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António Lobo Antunes La Muerte De Carlos Gardel La Muerte De Carlos Gardel A Christian Bourgois, con afectuosa admiración LA MUERTE DE CARLOS GARDEL 1. por una cabeza Álvaro El gnomo salió agitando el periódico deportivo de la garita a la izquierda del portón. Nos mandó parar detrás de una ambulancia en cuyo techo parpadeaban faros azules, se acercó al conductor golpeando los nudillos de los dedos en el periódico y preguntó, revolviéndosele el estómago de rabia: -¿Sabe cuánto pagamos por aquel raquítico del Belenenses? Los árboles del Estádio Universitario (chopos, sauces, abedules, sobre todo chopos) movían las ramas contra el cielo, una fila de taxis zumbaba a lo largo del muro, un codo surgió bajo los faros de la ambulancia con un gesto

Lobo, Antonio - La Muerte de Carlos Gardel

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Antnio Lobo Antunes

La Muerte De Carlos GardelA Christian Bourgois, con afectuosa admiracin

LA MUERTE DE CARLOS GARDEL 1. por una cabeza

lvaro El gnomo sali agitando el peridico deportivo de la garita a la izquierda del portn. Nos mand parar detrs de una ambulancia en cuyo techo parpadeaban faros azules, se acerc al conductor golpeando los nudillos de los dedos en el peridico y pregunt, revolvindosele el estmago de rabia: -Sabe cunto pagamos por aquel raqutico del Belenenses? Los rboles del Estdio Universitario (chopos, sauces, abedules, sobre todo chopos) movan las ramas contra el cielo, una fila de taxis zumbaba a lo largo del muro, un codo surgi bajo los faros de la ambulancia con un gesto ignorante, y el enano, indignado, guardando el peridico en el bolsillo: -Di un nmero cualquiera, anda, di un nmero: adivina lo que dimos por un cojo que no sirve ni para reserva. Csped y arbustos cortados que brillaban a la luz, jardineros que conectan aspersores, gorriones, un sosiego de parque, una flecha roja en el extremo de un mstil con la palabra Urgencias en maysculas metlicas, y de repente repar en el hospital. Mi hermana toc el claxon y el gnomo le hizo un gesto para que esperase, colgado de la puerta de la ambulancia:

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-Un momento, seora, un momento. Explcame, Alfredo, cmo se ganan copas con equipos as. El hospital de nueve pisos y docenas de ventanas rodeado tambin de chopos, tambin de sauces y de abedules. Los chorros de los aspersores suspendan en el aire aicos de cristal. El codo se extendi hacia el enano, que retrocedi de un salto, zaherido: -Ya veremos la cara que pones cuando comience el campeonato. Las hojas dibujaban manchas en el paseo como en la Avenida Gomes Pereira en los aos de la infancia (mi abuelo, con bastn, llevaba al perro a pasear de tronco en tronco), repar en el hospital, de golpe repar en el hospital y el corazn se me encogi de miedo. Mi hermana toc el claxon otra vez y el enano fue zigzagueando de clera, cavilando sobre tardes cadavricas en el banco de socios, con la bandera enrollada sin gloria en las rodillas: -Doscientos millones de escudos por un tullido sin pie izquierdo, doscientos millones por un paraltico de Alcoito. Esto es slo para el personal de la casa y las ambulancias, seora, tiene que dejar el coche fuera. Mi abuelo encerraba al animal en la cocina, se pona el albornoz por encima de la chaqueta, se sentaba en la sala con la baraja de los solitarios y el polen de la acacia le llova en los prpados: -Soy mdica -inform mi hermana. rboles, pens, hace siglos que no miraba los rboles as, y el enano, incrdulo sobre la noticia del peridico: -Mdica? Rico club el mo, tenemos el ltimo lugar asegurado. No me acuerdo de su cara, seora, trae el carn por casualidad? La presencia del hospital como en mil novecientos cincuenta y siete, al decirme Vamos a cambiarte la vlvula artica, muchacho. Esa noche el anestesista entr en el cuarto a auscultarme y a preguntar si yo fumaba, se oan sus pasos en el pasillo encerado y yo Listo, voy a dejar de respirar, se acab. El codo animaba al enano: -Compramos un holands o un blgaro, ofrecemos un baile en la UEFA, y sube la barrera, que el de la camilla tuvo un infarto y a estas alturas seguro que estir la pata: desde Olivais no suelta ni un gemido. Oa los pasos del anestesista como de pequeo, en la cama, los pasos de los adultos entre la sala y el despacho y el despacho y la sala, en la casa en la que nac con el canario que trinaba en la jaula cubierta, el canario que slo trinaba y bailaba en el trapecio si lo escondan de nosotros. El gnomo, con las manos a guisa de palas en las sienes, aplast la nariz en el cristal de la ambulancia y previno al codo: -Muerto est, parece que no se le mueve ni un pelo. El ruido de los zapatos y el ruido de la adelfa, el anestesista anotando mis respuestas y mi abuelo luchando con la baraja en los solitarios de la noche, ambos sordos al perro que araaba los azulejos de la cocina con las uas, el perro que se neg a comer despus de la muerte del viejo, gruendo en cuclillas de cortina en cortina. El veterinario acab llevndoselo en un cesto para ponerle una inyeccin de potasio, y el gnomo a mi hermana, devolvindole el carn: -Disculpe, seora doctora, son rdenes. Despus de la garita el hospital fue aumentando y rodendonos de ventanas, como si las paredes se inclinasen para recibirnos. Los aspersores erguan ramos de agua, la ambulancia desapareci en la flecha que indicaba Urgencias. Ninguno de nosotros hablaba y yo pens Cul de los dos gritar primero su dolor? En el vrtice de la rampa el asfalto se ensanchaba en rectngulo y haba un barrio de gitanos, de pobres y de gente de frica en el lomo de la cuesta, una carretera que desembocaba en la autopista del Norte, una puerta que anunciaba Pediatra, una mampara, carteles de muchachas con las cejas en arco

