Taxi Driver Azulgrana - Fabian Casas

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  • 8/17/2019 Taxi Driver Azulgrana - Fabian Casas

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    Taxi Driver azulgrana  Por Fabián Casas | 

    29/04/2016 | 02:17 

    ¿Cuándo fue que el costumbrismo se convirtió en una mala palabra? Pensaba eso mientras miraba una película

    excepcional que, sin duda, va a ser etiquetada bajo ese nombre. Una vez una amiga me dijo que si a los cuentos de

    Raymond Carver le cambiabas los nombres y le ponías nombres argentinos y lugares argentinos, Anagrama lo

    expulsaba de su catálogo por grasa. Taxi driver, la película de Martin Scorsese, ¿no será costumbrista? No, porque

    el imaginario de los Estados Unidos de América en manos de nuestros críticos snobs nunca es costumbrista.

    Pensaba y recordaba estas cosas porque anoche vi con un amigo Hijos nuestros, una película dirigida por Juan

    Fernando Gebauer y Nicolás Suárez. La verdad, por el tema, pensé que iba a ser una película que me podía llegar a

    interesar remotamente por el efecto de

    mimetismo: el protagonista, representado por el genial Carlos Portaluppi, es un tachero hincha de San Lorenzo

    fanático. Pero la película te sorprende todo el tiempo. El esquema es sencillo  –como nuestra vida – y el efecto que

    produce en el espectador es vertical, profundo. Un taxista solitario  –Portaluppi – lleva a una madre y un hijo hasta un

    club donde éste último juega al fútbol de salón. El chico se olvida los documentos en el taxi y el tachero los

    encuentra y decide devolvérselos. La billetera que contiene a los documentos tiene un escudo de Vélez. El tachero,

    cuando se los devuelve, lo carga por eso. Es que el tachero es, en terminos heideggerianos, un Ser  –para – el

    Ciclón. Es un hombre alienado que recorre una Buenos Aires mental y por momentos psicodélica, en la que su

    personalidad entra y sale de manera abrupta, otorgándole gran potencia narrativa a la película.

    El tachero se enamora de la madre del chico –una mujer que lo cría casi sola porque el padre es un padre ausente

    y se gana la vida haciendo viandas y profesa un budismo simpático –, pero nunca llega a concretar nada porque se

    le interpone su fanatismo.

    La noche que la invita a cenar, después de que juegue el Casla por la Libertadores, el partido se alarga  –para su

    desgracia – y llega a penales y la deja plantada. Pero el tachero grita el gol de Buffarini que pone al Ciclón en carrera

    con desesperación. Es increíble lo que hace Portaluppi con su cara, la manera en que con mínimos gestos logra

    transmitir que algunas personas tienen en sí un alma mucho más vieja que su existencia biológica. Y Ana Katz, la

    actriz que personifica a la madre del chico, también la rompe. No hay un gesto de más, parece bocetada por Anton

    Chéjov.

    Pensemos un poco como un guionista de novelas de la tarde o de esas películas donde se premia y se celebra elhonor, la amistad, el amor, el club de fútbol, el machismo, repletas de golpes bajos con algún amigo muerto y todo

    aderezado con un esquema muy elemental para que se entienda bien y el espectador no tenga dudas. Esas

    películas no son costumbristas, son malas.

    Bueno, en Hijos nuestros todo estaba servido como para que veamos una de Campanella o una saga televisiva de

    Suar, pero terminamos viendo una película inquietante, extraña, que trabaja sobre nuestras costumbres más ínfimas

    (hay una escena en la que la madre le cose al hijo el cocodrilo de la única Lacoste que tiene) pero lo hace

    esquivando los lugares comunes, siguiendo caminos que no llevan a ningún lado, recorriendo el barrio de Boedo con

    sus hermosos murales en la paredes, así como Travis recorría las calles de Nueva York en blanco y negro bajo una

    música sugestiva.

     Alguien puede pensar que en Hijos nuestros se celebra el fútbol, su pasión: en realidad muestra que para algunas

    personas el fútbol es lo único que les queda. En una vida devastada, la única utopía que resiste es la vuelta olímpica

    de tu club del alma. La pasión por los colores, sí, pero qué más. O mejor dicho: ¿es verdad la pasión por los colores

    cuando tenés una vida tan de mierda que no podés elegir otra cosa para pasar el tiempo?

    Hijos nuestros es la distopia del amor por el fútbol. Una película menor en presupuesto pero con la salvedad de que

    si repetimos la palabra menor muchas veces lo que surge es la palabra enorme