso en el Perú / Printed in Peru

    Impreso por Quad/Graphics Perú S. A.Av. Los Frutales 344, Ate, LimaOctubre, 2018

    Tiraje: 1500 ejemplares

    ISBN: 978-612-XXX-XXX-XRegistro de Proyecto Editorial: 315013118xxxxxHecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú: 2018-xxxxx

    Todos los derechos reservados. Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin el permiso previo y por escrito de los titulares de los derechos de propiedad intelectual.

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    Rinocerontes y fresas silvestres

    MI NOMBRE es Theodore Farraday y soy ma-yordomo, de los mejores, lo puedo asegurar.Tengo un amplio conocimiento en vinos, licores yalta cocina, incluidas recetas exóticas comocabecitas de codorniz al jerez y más de doscien-tas variedades de bocadillos para acompañar elté. En cuestión de servicio, soy insuperable:puedo cubrir todas las necesidades domésticas,desde una discreta cabaña hasta la mansión máspalaciega. Además, soy experto en asuntos deetiqueta, conozco la vestimenta perfecta parajugar criquet en una tarde nublada y manejo conojos cerrados los catorce cubiertos de una distin-guida mesa.

    Y no es presunción, pero todos mis conoci-mientos están respaldados por el linaje. Pro-vengo de una importante familia especializadaen el servicio doméstico. Mis antepasados hanservido por años a las mejores y más respetablesfamilias del mundo, empezando con mis tata-rabuelos miss Mary y míster Nelson Farraday,

  • quienes trabajaron en la corte de los Windsorcomo lacayos personales, hasta terminar con mimadre, Helen Farraday, que trabajó como damade compañía en la vejez de Amalia Carlota, ladesdichada emperatriz de México. Toda la fami-lia se ha distinguido por su desempeño y fideli-dad. Siempre cumplimos con nuestros deberes yacompañamos a nuestros amos hasta el fin, asísea el fin del mundo.

    Fui entrenado en la más prestigiosa escuelapara mayordomos, la British School of DomesticService, en Londres. Ingresé a la edad de seisaños y a los doce salí con mención honorífica yprimer lugar en las materias de servicio de mesa,etiqueta avanzada, manejo de tenedores ycucharillas (obtuve una medalla por el mejor ser-vicio de langosta de mi generación).

    En cuanto me gradué conseguí empleo comoasistente de cámara del mariscal Rupert San-ders, y me enorgullezco de haber cumplido al piede la letra con mis obligaciones. Incluso durantela Gran Guerra, nunca dejé de servir el té, asíestuviésemos en campaña o en medio de un ata-que de cloro gaseoso. Yo tenía que atravesar elcampo de batalla con una tetera en la mano, unataza de porcelana y dos terroncitos de azúcarpara el mariscal, que estaba escondido en latrinchera esperando su té de canela.

    Durante mi carrera serví a los patrones másextravagantes, como Charlie Wong, un escapistamandarín, que tomaba un vaso de vinagre cadamañana. Era tan bueno que en uno de sus trucosconsistente en sumergirse en una piscina rellena

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  • con flan de vainilla desapareció (con todo y misueldo). Nunca se le volvió a ver.

    Más adelante, fui el sirviente personal de unaexcéntrica millonaria, Dora Woolrich, dueña desiete minas de plata; era tan avara que se vestíacon papel periódico y bolsas de pan. Al morir,dejó todo su dinero a la sociedad protectora deratones callejeros.

    Pero de todos mis empleos el más extraordi-nario fue, sin duda, la gran temporada en queserví para los hermanos Astorga, cazadores deabolengo y locos por afición.

    Conocí a los Astorga una mañana especial-mente turbulenta en Kenia. Era un verano tórri-do, tan seco que por las noches los hipopótamosentraban en las ciudades buscando agua de lasfuentes públicas, donde los esperaban los fran-cotiradores listos para cazarlos. Suena bastantecruel, pero así eran las cosas en temporada decaza.