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recomendando silencio. Bajamos una galera rayada con carbn por los estudiantes, pasamos un patio en el que se acumulaban cajones, cajas de botellas y esqueletos de calderas, en la sexta planta la sala de enfermedades infecciosas con enfermos embalsamados en la claridad de las once desprovista de sombras, de nubes y de pjaros, y en la sala de cuidados intensivos, asomada a las avenidas y estatuas de Lisboa, dos colchones a la izquierda, dos colchones a la derecha, tubos de oxgeno, bolsas de suero, electrocardigrafos, aparatos con pantallas que latan. En el primer colchn de la izquierda un nio me miraba con una fijeza de sapo o de gato. En el segundo un hombre con tubos en la nariz derramaba los dedos azules hasta el suelo. Una seora con bata buscaba un estetoscopio revisando papeles y resultados de anlisis en una mesa lacada, y mi hermana, a nadie -Buenos das y la seora, enganchndose el estetoscopio al cuello y percutiendo el diafragma con la ua -Buenos das y mientras ella se inclinaba hacia el nio pens, mirando a un jardinero y una hilera de magnolias, No quiero ver los colchones del lado derecho. No quiero verlos. No quiero verlos. El sol sobrepasaba el edificio en direccin al Tajo y yo tena la certeza de que mi hermana no quera ver tampoco, caminando hacia el nio para no mirar, para impedirse mirar. -Encefalitis -dijo la seora de la bata recogiendo el estetoscopio-. Hace por lo menos una semana que no dice una palabra. Esto en aquella habitacin de silencio sin lugar para voces, los dedos azules se apretaron, se aflojaron y volvieron a apretarse, y la seora, acomodndole la colcha -Ttanos. Es una epidemia de ttanos, tengo otro conectado a la mquina en la salita de al lado sealando la pared que mi hermana y yo rechazbamos, e imagin a otro hombre con las falanges rozando el suelo y respirando por medio de agallas elctricas que le insuflaban aire en los pulmones muertos. Mi hermana repiti para no hablar conmigo, no compartir conmigo el terror que sentamos -Ttanos? y la seora ense las carpetas de cartn a medida que la claridad se alteraba con la llegada del medioda, estrindose de morado, de lila y de franjas verdes provenientes de los abedules que ascendan ahora hasta el sexto piso: -Ttanos. Siete en el servicio y slo uno aqu, porque los restantes son una fiebre tifoidea y una hepati y se interrumpi al percibir una evidencia que hasta entonces se le escapara, murmurando -Disculpen una seora con bata, no mdica, enfermera, aunque no usase toca ni un reloj redondo colgado del pecho como una condecoracin, una enfermera de aspecto suburbano fcil de suponer sin compaa en un cine de reestrenos, una mujer solitaria anocheciendo en un apartamento pequeo sobre una cervecera de obreros (ay el retintn de los golletes, ay el suspiro de los barriles de cerveza, ay el sonido de las carambolas en el tapete del billar despus de la barra) una mujer desgastada por cincuenta aos de desilusiones, ya ni siquiera menstruando, ya ni siquiera mujer, que desistiera de defenderse de la edad con cremas y pintura, un ser tan cercano a la agona o tan dentro de ella como el hombre y el nio del lado izquierdo de la sala, visto que del otro lado, pens, no exista nadie, ningn colchn, ningn enfermo, slo el revoque y tal vez un escritorio o un armario con sondas y jeringas, no haba nadie no haba nadie, asegur reparando en que haba hablado en voz alta porque mi hermana y la seora se volvieron hacia m, de forma que intent una sonrisa de disculpa como si les confirmase que no era nada, que me haba equivocado, que acababa de despertar y me daba cuenta de que haba conversado en sueos, que haba mostrado una de esas regiones de tinieblas que se deben ocultar por pudor, y entonces insist

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-No hay nadie y no obstante haba alguien all, junto a la fiebre tifoidea, que de cuando en cuando respiraba en las sbanas, haba alguien all y yo lo mirara cuando el sol se volviese de tal modo rayano en la tierra, en el poniente, que los chopos, los arbustos, las margaritas, los pensamientos y los pjaros de la tarde entraran por las ventanas en un sobresalto de nervaduras y de plumas. Lo mirara y no lo reconocera de tan delgado, mirara apartando alas y ramas y olores vegetales conforme los aspersores salpicaban en el linleo gotitas de cristal que mudaban del lila al violeta y del violeta al amarillo, hasta confundirse con la noche y disolverse en ella. Te mirara ignorando si me veas, si aun mirando fijamente me veras. La seora escriba en un cuaderno, el nio de la encefalitis me persegua con las rbitas de sapo, y yo, en voz muy baja -No hay nadie aplazando el inevitable instante de acercarme a ti, y en esto retroced veinticinco aos, eran las tres de la madrugada de un domingo y llorabas, me levant y camin hacia tu cama cojeando de cansancio, el halo de la calle se coagulaba en las vidrieras, como un ngel en una cruz, y la voz de tu madre -Qu pasa, lvaro? y yo ridculo con el pijama enorme, yo que siempre me acost con pijamas enormes -Nada, duerme, nada. Tenas la boca abierta y te estremecas, el ngel anaranjado aumentaba y disminua al ritmo de tus gritos, extend la mano y dud en tocarte, y tu madre -Qu pasa, lvaro? desde el fondo de la buhardilla de la Rua dos Arneiros, alquilada a un mdico, en la cual vivamos entonces, tres habitaciones de suelos diferentes, y un limonero y una pila de lavar ropa en el patio. Fue el ao en el que buscaba dinero para la primera pelcula, entrevistaba a actrices y discuta las deudas financieras del productor tan inexperto como yo, alimentado con revistas francesas y con sesiones de policas americanos en el Olimpia y en el Condes, a las que se sumaban las clases donde encontr a tu madre en la mesa de montaje, una muchacha seria y rubia, demasiado seria y demasiado rubia, con cigarrillos que se le consuman en largos cilindros de ceniza, y yo sobre tu cama como dentro de poco, aterrado, como dentro de poco, por la idea de cogerte en brazos y mostrarte el ngel crucificado, color naranja, de la ciudad -Nada, duerme, nada a pesar de estar lejos de la noche ahora, a pesar de ser la una o las dos de la tarde y de empearme en no mirarte. Me cas al conseguir un empleo en publicidad que apenas daba para el alquiler, la luz y el gas, escriba historias que no filmara nunca, y una maana, en octubre, tu madre vomit al despertar y di con ella contemplndose en el cuarto de bao -Estoy embarazada y yo, con el pijama inmenso que se me sala solo -Qu? y tu madre en el cuartucho de azulejos y de lozas -Estoy embarazada, no me apetece fumar, me ha venido una acidez horrible a la garganta. Me acuerdo de un da diferente al de hoy, con lluvia, el fro me calaba los huesos hasta entender que no era el fro lo que me atera, era la cara sin facciones surgiendo del espejo, hasta entender que le haba hecho un hijo a una extraa, entender que ella no me gustaba, no me gustaba su pelo demasiado rubio, su piel demasiado blanca, el tabaco que impregnaba los recovecos de la memoria, la infancia, mi abuelo, el perro, la Avenida Gomes Pereira, la adelfa: -Qu pasa? -Nada, duerme, nada -Qu pasa? -Ya no te quiero, lo siento, creo que nunca nos hemos querido, creo que nunca te quise y la cara, con un resto de vmito en el mentn, en busca de mi imagen por detrs de la suya

