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    CGT Baix Llobregat, 2009

    44

  • Las colectivizaciones en Catalua es el cuarto captulo del libro de Jorge Semprn-Maura Revolucin y contrarrevolucin en Catalua (1936-1937). El libro fue escrito en 1971, publicado en Pars (Editorial Mame) en 1974 y se public en Barcelona la traduccin espaola en 1978 (Tusquets Editor).

  • Las colectivizaciones en CataluaLas colectivizaciones en CataluaJorge Semprn-Maura

    Las colectivizaciones en la zona republi-cana, especialmente en Catalua y Ara-gn, son, a mi entender, el fenmeno ms importante dentro de la maraa de aconte-cimientos revolucionarios de este periodo1. Las colectivizaciones, que fueron violenta-mente calumniadas por sus adversarios, encabezados por los comunistas, que fue-ron prcticamente ignoradas durante mu-cho tiempo por los historiadores o que fue-ron idealizadas por la mayora de los co-mentaristas anarquistas, constituyen una realidad contradictoria donde aparece ms claramente que, en el mbito militar o poltico, el carcter de lo que se estaba ventilando en aquella lucha. Se atac todo el orden social, con las transformaciones en las relaciones de produccin, se trastoc toda la vida econmica, se derrumb toda la pirmide jerrquica de la sociedad. No slo se haca tabla rasa de los sacrosantos principios de la propiedad privada sino tambin de aquellos otros principios tambin sacrosantos para los llamados partidos de vanguardia que justificaban la divisin entre dirigentes y ejecutantes.

    Pero vamos a ver cmo, a lo largo de su

    1 Han aparecido recientemente varios libros que tratan de las colectivizaciones en la zona republicana en general y en Catalua en particular. Citaremos: Gaston Leval, L'Espag-ne libertaire, 36-39, Ed. du Cercle y Ed. de la Tte des Fe-uilles, Paris, 1972; es la versin, revisada y corregida del libro publicado en italiano con el titulo de Ne Franco ne Stalin. (En castellano: Colectividades libertaras en Espa-a, 2 vol. Editorial Proyeccin, Buenos Aires, 1972.) Frank Mintz, L'autogestion dans lEspagne rvolutionnai-re, Editions Blibaste, Pars, 1970. En la propia Catalua se han publicado (en cataln): Albert Prez-Bar, 30 mesos de collectivisme a Catalun-ya, Ediciones Ariel, Barcelona, 1970. Josep Maria Bricall, Poltica econmica de la Generalitat, 19361939, Ediciones 62, Barcelona, 1970. Los de siempre, Colectividades campesinas, 1936-1399, Col. Acracia (Libertarios) n. 15, Tusquets Editores, 1977. Agustn Souchy Baver, Entre los campesinos de Aragn (El comunismo libertario en las comarcas liberadas), Col. Acracia (Libertarios) n. 21, Tusquets Editores, 1977.

    experiencia, los trabajadores tuvieron que luchar y cmo no supieron hacerlo eficaz-mente no slo contra las dificultades inherentes, por ejemplo, a la guerra, no slo contra los adversarios declarados de las colectivizaciones, sino tambin contra los nuevos obstculos surgidos de esa mis-ma experiencia.

    La primera comprobacin que hacemos es la del carcter espontneo de las expe-riencias de colectivizacin. En este movi-miento masivo y espontneo de las colecti-vizaciones es en lo que mejor puede basarse mi afirmacin sobre la importancia del mo-vimiento autnomo de las masas obreras en Catalua que, de lo contrario, sera slo chchara izquierdista.

    En efecto, el 18 de julio los comits direc-tivos de la CNT-FAI lanzaron la consigna de huelga general revolucionaria para hacer frente al levantamiento militar en Africa del Norte. Exactamente el da 28 de ese mismo mes, los propios comits dieron pura y simplemente la orden de volver al trabajo.2 Ahora bien, desde el 21 de julio empezaron las primeras incautaciones. El movimiento empez en los servicios pbli-cos. Ese mismo da los ferroviarios catala-nes colectivizaron los ferrocarriles. El 25 los transportes urbanos, el 26 la electrici-dad y as sucesivamente.

    Hasta los primeros das de agosto, la CNT no se encarg de modo oficial y orga-nizado de canalizar las colectivizaciones.3 Su primera reaccin oficial fue restrictiva: los dirigentes de la CNT intervinieron para que no fuesen colectivizadas las empresas extranjeras, como lo exigan a gritos los consulados.

    En un gran movimiento de entusiasmo, los trabajadores, prescindiendo de cual-

    2 Jos Peirats, in Presncia, n. 5 (septiembre-octubre de 1966).

    3 Jos Peirats, in Presncia, n. 5.

  • quier tipo de tutor, se lanzaron a colecti-vizar las industrias, los transportes pbli-cos, los servicios pblicos, comercios e in-cluso salas e industrias del espectculo, ca-fs, hoteles, peluqueras, etc. Desde el prin-cipio cada colectivizacin constitua un caso particular, pero a pesar de ello pueden clasificarse en tres sectores principales (ha-blar de la agricultura ms adelante):

    1) Empresas en las que el propietario se-gua tericamente en su puesto, pero en las que los trabajadores elegan un Comit de Control Obrero cuyos poderes, al menos al principio, eran tan reales como extensos (se trataba sobre todo de empresas extranje-ras).