    Como cada verano, al proclamarse la aperturade la veda, medio millar de cazadores de todo elmundo llegaba al Parque Nacional de Tsavo, enKenia. Venían emocionados, buscando agregarun trofeo más a su colección. Los colmillos delcerdo montaraz eran muy codiciados en ese año,casi tanto como la piel de elefante (estaba demoda convertirla en maletas).

    En esa ocasión trabajaba para Lord Halifax,un cazador de rinocerontes. Y aunque en eseentonces yo ya no era ningún jovencito, medesempeñaba todavía muy bien como asistentede cámara y ayudante de caza, limpiando las

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  • armas y haciéndome cargo del equipaje en mediode las tormentas de arena.

    Lord Halifax tenía muy mala vista. Inicial-mente comenzó con presas menores: patos,perdices y tórtolas; pero al empeorar su visióntuvo que elegir algo más grande como los zorrosy liebres, para más tarde pasar a los venados.Finalmente, cuando no lograba distinguir nadamás allá de los tres metros, decidió cazarrinocerontes. Lord Halifax se hubiera ahorradotodos esos problemas con ponerse anteojos, peroera tan vanidoso que no permitió que nada estro-peara su exquisito perfil griego.

    Ese día nos encontrábamos en plena sabanaafricana, con un calor de cuarenta y siete gradosa la sombra. Después de tres horas y media derecorrido sobre la desértica región, localizamos aun espléndido grupo de rinocerontes blancosrecostados plácidamente en una charquita delodo.

    Lord Halifax entrecerró sus débiles ojos, tomósu rifle y comenzó a disparar. Todos los tiros fa-llaron. Por aquí le pegó a un arbusto, más allá ledio al suelo y el resto de la carga la disparó con-tra el cielo. Los rinocerontes, asustados por elruido, comenzaron a correr. Estos animales sonconocidos por su pésima vista, cosa que compro-bé en ese momento, cuando en su terror comen-zaron a correr hacia nosotros.

    —¿Maté alguno?—preguntó el lord.—Me temo que no —respondí—, pero debe-

    ríamos apartarnos. Vienen para acá.—¡Qué suerte! —exclamó mi patrón—. Así los

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  • tendré más cerca. Dame el arma de repuesto yquédate a mis espaldas.

    Como mayordomo uno nunca debe rechistarni andar con titubeos, así que cumplí la orden. Ellord tenía la esperanza de que si los rinocerontesse acercaban a menos de tres metros podíadespacharles algún tiro y, de paso, salvar nues-tras vidas.

    Desgraciadamente todos los tiros fallaron denuevo. El estruendo sólo asustó más a los paqui-dermos, que arreciaron su carrera y levantaronlos cuernos listos para embestir lo que se cruzaraen su camino. Al verlos de frente, comprendí quemi vida llegaba a su fin. Confieso que sentí unpoco de desilusión por morir de forma tan ridícu-la. Pero antes de que alcanzaran a tocarme,sucedió un milagro: el rinoceronte que llevaba ladelantera se derrumbó junto con otro más que leseguía, tropezaron con ellos un par de animalesy uno pequeño, que parecía escapar, se doblóquedando boca arriba.

    En un santiamén los cinco rinocerontes yacíanen tierra formando un nudo de patas, cuernos yrabos. El olor a pólvora impregnaba el ambiente.No alcancé a recuperarme cuando escuché unavoz a mis espaldas.

    —¿Están bien?Me di la vuelta pero no vi a nadie, sólo la lla-

    nura y tres arbolillos.—Aquí, arriba —dijo la voz.Entonces miré la copa de uno de los árboles;

    fue una visión bastante peculiar. Sujetos a unagran rama se encontraban dos cazadores. Ambos

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  • sostenían entre las manos unas enormes esco-petas con los cañones todavía humeando. Alparecer eran un hombre y una mujer, y digo al pa-recer porque estaban vestidos de forma extraña,envueltos en bolsas de color rojo brillante. Teníanla cara pintada del mismo tono y usaban som-brero con hojas de terciopelo verde.

    Evidentemente estaban disfrazados, lo cual noes raro: el disfraz es una práctica común entre loscazadores para confundirse con el paisaje. Losorprendente en este caso era que estaban vesti-dos de fresas silvestres, elección un poco extra-vagante considerando que en toda Kenia no exis-ten las fresas silvestres.