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-Cmo? y yo, con el pijama estrafalario -Nunca te quise, podra decir que te quise, que an te quiero, pero mentira, no era amor, era otra cosa, los dos nos sentamos solos y yo no saba qu hacer, ramos demasiado jvenes y tu madre, ante el espejo porque yo haba dejado de existir, transformado en una confusin de rasgos superpuestos -Y es ahora cuando lo descubres? los dos en el cuarto de bao minsculo, los dos debajo de la lmpara que revelaba toalleros, tubos, botes de crema, cepillos de dientes en el vaso cromado, el par de ladrillos de vidrio que formaban un tragaluz en el techo, y tu madre -Y es ahora cuando lo descubres? Yo quera consolarla y no poda, no haba forma, no era capaz. La vi doblarse en una arcada, vi el lquido que corra por el cuello y a Cludia, mohna por sentirse mal, intentando recobrar la dignidad y el aliento, que daba un puntapi a una chinela en un remolino de vrtigo. Extend el brazo y ella -No y mi brazo acab fondeando en el bolsillo del pijama, un hilo de agua caa en las lminas de corcho, tu madre reapareci en el espejo, estrangulada de vmitos: -Pon ah una olla antes de que se moje todo. Traje un cazo de la cocina, los chopos atravesaban la ventana de la enfermera con hojas murmurantes, y en el lado opuesto el barrio de chabolas de pobres, de gitanos y de gente de frica en la loma del otero hacia la Praa de Espanha. La lluvia silbaba en el cazo y yo, apoyado en el armarito de los jabones, de los champs y del papel higinico -Quera esperar para hablarte, si lo he dicho hoy es porque creo que tal vez sera mejor que nosotros no y el reflejo de tu madre, slo prpados y las encas movindose -Ve a la sala, desaparece, sal de aqu. Chopos, pjaros y chopos, los colchones del lado derecho que entraban en el espacio delante de m, y yo, con miedo, sintiendo la arista del mueble en el pijama -Llamar a una partera, Artur conoce a una partera estupenda, y maana o pasado maana, despus de la operacin que no dura nada, diez minutos a lo sumo, apenas sangras, dejars de vomitar. Tuve que ir a buscar un segundo cazo y vaciar el primero porque la lluvia aumentaba de intensidad y por un resquicio entre las tablas, en el ngulo del tragaluz, escurra agua tambin. Probablemente suceda lo mismo en las otras habitaciones de la buhardilla, la alfombra empapada, las sbanas empapadas, los zapatos empapados, el aparador que serva de ropero empapado, y tu madre, evaporndose del marco para sumergirse en el lavabo, tosiendo y sacudindose -Ve a la sala, desaparece, sal de aqu sin rabia, sin enojo, con desprecio, agarrndose al borde de loza para no caerse -Sal de aqu. Llova en la sala, llova en la mesa de juego en la que comamos, llova en las sillas de anea, llova en el sofacito rojo y yo iba de hilo de agua en hilo de agua con cazos y cacerolas y ollas y sartenes y jarros, o a tu madre cruzar el vestbulo en direccin al dormitorio, o los muelles al acostarse, la o envolverse en la manta, pero no me atrev a llamarla, inventando ms cazos y cacerolas y ollas, inventando un cubo y una esponja que enjugasen la alfombra de Arraiolos que nos dejaron, como quien no quiere la cosa, al inicio de nuestra vida de casados, yo pensando -Perdona como si alguien pudiese perdonar a alguien, como si la vida no fuese la coleccin de acritudes y resentimientos que es, acab bajando las escaleras mientras ahuyentaba hebras de niebla y volutas de vapor como ahuyent las bolsas de suero, los tubos de oxgeno y los tubos de goma cuando tu colchn y el otro colchn del lado derecho de la

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enfermera se deslizaron hacia m, como ahuyent a mi hermana y a la seora de la bata que caminaban conmigo a tu encuentro, vi un brazo con el lquido de un frasco que le entraba en la vena, y al acercarme escuch un llanto de nio y una voz soolienta preguntar -Qu pasa, lvaro? y yo, tropezando con tu colchn de hospital, tropezando con tu cuna, respond, con la esperanza de que fueses t quien preguntaba, respond, intentando incorporarte, para llevarte conmigo, de la cama de la enfermera o de la concha de mimbre (con una campanilla cuya msica se desencadenaba tirando de un cordel) en la que llorabas, con la ciudad color naranja inmvil en las vidrieras como un ngel descuartizado en una cruz, respond expulsando cedros del interior del sufrimiento, del interior de la muerte: -Nada, duerme, nada Por m pueden llevarse lo que quieran de esta casa, que me da igual. Pueden llevarse los muebles, a la criada, al perro, ese animal maloliente que siempre est lamindome las manos, siempre con el hocico en el cuenco, siempre ladrando en el mirador. Llvense a ese perro de porquera, llvense la vivienda que mi mujer hered de su padre, llvense Benfica siempre que me dejen en paz con una baraja de cartas y una tabla para ponerlas encima. No me hace falta nada ms: cuando nos quedemos slo yo, la tabla y las cartas, estoy seguro de que me sentir mejor. Mi mujer se mud aqu despus de conocerme en la guerra del catorce, en Francia. Antes de eso vivimos en la Calada da Estrela, en una quinta planta cerca de la baslica y del jardn (la banda de los Alumnos de Apolo tocaba los domingos en el templete) y se vea una mnima franja de ro estirando el cuello desde el balcn o, mejor dicho, estirando el cuerpo entero ms all del balcn, sobre los tiestos de petunias, y antes de destrozarnos abajo logrbamos divisar, durante la cada, tres centmetros de agua sucia y una chimenea de barco. Pensndolo bien, los alemanes eran menos peligrosos. Fue en el ao que pas en Burdeos cuando mi mujer aprovech para cambiar la Calada da Estrela por Benfica, despus de la noche en que su padre, con saudades del Tajo, se inclin desde el parapeto, perdi el equilibrio, derrib un tiesto, se balance unos segundos mitad fuera, mitad dentro del edificio, volvi incluso la cabeza pidiendo -Dame una mano, Ester y como no lleg ni un dedo, se estrell en el empedrado en una cada de pudn. Ese apartamento de la Calada da Estrela, si no lo han demolido, pueden llevrselo tambin. Llvense la Calada da Estrela, llvense los tres centmetros de ro, llvense la fragata que me pitaba en la cabeza al embarcar hacia Madeira despus de las manifestaciones del veintisis, la fragata que contina pitando siempre que la sirena de la fbrica de tejidos toca al medioda, la fragata que pitaba sin parar la tarde en que llegu a casa y encontr los armarios patas arriba y un sobre con mi nombre en la cmoda del dormitorio Me voy a vivir con Carlos, Joaquim, felicidades la fragata que continu pitando, cada vez con ms fuerza, cuando baj las escaleras y mi hijo jugaba a la peonza en el despacho yo era cadete de Ingeniera en la poca en la que comenzamos a salir juntos y a enviarnos sonetos, caminaba desde el Pao da Rainha, te arrastraba el ala debajo de la ventana envuelto en el impermeable, y t, por detrs de la cortina, abriendo y cerrando la mano el pitido que se volvi insoportable al mirar los cajones vacos de tu ropa, de tal modo insoportable que me tap los odos con las palmas, y mi hijo -El to Carlos y mam han llenado el coche de maletas ningn frasco de perfume, ningn sombrero de felpa, ninguna crema de azufre para la piel, ningn cepillo de alpaca con nuestras iniciales entrelazadas, el pitido del barco cubra el crepitar del nspero del patio, y Carlos en la Rua Alexandre Herculano, con bata y boquilla en los dientes -Ester se queda conmigo, Joaquim, as es la vida