    2) Empresas en las que se sustituye pura y simplemente al patrn por un comit electo.

    3) Empresas socializadas. La diferencia fundamental entre empre-

    sas colectivizadas y empresas socializadas consiste en que estas ltimas agrupaban a todas las empresas en un mismo ramo pro-ductivo. El mejor ejemplo, sin duda, lo constituye la industria de la madera que, bajo la gida del Sindicato de la Madera (CNT), unific todas las actividades relacio-nadas con la madera, desde la tala de rbo-les hasta la venta de muebles, reorganizan-do de arriba abajo talleres y almacenes. Las empresas socializadas constituan, no obs-tante, una minora. Las empresas colectivi-zadas solan ignorarse mutuamente, inclu-so las de un mismo sector industrial, ya fuese el textil o el metalrgico.

    Estas colectivizaciones tuvieron una am-plsima difusin en toda Catalua, donde ms del 70 % de las empresas industriales y comerciales fueron incautadas por sus tra-bajadores, pocos das despus del levanta-miento militar del 19 de julio. En algunas ciudades pequeas o pueblos de la zona catalana, y sobre todo en Aragn, se im-plantaron unas frmulas originales que unificaban a las colectivizaciones agrcolas e industriales, en el seno de una comuna li-bertaria.

    Los protagonistas de esta oleada antica-

    pitalista fueron, sin lugar a dudas, los tra-bajadores anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT. Evidentemente no obedecieron a ninguna consigna de arriba, puesto que sus dirigentes permanecan mudos al res-pecto, en un principio, ya que estaban muy ocupados haciendo poltica (y tambin organizando la guerra). Pero esto no debi plantearles graves problemas de conciencia pues no hacan nada ms que aplicar las ideas libertarias, sobre todo aqullas plas-madas en el reciente Congreso de Zaragoza. Se apartaron de sus dirigentes en el sentido de que decidieron que haba llegado el mo-mento de poner en prctica dichas ideas, mientras que los lderes, por su parte, deci-dan que haba que sacrificar el programa del comunismo libertario en aras de la unidad antifascista.

    Hay que sealar que las colectivizaciones se vieron favorecidas objetivamente por la huida al extranjero o al campo franquista de muchos patronos, gerentes o directo-res de empresas. En su libro Por qu perdi-mos la guerra, Diego Abad de Santilln re-vela que durante los quince das que prece-dieron al levantamiento franquista, fueron retirados 90 millones de pesetas de los bancos catalanes. Por supuesto, los capita-listas no iban a huir con las manos vacas. Los patronos que se quedaron, que no fue-ron eliminados de la esfera social y que aceptaron el nuevo rgimen, encontraron trabajo en su antigua fbrica segn su cua-lificacin profesional (se calcula que fueron un 10 %). Fueran ingenieros, o contables o agentes comerciales o incluso simples obre-ros. Su sueldo, el mismo que el de aquellos que cumpliesen idnticas funciones. Daniel Gurin no se equivoca cuando seala que los trabajadores catalanes, en relacin con otras experiencias del mismo tipo, tuvieron la suerte de contar con la colaboracin de un nmero relativamente importante de in-genieros y tcnicos. Durante ms de cua-tro meses, las empresas en las que ondeaba la bandera roja y negra de la CNT, fueron dirigidas por los trabajadores, agrupados en Comits Revolucionarios.4

    4 Daniel Gurin, lAnarchisme, Ed. Gallimard, col. Ides,

  • Sin embargo, pronto empezaron a surgir graves dificultades en algunos sectores in-dustriales, dificultades que eran debidas, entre otras cosas, a la falta de materias pri-mas y a la reduccin de los mercados a con-secuencia de la guerra. La situacin no es tan buena en la industria textil (muy im-portante en Catalua en aquella poca [C. S.-M.]): a causa de la carencia de materias primas slo se trabaja 2 o 3 das a la sema-na en muchas fbricas, pero se paga el sala-rio correspondiente a 4 das. La prolonga-cin de esta situacin debilita a las empre-sas. Las ganancias de los obreros, que slo cobran un sueldo de 4 das, son insuficien-tes. Esto no es una consecuencia de la co-lectivizacin sino de la guerra. La industria textil catalana, ha perdido sus principales mercados. Parte de Andaluca, Extremadu-ra, Castilla la Vieja y todo el norte de Espa-a, con la poblada e industriosa regin de Asturias, se encuentran en manos de los fascistas.5

    Lo que el autor no dice es que el gobierno cataln encargaba tela para los uniformes del nuevo ejrcito al extranjero, tan grande era su desconfianza (por no llamarla de otro modo) en las colectivizaciones. La si-tuacin mejor a principios de 1937: la in-dustria textil catalana trabaj entonce