    De los otros dos árboles bajó un grupo de ayu-dantes, también disfrazados: unos de ciruelo yotros de berenjena. Los ciruelos se encargaron deensamblar cajas de madera mientras que losberenjenas arrastraron a los rinocerontes conpoleas y tablas.

    En medio de aquel tumulto de frutas gigantesencontré a mi patrón debajo de tres rinocerontes.¡Pobre lord!, parecía un saco de papas descosido.De su perfil griego no quedaba ni el recuerdo.

    Aunque los mayordomos estamos entrenadospara no expresar nuestras emociones, no pudereprimir que una furtiva lágrima resbalara por mimejilla.

    Los ciruelos se encargaron de entablillar allord y posteriormente le construyeron un arma-zón para moverlo.

    Esa misma tarde me encargué de enviar a mipatrón por servicio de paquetería a un sanatorio

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  • de Nairobi. Durante algún tiempo mantuve co-rrespondencia con las enfermeras y así me enteréde que Lord Halifax logró recuperarse, aunquenunca pudo estar bien del todo: sufría pesadillasy la sola presencia del más pequeño animal,incluidos los insectos, lo ponía frenético. Loúnico positivo de todo el asunto fue que el lordaceptó usar lentes y se hizo muy aficionado a lasnovelas de detectives y, no sólo eso, sino queincluso se convirtió en investigador privado.

    Después de enviar a Lord Halifax al hospital,me di cuenta de que no tenía nada que hacer enKenia, así que decidí regresar a mi apartamentoen Londres para tomar un merecido descanso,lejos de los mosquitos, la disentería y lospatrones miopes. Antes de irme decidí buscar alos cazadores con afición al disfraz, pues final-mente me habían salvado la vida y no era educa-do de mi parte que me marchara sin agradecérse-lo. Compré un frutero de ámbar rosado, regaloque me pareció útil y apropiado para todo evento.

    Los cazadores se encontraban hospedados enel más lujoso hotel de Tsavo, el Congo Majestic,lugar frecuentado por mercenarios, traficantes deplumas exóticas y vendedores de marfil. Encon-tré a mis salvadores en el bar, en una mesa cercadel escenario, donde una equilibrista hacía ma-labares con tres armadillos mientras que un can-tante entonaba una melodía en lengua kikuyu.

    Mis salvadores me reconocieron de inmediatoy me hicieron señas para que me acercara.

    Se habían lavado el maquillaje y puesto ropanormal. El cambio era abrumador. Bajo aquel

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  • disfraz de fresa silvestre se ocultaba su ver-dadera identidad: ¡mis salvadores eran unosniños!

    Y no estoy hablando en sentido figurado acer-ca de su apariencia juvenil: eran niños auténti-cos. Calculé que no tendrían más de trece años,incluso doce se me hacía demasiado. En suscaras todavía se mostraba la piel tersa, sin elasomo de las granulosidades propias de la ado-lescencia.

    Yo no lo sabía, pero me encontraba frente aimportantes figuras del mundo de la caza. Losniños Diana y Aquiles Astorga, además de serreconocidos como cazadores de fieras salvajes,eran los únicos descendientes de la legendariafamilia Astorga, antiquísimo clan de cazadores.Entre sus antepasados se encontraba ConstanzaAstorga, una matrona indígena que capturabaranas venenosas en el Perú, y Filomeno Astorga,cazador de castores que hizo una pequeña fortu-na al explotar el aceite del animalito para lamigraña y la industria del perfume. Los niñoshabían nacido durante una larga expedición decaza en la selva de Tehuantepec, México, mien-tras sus padres seguían el rastro de un leopardode cola blanca.

    Después de hacer los saludos correspon-dientes, me senté con ellos. Los hermanosAstorga estaban muy ocupados; sobre su mesaestudiaban un enorme mapa con carpetas ypapeles extendidos. Preparaban su próximaaventura.