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-Sinceramente nunca cre que nos desilusionara, nunca cre que un oficial traicionara a la dictadura, entrgueme su revlver, seor ingeniero y Carlos, hurgando con la ua entre las muelas -Ella no quiere hablar contigo, Joaquim, no me insultes, no me ofendas, no compliques las cosas -Cuando quiera puede salir de Madeira y regresar al continente, la amnista lleg ayer, el Presidente del Consejo lo ha perdonado, ya no tiene el domicilio vigilado y yo acechando el vestbulo en el afn de distinguirla ms all de una cortina, de una segunda puerta, de un pedazo de papel pintado con azafates, un escritorio, una lmpara cuyo pie era una ardilla de bronce, enciclopedias -Djame hablar con ella aunque sea un minuto, Carlios, tu padre no es un ladrn, vale, me he pasado yo pensando que no saba que vigilaban mi domicilio, nunca vi policas de paisano, el sueco de la vivienda vecina no me segua con sus prismticos tomando notas, lo nico que vea era el mar quieto bajo el cielo quieto, las aceras de Funchal, las olas en el pontn, no hay playas en esta isla, no existe siquiera una miserable playa en esta isla, slo guijarros, piedras, rocas y Carlos, mirndose la ua -Disculpa, pero ella no quiere hablar contigo, Joaquim, no le apetece aguantarte, no puedes dejarla en paz de una vez por todas? y yo, de pie ante el Gobernador sentado, reflejado al revs en la tabla como un rey de copas -Cundo sale el prximo paquebote para Lisboa, seor general, que no soporto este clima? y el Gobernador, peinndose frente al cristal de la fotografa de su esposa -Hay algunas formalidades burocrticas que resolver, papeles de aqu, papeles de all, sellos, plizas, vacunas, supongo que dentro de una o dos semanas, si no hay retraso de correos, estar en condiciones de irse y yo empujado por el pitido de la fragata, avanzando un paso en el vestbulo -Un minuto, Carlos, para quien se va a quedar sin ella toda la vida, crees que un minuto es demasiado pedir? En Madeira, tal vez por el polen de las flores o por el perfume de las inglesas, yo andaba siempre tosiendo, siempre estornudando, siempre con la nariz cargada y la voz ronca y la fragata pit y Carlos, hacia el silencio de la casa -Ven aqu un momentito, que Joaquim quiere decirte unas palabras, amor mo y la voz desde el fondo, hastiada -Dile que me duele la cabeza, que tengo fiebre, que estoy enferma, que me he torcido un tobillo, busca un pretexto cualquiera, chalo, despchalo y no fueron dos semanas como el Gobernador prometiera, fue un mes entero goteando, con la nariz en el pauelo, de reparto en reparto y de funcionario en funcionario, discutiendo con individuos que no me escuchaban, que observaban a travs de m y repetan -El siguiente mientras el jefe parlamentaba con el subjefe, y me impacientaba, me irritaba, tamborileaba con los dedos en el mostrador, amenazaba con quejarme, y ellos -El siguiente tan ciegos que a veces me tomaban por el siguiente a m mismo, que no se daban cuenta de que la fila de solicitantes aumentaba con infelices con papel enrollado en la mano o sin papel alguno, y ellos -El siguiente y el jefe, a empujones con el subjefe -Tendras que ver a la chavala del Gobernador, tendras que verla desnuda y el subjefe, goloso -Bien quisiera, seor Moura, que ltimamente no me como una rosca y yo, fuera de mis casillas -Me quejar a los superiores y ellos, ajenos a m -El siguiente el pitido de la fragata ocupaba la manzana entera y Carlos, casi con pena

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-La has odo, no? Es mejor que te vayas, Joaquim y mi hijo en la sala, jugando con una carretilla de madera -Mam ha venido contigo, pap? las hayas tosan en la avenida y la criada, ya fea, slo que treinta aos ms joven -Para cuntas personas pongo la mesa, seor ingeniero? y yo con la voz confundida en el murmullo de las adelfas -Ve a acostarte, T Man, para dos personas, Alzira era primavera en Madeira, haba polen e inglesas por todas partes en Funchal, menos nubes, el cielo menos quieto, los paquebotes iban y venan en medio de un concierto de gaviotas, y el Gobernador, ahora acompaado por un paje sumiso con menos adornos que l -No han despachado los documentos, dice usted, cmo es que no han despachado los documentos si los firm hace siglos? y mi hijo, gimoteando -Slo un ratito ms, pap y yo cogiendo el peridico mientras el pitido disminua despacio -Si no te acuestas te doy un sopapo que no te dejar andar, T Man y cuando acab las noticias, y dobl el peridico, y lo puse en el revistero, la criada, frotndose los ojos de sueo -Me dijo que pusiese la mesa para dos, pero el invitado del seor ingeniero, la segunda persona, se va a demorar mucho? y el Gobernador, que enderezaba la fotografa de su esposa, giraba en el silln, observaba la ciudad y el muelle -Oiga, Pulido, le doy veinticuatro horas para resolver este embrollo y yo, sonriente -No es invitado, Alzira, es invitada, ya ha llegado, qu despiste, disculpa, arrglate un poco el pelo y ocupa el lugar de la seora y el pitido dej de sonar. Por tanto pueden llevarse lo que quieran de esta casa siempre que me dejen en paz con una baraja de cartas y una tabla para ponerlas encima, que poco queda para robar ahora: los sonetos y los retratos los quem en la cocina, el pasado se evapor de los lbumes, T Man se cas y se fue, nunca me telefonea, nunca me visita, nos hemos quedado la criada, yo y el perro que ella trajo un da con una pata rota y que saco a pasear, despus de comer, para evitar que se me mee en la alfombra, si se llevasen al perro y a la criada sera un alivio y Alzira, hacindose la sueca -Quiere que me siente a la mesa con usted, seor ingeniero? y el ayudante al rey de copas que daba lustre a la esposa con el pauelo -Aqu tiene la autorizacin del ingeniero, mi general, le he tirado de las orejas al comandante de la polica y el rey de copas a m, que no paraba de sonarme y de estornudar -No hay nada que no tenga remedio, tome, y a propsito de remedio busque una farmacia y cmprese algo para esa gripe horrible y el ayudante, muy ducho -Conozco unas tisanas estupendas y yo a la criada -Claro que s, Alzira, claro que quiero, sintate en esa silla y usa la servilleta de la seora. Llvense a la sirvienta y al perro porque la sirvienta y el perro slo sirven para envenenarme la existencia, una porque me quema los cuellos con la plancha y el otro porque todo el santo da me araa los azulejos con las uas, sin hablar de ese nio que no s quin es, que prefiero ignorar o pretender que ignoro quin es, rondando por las habitaciones agarrado al delantal de Alzira, mi nieto, de acuerdo, el hijo al que mi hijo olvid aqu como quien olvida el paraguas en un paragero, y yo -Puede ser que una tisana me haga bien, gracias por la sugerencia, seor mayor y en el olor tibio de las olas el perfume de las inglesas me obligaba a toser el nieto a quien no miro, no crea que por temor a encariarme de l y a que mi hijo me lo quite, que ese peligro no existe porque no quiero a nadie, porque nunca he querido a nadie, y yo -Me voy, Carlos, tranquilzate que me voy y no volver a molestarte, slo te pido que la cuides, que no la trates mal, si surgiese un problema o te hiciera falta dinero no lo dudes,

