LA NFANCIA DE ZHENNIA LIUBERS Y OTROS RELATOS, POR BORIS PASTERNAK

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Seleccin de cuentos del premio Nobel ruso Boris Pasternak. Una excelente introduccin a su prosa. Poeta y narrador, es autor de la monumental "Doctor Zhivago".

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  • Boris Pasternak

    La infancia de Zhennia

    Liubers y otros relatos.

    BIBLIOTECA DIGITAL DE AQUILES JULIN

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    LLaa iinnffaanncciiaa ddee ZZhheennnniiaa LLiiuubbeerrss yy oottrrooss rreellaattooss

    BBoorriiss PPaasstteerrnnaakk

    ZHENIA LIUBERS NACI

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    Palabras de libertad en tiempos oscuros BORIS PASTERNAK pertenece a esa valiente estirpe de autores rusos que resisti los embistes autoritarios del stalinismo y pudo, soportando los rigores que entraaba ser un autor disidente, crtico, producir una obra de soberbia calidad, trascendente. Vivi tiempos oscuros. Rusia padeci el putsch leninista que destruy las conquistas democrticas de la Revolucin de Febrero del 1917 e instaur una ominosa y sangrienta dictadura, mil veces peor que la autocracia zarista, al costo de centenares de miles de vctimas. Posterior a Lenn, su discpulo y continuador, Isif Visarinovich Dzhugashvili alias Jos Stalin, llev al

    extremo la vocacin represiva, totalitaria y paranoica del modelo, provocando millones de muertes por hambre, por fusilamiento y por asesinatos encubiertos (accidentes, envenenamientos, secuestros, etc.), cuando no por los maltratos y el fro de los Gulags. Stalin, Hitler y Mao Zedong son los tres mayores carniceros en masa en la historia de la humanidad. En esos tiempos y en ese pas, Boris Pasternak escribi su bellsima poesa, sus relatos y su inmortal novela, Doctor Zhivago. En esas opresivas circunstancias hizo una obra literaria que le mereci el Premio Nobel de Literatura en 1958. El hostigamiento perverso al que la KGB y las autoridades soviticas, que haban prohibido la publicacin de la novela de Pasternak en Rusia, sometieron al poeta y narrador, por la publicacin en Occidente de su obra, quebrant su salud. En mayo de 1960 Pasternak muere en las proximidades de Mosc. Es difcil imaginar desde nuestras sociedades lo que signific para Pasternak asumir la independencia que asumi. En la Rusia totalitaria no haba manera de sobrevivir sin que el Estado lo quisiera. El Estado era prcticamente el nico empleador, era quien fijaba las reglas y era quien las violaba impunemente cuando le daba la gana. El ciudadano careca de derechos, de posibilidades de existir al margen de esa maquinaria horrenda que aplastaba sin misericordia a quien quisiera. De ah el inmenso, el soberbio valor exhibido por escritores, artistas e intelectuales que sostuvieron puntos de vista discrepantes, que se expusieron a la marginacin, al acoso, a la crcel, al GULAG y a la desaparicin pura y simple por parte de la Cheka y sus mscaras (GPU, N.K.V.D., KGB). Disfrutemos sus relatos y honremos a un autor que supo honrar el mensaje de libertad que el mejor arte propaga, defiende y sostiene.

    Aquiles Julin

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    DDaass llaarrggooss

    I ZHENIA LIUBERS NACI y se cri en Perm. Sus recuerdos ms tardos, igual que los de antes, cuando eran de muecas y barquitos, se perdan en las afelpadas pieles de oso que tanto abundaban en las casas. Su padre, gerente de las minas de Lniev, contaba con numerosos clientes entre los fabricantes de Chsovo. Las pieles regaladas eran de color marrn oscuro, casi negras y muy suntuosas. La

    osa blanca de la habitacin de los nios pareca un crisantemo enorme de hojas cadas: la haban adquirido para la habitacin de Zheechka; fue elegida, regateada en el almacn y enviada a la casa por un recadero. Durante los veranos vivan en una finca, en la orilla opuesta del Kama. En aquellos

    aos acostaban a Zhenia muy temprano. No poda ver las luces de Motovlija. Pero un da el gato de Angora, asustado por algo, se movi bruscamente durante el sueo y despert a Zhenia. Vio entonces a los mayores en el balcn. El aliso que penda sobre los travesanos era tan espeso y tornasolado como la tinta. El t de los vasos se vea rojizo, los puos y las cartas amarillas, el pao verde. Pareca una pesadilla, pero la pesadilla tena un nombre y Zhenia tambin lo conoca: jugaban a las cartas. Pero no poda comprender lo que ocurra en la otra orilla, lejos, muy lejos; aquello