    —¿Qué te parece las cuevas submarinas de

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  • Yucatán? —sugirió Aquiles a su hermana—. Ahíabundan los tiburones asesinos. Podemos con-seguir arpones. Sería emocionante.

    —¿Y si vamos al Ártico por morsas gigantes?—propuso la chica mientras hacía una enormebomba de chicle color verde —. Es divertido cazarcon esos perritos huskies; son tan adorables.

    —¿Otra vez el Ártico? —se quejó su her-mano—. Acabamos de cazar carneros polares.

    —Es mejor que estar persiguiendo aburridostiburones, ¿usted qué opina? —preguntó Dianadirigiéndose a mí.

    —Bueno... no lo sé, todo parece riesgoso—titubeé mirándolos con preocupación.

    —No lo creo —sonrió Aquiles—. Además nosdisfrazamos y nadie nos puede reconocer.

    —Tenemos más de doscientos disfraces—presumió Diana mostrándome una libretita condibujos extraños. Había diseños tan delirantescomo corales hechos con masa y réplicas plásti-cas de icebergs.

    Aquello parecía una locura, ¿pero qué sepuede esperar de unos niños que se visten de fre-sas silvestres para cazar rinocerontes? Platica-mos un rato más, les agradecí que me hubiesensalvado la vida y les entregué el frutero de ámbar(les gustó, aunque creyeron que era una bacini-ca). Finalmente invité una ronda de bebidas.Debido a su edad creí prudente pedir malteadasde vainilla.

    —Estamos acostumbrados a bebidas fuertes—aseguró Diana riendo.

    Llamaron al mesero y cambiaron la orden por

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  • la especialidad de la casa, un coctel llamado“Lagarto Loco”, hecho con jugo de piña, pulpa dedátil, jugo de hierbabuena, café, agua mineral ylicor de queso fermentado. A los hermanosAstorga les encantó, pero debo confesar que a míme produjo un desagradable dolor de cabeza.

    —¿Se va a quedar a cazar más tiempo? —mepreguntó Aquiles.

    —No soy cazador —aclaré—. Soy mayordomo.Acompañaba a Lord Halifax como ayudante.

    —¡No me diga! —exclamó la chica sorprendi-da mientras cambiaba su chicle viejo por otro decolor púrpura—. ¿Es un mayordomo de verdad?¿Como los de las películas inglesas? ¡Oh, quéemoción!, toda mi vida quise conocer uno; sontan distinguidos. En las películas siempre son losasesinos. Espero que no sea su caso —rió de suchiste con una especie de graznido contagioso.

    —Me temo que no soy tan cinematográfico —respondí con una cortés sonrisa.

    A los hermanos les brillaron los ojos y meexaminaron de arriba abajo, con la meticulosidadde un entomólogo hacia su nuevo insecto.

    —¿Por qué no trabaja con nosotros? —propu-so el chico, entusiasmado.

    —Sería estupendo —suspiró Diana—. Ustedse ve tan elegante.

    Los dos me miraron en silencio, en espera demi respuesta.

    Un escalofrío me recorrió la espalda: ¿trabajarpara los hermanos Astorga? No parecía muy ten-tador. Me imaginé en medio de un santuario decocodrilos, sirviendo la comida a unos niños dis-

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  • frazados de lirio mutante. La perspectiva noparecía apetecible. Sin embargo no me atreví anegarme. Me salvaron la vida y por lo tanto teníauna deuda de honor con ellos, y en el mundo nohay quién sepa más de honor que un viejo ma-yordomo.

    —De acuerdo —acepté resignado—, si así lodesean, estoy a su servicio.

    Los hermanos Astorga aplaudieron felices ypara celebrar nuestro acuerdo pidieron otraronda de “Lagartos Locos”, que por supuesto yono probé.

    —¡Un mayordomo de verdad! —exclamóDiana dando chillidos de alegría—. ¡Seremos laenvidia de los cazadores! ¡Qué distinción!

    No lo sabía en ese momento, pero hubierasido más tranquilo vivir encerrado con cien hie-nas salvajes en comparación con lo que meesperaba al lado de los hermanos Astorga.

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