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telefoname y porque no soy tonto ni masoquista no corro el riesgo de encariarme, si me preguntasen qu es lo que no se debe hacer, sea cual fuere el precio, respondera enseguida -Querer a los otros, que es la mejor receta para un mal trago, yo gracias a Dios me he salvado de eso y soy feliz, y Carlos con una mueca burlona -Muchas gracias, Joaquim y anduve por la Artillera Uno, por el Arco do Carvalho, por Campolide, sin atinar con la estacin de trenes, horas y ms horas tropezando por callejones y travesas, escuchando esquilas de rebaos, embistiendo las fachadas si me preguntasen respondera -El secreto, seores, es no querer, fjense en m que por no querer soy libre, y mi hijo -Cundo viene mam de vacaciones, pap? y yo, sumergido en la Revista del Ejrcito para que l no reparase en las lgrimas -Un da de stos, T Man, no te aflijas ni siquiera, por ejemplo, a los animales, yo paseo al perro para evitar que me mee en las esteras, que me alce la pata contra los muebles, que se cague en la alfombra, no lo mando matar para no pagarle al veterinario, sale ms barato echar restos de comida en el cacharro, y Alzira, sorprendida -Bistec de lomo para el animal, seor ingeniero, cuando el carnicero nos ofrece los huesos gratis? si me preguntasen respondera -Claro que soy feliz, casa, jubilacin, una baraja de cartas y principalmente sosiego, lo que un hombre necesita en la vida es sosiego, al desembarcar en Lisboa, viniendo de Madeira, mi mujer no me estaba esperando, haba gente, exclamaciones, risas, ninguna inglesa, ningn polen, la nariz seca, ningn motivo para estornudar, segu hacia la Avenida Gomes Pereira, eran las once y media de la maana y ella con un rezongo, de espaldas a m -No subas el estor que me acost tardsimo querer no vale nada, lo que vale es el murmullo de la trepadora, la bronquitis de las hayas, y yo, a Alzira -Los huesos le dan diarrea, es una cuestin de higiene, no quiero al perro mugriento, piensas que me divierte alimentar a bistecs de lomo a un mastn ordinario? y Alzira, la imbcil -Disculpe, se me pas por la cabeza que el seor ingeniero adoraba al animalito si me preguntasen lo que se debe hacer sub las persianas, corr las cortinas, sacud a Ester -En once meses no me has mandado una postal a Madeira, por qu? si me preguntasen lo que se debe hacer respondera enseguida -Estar solo porque no existe conversacin que no sea tediosa, de qu sirve conversar? y mi mujer -Yo qu s, tuve otras cosas en que pensar, no me acord y ya haba adelfas en esa poca, ya estaba el nspero, enterraban las hayas con medio metro de altura y un empleado de la Junta de Freguesia las regaba los viernes con gestos de pasin y lo cierto es que las hayas, agradecidas, no paraban de crecer, en un instante alcanzaron los tejados deforma que si no las cortasen no se distinguiran las casas y la avenida se asemejara a una carretera de provincia ladeada por ramas que cubran el sol, los trenes trepidaban en un tnel de rumores y Ester, tapndose la oreja con la almohada -Te importara callarte y dejarme dormir? de forma que era como vivir en una campana de cristal con cuchicheos y susurros y gorjear de pjaros y chillidos de murcilagos por la noche, docenas de murcilagos que se desprendan de las copas y que revoloteaban, arriba y abajo, alrededor de las luces, al da siguiente di con el sobre de mi mujer en la cmoda del dormitorio, apoyado en una jarra Me voy a vivir con Carlos, Joaquim, felicidades y no fui yo quien la ech, no fui yo quien se quiso divorciar, fue ella la que me dej, ella quien se aburri de m, ella quien se qued en la cama toda la tarde, negndose a hablar conmigo, negndose a conversar, rechazando mis besos con el brazo, rehusando sin una palabra, con los ojos en el techo, la comida, la cena y el t que le llevaba en una

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bandeja, acab extendindome a su lado pero apenas la toqu se escabull con un escalofro como si yo fuese un lagarto o algo as, la sent con los msculos en ngulo agudo como las langostas, dispuesta a empujarme, lista para huir de m, de madrugada me levant, me di un bao (estaba oscuro en el jardn, sin una seal de aurora, y haba una nica estrellita sobre el melocotonero) una franja lila enfriaba los canalones, el agua de la atarjea brillaba, y el primer tranva transport mi cadver hacia la Baixa en busca de empleo. De da, aunque no haya murcilagos, oigo sus gritos mientras pienso, preocupado por mi nieto -Dios me libre de querer a las personas el mdico asegur que la cuestin de la aorta no era peligrosa pero quin sabe, que apenas pasase la adolescencia se vera si era para operar o no, pero cuando la adolescencia pase Alzira y yo estaremos muertos y quin lo acompaar al hospital, quin se ocupar de lvaro en ese momento? y Fernandes, efusivo -Hace aos que no te vea, muchacho, qu ha sido de ti? y yo -Al menos desde la Rua do Alecrim se ve la entrada del Tajo tal vez su padre se preocupe, tal vez su padre se acuerde de las medicinas, de las radiografas, de los anlisis, pero su padre se fue como Ester, manda una tarjeta por las fiestas cuando la manda y Fernandes, abriendo la correspondencia con una navajita -Que pretendas trabajar, eso lo comprendo, la cuestin es que no tienes experiencia en cargas martimas, o s la tienes? y como mi nieto no me interesa llvense a mi nieto tambin, me da igual y yo -Ninguna, no te preocupes que yo aprendo rpido, siempre aprend rpido y quien dice mi nieto dice la criada y el perro siempre que me dejen en paz con una baraja de cartas y una tabla para ponerlas encima y Fernandes, indeciso -Este asunto de los barcos no es cosa fcil, Joaquim y yo -Hasta ahora no he tenido las cosas fciles en la vida que lo paso bien sin el pelma de mi nieto, lo paso bien sin el perro y sin Alzira y Fernandes -No te veo trabajando de contable, has hablado del asunto con Ester? y el ro arda ms all de la ventana, los veleros ardan, las llamaradas de las gaviotas incendiaban el Cames, tejas en llamas, patios en llamas, combustin de claveles llvense las adelfas, llvense ya las adelfas que me hablan del pasado con vocecitas de fieltro y me inclin hacia Fernandes, esbozando una sonrisa -No es Ester quien tiene que resolver mi vida, soy yo, he llegado de Madeira, estoy a dos velas, me hace falta el empleo y tambin el estorbo de Alzira, de qu me sirve una criada que cojea por el reuma, la ropa sin planchar se amontona en el cesto, la vajilla se descompone en la cocina, cunto tiempo hace que no se aspiran las alfombras, no se barre el porche ni el patio, no se limpian las bombillas de la lmpara, cunto tiempo hace que no como un arroz en condiciones -Un puesto provisional, dos o tres meses, hasta que consigas una colocacin mejor, voy a pedirle a la seorita Carolina que te muestre los libros no s cmo mi nieto, delgadito como es, no sufre del estmago con los guisados de Alzira y Fernandes, sealando una especie de gruta sin ventanas -Como no hay escritorio para ti te metemos esta mesita en el cuarto de los ficheros y yo sumando parcelas y la seorita Carolina irritada -Cundo va a entregar el balance de mayo, seor ingeniero, que tenemos todo parado esperando a que termine? y Fernandes, rayando las pginas con grandes cruces rojas