    no tena nombre, ni color definido, ni contornos exactos. Aunque inquietaba, resultaba familiar, entraable, no era una pesadilla como aquello que se mova y murmuraba entre vaharadas de humo de tabaco, despidiendo sombras ondulantes, frescas, sobre las ocres vigas del balcn. Zhenia se ech a llorar. Entr el padre y le explic. La institutriz inglesa se volvi hacia la pared. La explicacin del padre fue corta. Si es Motovlija! Que vergenza! Una nia tan grande!... Duerme. La nia no comprendi nada, pero satisfecha, sorbi una lgrima que resbalaba

    por su mejilla. Slo necesitaba aquello, conocer el nombre de lo desconocido, Motovlija! Aquella noche eso lo explic todo porque aquel nombre tena un significado total, infantilmente tranquilizador. A la maana siguiente, sin embargo, empez a hacer preguntas sobre Motovlija y

    lo que hacan all por la noche; supo que Motovlija era una fbrica, una fbrica del Estado y que en ella hacan hierro, y que del hierro..., pero eso ya no le importaba; quera saber si aquello que llamaban fbricas no eran unos pases especiales y quines eran los que vivan all, pero no hizo esas preguntas, se las guard intencionadamente para s. Aquella maana sali de su primera infancia en la cual haba permanecido an

    por la noche. Por primera vez en su vida sospech que haba algo que convena esconder para uno mismo y de revelarlo a alguien, hacerlo tan slo a personas que saban gritar y castigar, que fumaban y cerraban las puertas con pestillo. Por primera vez, como aquella nueva Motovlija, no dijo todo lo que haba pensado, reservndose lo ms esencial, concreto e inquietante.

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    Los aos iban pasando. Los nios se haban acostumbrado tanto a las ausencias del padre desde su nacimiento que un aspecto esencial de la paternidad era para ellos almorzar con l de vez en cuando y no verle jams durante la cena. Eran cada vez ms y ms frecuentes las partidas de cartas, las discusiones; coman y beban en habitaciones completamente vacas, solemnemente deshabitadas, y las fras lecciones de la inglesa no podan sustituir la presencia de la madre que llenaba la casa con la grata pesadumbre de su irascibilidad y obstinacin, como una especie de entraable fluido elctrico. A travs de las cortinas se filtraba el apacible, pero no jubiloso, da norteo. El aparador de roble pareca blanquecino, la plata se amontonaba pesada y grave. Por encima del mantel se movan las manos de la inglesa, perfumadas de lavanda; reparta las viandas por igual y posea una inagotable reserva de paciencia; el sentimiento de equidad le era inherente en el mismo elevado grado en el cual su habitacin y sus libros estaban siempre limpios y ordenados. La doncella, al servir la comida, se quedaba en el comedor y se iba a la cocina slo en busca del plato siguiente. Todo era confortable y cmodo, pero terriblemente triste. Y como aquellos aos eran para la nia de suspicacia y soledad, sentimiento de

    pecado y de aquello que me gustara denominar cristianismo en francs, por la imposibilidad de calificarlo de cristiandad, le pareca a veces que no poda existir nada mejor, no deba existir, que lo tena todo merecido por su depravacin y falta de arrepentimiento. Sin embargo eso jams llega a la conciencia de los nios, era al revs. Su ser entero divagaba estremecido, incapaz de comprender la actitud de sus padres frente a ellos cuando estaban en la casa, cuando ellos no es que volvieran a la casa, sino que entraban en ella. Las raras bromas del padre eran, en general, poco afortunadas y siempre

    inoportunas. El se daba cuenta y senta que los nios lo comprendan. Un matiz de melanclica confusin jams abandonaba su rostro. Cuando el padre se irritaba, se converta en un ser ajeno a ellos, decididamente extrao en el momento justo que perda el dominio de s mismo. No les conmova ese ser extrao. Los nios jams se insolentaban con l. Pero a partir de un cierto tiempo la crtica que proceda de la habitacin de los

    nios, y que sin hablar se lea en sus miradas, le dejaba indiferente. No la notaba. Invulnerable a todo, desconocido y lastimoso, ese padre causaba miedo en oposicin al padre irritado, el extrao, el ajeno. Era ms severo con la nia que con el hijo. Ninguno de ellos comprenda a la madre: les colmaba de caricias, de regalos,

    pasaba en su compaa horas enteras cuando ellos menos lo deseaban, cuando eso pesaba en sus conciencias como inmerecido y no se reconocan en aquellos cariosos eptetos que brotaban de su disparatado instinto maternal. A veces, cuando una excepcional serenidad, clara, inslita, se adueaba de su

    espritu y cuando no se sentan culpables y se alejaba de su conciencia todo lo misterioso que tanto tema ser descubierto, parecido a la fiebre que precede a la erupcin, vean a su madre como ajena a ellos, como si los evitara y se enfadara sin

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    motivo. Vena el cartero. La carta iba destinada a la madre. La recoga sin dar las gracias. Ve a tu cuarto. Golpeaba la puerta. Con la cabeza gacha, silenciosos, aburridos, se suman en una larga y triste perplejidad. Al principio, lloraban; luego empezaron a tener miedo despus de un enfado

    particularmente violento; ms