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-No hay cuenta que no est errada, Joaquim, tendr que pasar una semana corrigiendo estos nmeros y cuando me despidieron comenc a vender las joyas de mi madre, a vender cmodas, a responder a anuncios, empe la sopera, empe los jarrones, consegu un puesto de profesor de matemticas en Lumiar, un puesto de vigilante en una clnica de Arroios, un puesto de encargado de almacn en Santos, y de repente era viejo para cualquier cosa. Me preguntaban -Qu edad tiene? yo responda -Sesenta culpable como si sesenta aos fuesen una vergenza, una especie de sfilis, la edad de la criada, acaso la edad del perro, una extraa sensibilidad al fro, unas ganas de no salir de casa pero llvensela, llvense la casa siempre que me dejen una baraja de cartas y una tabla para ponerlas encima, llvense la casa, las adelfas, las hayas, la fragata que vuelve a aullarme en el interior del crneo sesenta aos, la rodilla baldada, el dolor en la cadera y ahora, a los setenta y cinco slo me resta esperar que hagan el favor de llevarse lo que quieran, lo poco que no vend y aqu sobra, mi cama, por ejemplo, el juego de sofs, las tazas rajadas, el cuenco del perro, llvense el ruido de los trenes de Sintra, los murcilagos, la sirena de la fbrica, la semana pasada me pareci ver a Carlos cuando fui a pagar el gas, un viejo con bastn que arrastraba los pies por el paseo -Mam ha venido con usted, padre? -Djame hablar con ella aunque sea un minuto y en Madeira el mar quieto bajo el cielo quieto, las olas en el pontn, palmeras -Cundo sale el prximo paquebote para Lisboa, seor general, que no soporto este clima? -Hay algunas formalidades burocrticas que resolver, papeles por aqu, papeles por all, sellos, plizas tal vez Ester se haya fugado con otro, haya cargado las maletas en el coche y haya desaparecido con otro -Dile que me duele la cabeza, que tengo fiebre, que estoy enferma, busca un pretexto cualquiera, chalo, despchalo -Me voy, prometo que me voy, pero djame hablar con ella aunque sea un minuto Carlos sigui avanzando apoyado en el bastn y yo vine a Benfica en taxi, sin importarme el precio de la carrera, con la esperanza de que se hubiesen llevado la parroquia de Calhariz a la iglesia, del cementerio a la estacin de trenes, que se hubiesen llevado la fbrica y la bruma de la atarjea, que se hubiesen llevado todo eso como Ester se llev los frascos de perfume, los sombreros de felpa, las cremas de azufre, los cepillos Finalmente se han llevado Benfica, pens, y no tengo perro ni criada ni nieto y puedo sentirme en paz vine en taxi a casa y en SeteRios construan el metro, era medioda, las rejas del jardn Zoolgico ondulaban en el calor, y entonces el pitido de la fragata, no triste, alegre, solt un silbido en espiral, una fragata con todas las luces encendidas y todas las velas desplegadas, y yo deslizndome en coche por el tnel de las hayas, yo libre de la vivienda casi sin muebles, de la criada, del perro, las mariposas se pegaban a la lmpara, las hojas se acumulaban en el escaln del porche al que le faltaban baldosas, las gallinas se mofaban de m en el gallinero, mi nieto haca los deberes de la escuela en el comedor, hasta pens en preguntarle, de contento que estaba -Oyes la fragata, lvaro? pero en lugar de eso baraj las cartas, las aline en el tapete y por primera vez no me preocup no acabar el solitario porque estaba seguro, aun cuando no consegu respirar, aun cuando el corazn par, aun cuando ca de golpe sobre la mesa, de que nunca morira.

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lvaro La Avenida Gomes Pereira bajaba de la estacin de trenes a la Estrada de Benfica (trenes de Sintra y Massam, trenes de Cacm, el orinal en forma de pagoda, la balanza, el arriate de violetas, horarios que mudan, maletas olvidadas que no iban en ningn vagn) pasando la fbrica de tejidos, la escuela y la atarjea a partir de donde, en diciembre, la manzana desapareca bajo humos de invierno. La Avenida Gomes Pereira (cascadas, pias de escayola, estatuillas rotas) cuando mi padre me dej en brazos de la criada, se fue, y mi abuelo alz las gafas del solitario, desinteresado: la adelfa, que los gatos vagabundos destrozaban, ilumin mi terror y mi susto. Antes de la Avenida Gomes Pereira haba una mujer que me daba de comer, un nio Jess tallado al que le faltaban dedos, la misma mujer en una cama, personas de luto que me miraban en silencio, y despus el viaje en tranva, mi padre, que agitaba un sonajero, y los brazos de la criada que se extendan para recibirme, como en las pesadillas en las que un monstruo nos ahoga. Entonces, y a medida que el taxi se alejaba, empec a temblar y dej de or las uas del perro en los azulejos de la cocina. Durante los aos en que viv con l, mi abuelo aline cartas en la mesita de. juego, en una habitacin donde el aire se estancaba en las cortinas de terciopelo, ciego a lo que no fuese el perro o la baraja. Haba olvidado las locomotoras de tanto orlas en el apeadero, haba olvidado la adelfa y las hayas que tosan al viento, como yo haba olvidado a mi padre, al que volv a encontrar en la silla del vestbulo, bajo el paragero, con un olor a locin que crea inventado por m en la poca de la mujer en la cama y del Jess tallado, y con el olor vino el retintn del sonajero que me abandonara en brazos de la criada, y me alej hacia el jardn para contener el llanto. Era el mes en el que taparon la atarjea, mi abuelo haba muerto extendido en la mesa de juego encima de un solitario inacabado, el veterinario se haba llevado en una cesta, para ponerle una inyeccin de potasio, al perro, que se negaba a alimentarse, y la criada paseaba la correa sin animal, detenindose a cada paso como si transportase consigo uno verdadero. Mi padre tir la cancela, que salt de sus goznes, y slo por la noche, cuando atacaron un vals al piano en un edificio prximo, mir a mi hermana, a la que dejara, como me dej a m, en el restallar de la trepadora. Se oy un sonido inquieto sobre el sonido de la cerca, idntico al de voces que murmuran, y me pareci que decan mi nombre, que decan -lvaro que decan lvaro y se callaban, aguardando respuesta, para comenzar otra vez -lvaro los muebles, los objetos, los vasos alineados en los anaqueles repetan -lvaro y cuando la acost en la cama de mi abuelo (arabescos de cobre, picaportes y arabescos de cobre) y le pregunt si prefera que apagase la luz o la dejase encendida, me mir fijamente sin responder, como si yo supiese desde siempre lo que ella quera. La mudez de la oscuridad restallaba tambin, hormigas, hierbas, las tablas del entarimado cediendo una a una, las mariposas de la lmpara, la criada que regresaba chancleteando con el perro que no haba, baj los escalones a medida que el pasado iba y vena como el fango de la orilla, y al llegar a la sala percib que me miraban por una brusca suspensin de la sangre y mi hermana me observaba, callada, desde el umbral. Las hayas tosan, una mquina giraba en la fbrica de tejidos, volv a acostarla y permanec en la habitacin (arabescos de cobre, picaportes y arabescos de cobre) hasta asegurarme de que se haba dormido. Son la sirena de los bomberos, sent la lmpara del despacho estremecerse en la pantalla de franjas, los cristales tintinearon en el

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armario, mi hermana estaba de nuevo en el umbral, mirndome con una porfa de estampa piadosa, y me di cuenta de que sa era su forma de llorar. Al pasar delante del cuarto de la criada o su voz afligida -Ha ocurrido algo, nio? y llev a mi hermana a mi habitacin, que daba a la parte trasera del huerto, donde el gallinero herva con los sobresaltos de los pavos. Me acost con ella en el divn empujado contra la pared por el ropero antiguo (casacas con alamares, domins, estolas de zorra con dientecitos) y mi hermana apoy la mano en mi pecho asegurndose de que yo no me iba, con pasos diluidos en las ramas. Por la maana el sol coagulaba lquenes en las persianas de madera (casacas con alamares, domins, estolas de zorra con dientecitos) y volviendo de la cocina la encontr acurrucada en la colcha, con el pulgar en la boca, en la paz de quien saba que yo regresaba. Los lquenes se esparcieron de la persiana al suelo, treparon por la manta, por las sbanas, por la almohada, volv a ver a los parientes en el velatorio comiendo bizcochos y bebiendo licor (no era slo la cerca la que llamaba, era el melocotonero, las hayas, eran los albailes que transformaban las viviendas en edificios sin huertos, era un afilador tocando una flautilla de caa) y all estaba el perro delante del cuenco intacto, el agua de colonia que la criada echara sobre la baraja para anular el olor del cadver, el veterinario que abra el cesto, se agachaba hacia el perro cuya piel se frunca con llagas entre los huesos, y lo llevaba para ponerle una inyeccin de potasio -Un pinchacito en la vena, no se preocupen que el animal no sufrir hasta echarlo despus en el incinerador del consultorio, adonde no llegaban las mquinas de la fbrica o el aullido de los trenes de Sintra (trenes de Sintra y Massam, trenes de Cacm) una sala en las inmediaciones de Pontinha y de las cigeas de Amadora, con las alas en cruz sobre el yugo y las agujas de la iglesia, y despus de una noche en que los rboles conspiraron sin descanso, ped a la criada que se ocupase de mi hermana durante las clases, los carpinteros saltaban en los andamios, una excavadora derribaba paredes, el viento agitaba las dalias y las rosas de t con tal intensidad que me olvid de las hayas, me olvid (-No se preocupen) de la adelfa. En la Estrada de Benfica, en la esquina con la Calada do Tojal donde suban a seoritas hacia una tienda de decoracin, el mayor hurgaba desechos con el bastn junto a un autobs sin neumticos, al que arrancaran la napa de los asientos. Los tranvas traqueteaban hacia Calhariz, rodeado de muretes derruidos y de ovejas entre matas de trboles, y con las ovejas vino el recuerdo de las cantaras de zinc del lechero que guiaba un carrito de portal en portal. La mula estaba adornada con una guirnalda de cascabeles en los arreos escarlatas, la leche bajaba al hervidor que la criada sujetaba a la altura del pecho como los curas el cliz de las hostias, y en los establos del Poo do Chao hombres con botas de goma, acuclillados en cajones, se colgaban de las ancas de las becerras. El veterinario insista, caminando hacia el porche -No se preocupen que el animal no sufrir n pero no se da cuenta, pens yo, claro que sufre como la trepadora sufre porque la oigo en las tinieblas, como mi hermana sufre, como yo sufro, como la criada sufre, volv a verla de puntillas para recibir la leche, y en lugar de seguir hacia la Baixa -Una inyeccin de potasio, un pinchazo viaj en autobs hacia el Cine Chile, donde James Cagney, con sombrero calado hasta la nuca, interrogaba a asesinos con bigote. Un gngster era abatido a tiros en Baltimore o en Chicago a la salida del teatro, de modo que

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-Una inyeccin de potasio, un pinchacito de nada cuando la pelcula acab no me quise levantar por miedo a que me ametrallasen en el vestbulo hasta admitir que no era John Dillinger ni asaltaba bancos en pequeas ciudades de provincias, y no obstante slo me tranquilic un poco (casacas con alamares, domins, estolas de zorra con dientecitos) al contemplarme en el cristal de la sala, por detrs del cual el acomodador me observaba con asombro, y mir los carteles como si mi hermana estuviese all, callada, a mi espera, movida por aquel tropismo de girasol que la haca surgir, desde el silbar de los arbustos, en todos los lugares donde yo estaba. An hoy, a pesar de haber crecido, ser una mdico, y vivir con una amiga en Carcavelos en un apartamento sobre la playa y el mar, me sucede, si llego a casa antes que Raquel, que tengo la certeza de que un nio me escudria, muy quieto, desde el umbral de la sala. Y an hoy, de regreso del hospital, John Dillinger vuelve a aparecer en la pantalla, de modo que me acerqu al telfono para llamar a mi hermana, y le expliqu, en medio de la tos de las hayas altsimas de otrora -Una inyeccin de potasio, hermana, el veterinario asegura que no duele, un pinchacito en la vena y se acab, tal vez tengas una jeringuilla ah a mano y ella, con un tono que se frunca de sorpresa -Cmo? y yo -Se lo hizo al perro del abuelo para acabar con su enfermedad, no coma, no poda moverse, el veterinario lo llev en un cesto al consultorio, llen la jeringuilla de potasio y a m me parece que nosotros y ella como cuando el sonido de las plantas se interrumpa para aguardar al viento -El perro, qu historia es esa del perro, a ti te parece que tu hijo se puede comparar con un perro? y yo, sabiendo que ella no comprenda pero aun as razonando -Dentro de poco, es una cuestin de das, una cuestin de horas, l no soporta el sufrimiento, al menos eso, comprendes, podramos ahorrrselo, te fijaste en el enfermo de ttanos, te fijaste en el nio con encefalitis? Pero mi hermana no entenda, no era posible que entendiese: no haba visto los ojos del perro, su reclamo, su exigencia, su orden, y yo, con el nspero del pasado crecindome en la memoria -Tengo la certeza de que si le preguntsemos y l pudiese responder, el nio y no slo el nspero, el melocotonero tambin, la vid silvestre con racimos que reventaban contra los canalones, y mi hermana -Es la ansiedad la que no te deja pensar, tienes un tranquilizante en casa, lvaro? y yo la imagin hacindole seas a su amiga, contndole por gestos, con la mano libre, lo que yo deca, tapando el micrfono, susurrando -Se ha vuelto loco, quiere matar a su hijo con una inyeccin, figrate imagin el mar de Carcavelos, la baha de Cascais que abrazaba a los barcos, las traineras de pesca, el fuerte inclinado hacia las olas -T eres mdico, t trabajas en una clnica, podras conseguir una jeringuilla y dos o tres ampollas de potasio y aliviaras su agona y ella (los troncos crepitaban, yo s que los troncos crepitaban en Benfica) -Raquel ya ha vuelto del Ministerio?, Raquel est en la Afonso III contigo? (y las voces sobre la voz de las cercas -lvaro las voces que se callaban para llamar otra vez -lvaro) y mi hermana

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-Pero de qu agona hablas, por favor, el chaval mejorar, por amor Dios acaba con esa tontera del potasio, por amor de Dios clmate que tomo el coche, voy a verte y hablamos y la respiracin de ella desapareci de mi odo y deduje que le contaba a su amiga, a medida que se pona la chaqueta y buscaba la llave entre la propaganda de los laboratorios, facturas y las cartas en la bandeja del vestbulo -No esta bien de la cabeza, me voy hasta all a poner las cosas en su sitio, no tardar y deduje que la otra sealaba hacia la mesa puesta, sealaba hacia la cocina, disgustada -Y mientras tanto la cena se queda ah sin ninguna gracia qu hago yo aqu mientras espero? una neblina rosada ascenda desde el ro disolviendo las colinas sin vegetacin y los barcos atracados, la luna aguzaba los tejados de Chelas, las gras, los mstiles de los cargueros, el vecino de abajo martillaba la pared, y la amiga de mi hermana pegada a la puerta -Resuelve el asunto por telfono y listo, no te imaginas el trabajo que me ha dado el souffle, te aseguro que si t sales de casa yo tambin salgo y a esta hora las enfermeras del hospital cambiaban de turno, los ascensores chillaban, suelas de goma trajinaban en los largos pasillos, los fuelles de los pulmones artificiales se hinchaban y deshinchaban abriendo en abanico sus ptalos enormes la seora de la bata tomaba el autobs hacia un barrio de mecangrafas y asalariados en Vila Franca, en Odivelas, en Caneas, en Loures, apartamentos de indios, paquistanes, mestizos, si yo pudiese volver atrs, haberme quedado con tu madre, no haberme casado con Raquel, la tarde en que sal con la maleta te vi en brazos de ella sin que entendieras que me iba -Consegu donde instalarme en Estoril, me mudo el viernes, te dar quince mil escudos por mes para el chico iba a buscarte los sbados pero no entraba, tocaba el timbre, te llevaba al circo, me dorma con los payasos, te compraba un helado, regresaba a Benfica, volva a tocar el timbre, y un da Raquel, mostrando el monedero vaco -Tu hijo se droga, lvaro, apuesto a que fue l quien y yo -No digas eso, has comprado alguna cosa y no te acuerdas sabiendo que habas sido t y a pesar de eso te defiendo no por ti, por m, era a m a quien yo defenda, t en el rellano, sin llorar, mientras yo tropezaba por las escaleras con la maleta, la buganvilla del jardn del mdico se recostaba en el muro, nunca olvidar aquel olor, bamos a la Feria Popular y los tiovivos te aterraban, y yo, dndote la mano en la tmbola que rifaba cazos y cacerolas -Te gusta estar conmigo, Nuno? globos, msica, altavoces, conjuntos folclricos, puestos de golosinas, tanta gente, y t -Me gusta mi madre. No s durante cunto tiempo permanec en el balcn delante de la noche y de los vapores de Barreiro, un paquebote se alejaba hacia la desembocadura, en el hospital los chopos y los cedros entraban dentro de la enfermera, los aspersores erguan chorros de cristal y mi hermana, desabrochndose la chaqueta -Qu es esa locura del potasio, lvaro? y t, en la barra de los refrescos -Me gusta mi madre, no me gusta usted y mi hermana guardando las llaves en el bolso -Hacerle lo que el veterinario le hizo al perro del abuelo, es eso lo que quieres, pedazo de imbcil? El paquebote desapareci, las luces de Tires ondularon un poco -Me quieres, Nuno? -Quiero a mi madre, no le quiero a usted cedros y chopos, cedros y chopos, abedules, laureles, los arbustos de la cerca, y mi hermana -Hacerle lo que el veterinario le hizo al perro del abuelo, lvaro?

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el perro sin comer, con el hocico pegado al cuenco, y yo mirando a travs de los aos los caballos, las jirafas, los elefantes y los avestruces del tiovivo, girando y volviendo a girar bajo las bombillas, y yo sintiendo las llagas de mi espalda, sintiendo el dolor de las heridas -No, Nuno no, Nuno mejorar, yo, dame deprisa la inyeccin antes de que llegue Raquel. Cuando no haba clientes en el estudio fotogrfico de mi padre sola sentarme en medio de los telones que representaban templetes, toldillos de paquebotes, playas y jardines de invierno, rodeada de cortinas y focos apagados como en un teatro vaco. En un rincn, en una mesa labrada, estaba la almohada en la que los bebs se acostaban boca abajo como percas cocidas, y me acuerdo de los almirantes, de las sirenas y de los toreros sin cabeza donde dependientes y criadas apoyaban el mentn y aparecan, en la cubeta del revelador, dirigiendo escuadras en batallas navales, nadando, entre centollos, con hileras de perlas en las patas, o cogiendo bueyes parecidos a escarabajos gigantescos. En esa poca la Parada do Alto de So Joo se prolongaba en una fuente con grgola, una mudez de lamos serenaba las casas, y los reyezuelos echaban a volar desde el pantano donde est ahora el barrio obrero, ms all de la estacin de autobuses. En agosto, transportando el frasco de cido y la maleta de las placas, acompaaba a mi padre a retratar a los baistas de Caxias, acuclillados en el barro frente a los detritos del ro. Plantbamos en la arena un cartel con decenas de bautizos, primeras comuniones, cenas de la filarmnica, comidas de cicloturistas y bodas de oro de moribundos soplando velas con el ltimo suspiro. Mi padre alineaba familias contra el paredn de los sumideros, apretaba una naranja de goma, ordenaba -Sonran dando adioses de vagn con la manita lnguida, y momentos despus surgan olas y la ciruela del sol en un losange mojado, rodeando una neblina de ombligos y de dientes. El lugar donde estaba el estudio fotogrfico es ahora el nmero veintitrs: peldaos, ascensores, el stano de la portera en la sala en la que mi padre sealaba a los clientes la pincelada de una nube en un cielo de tormenta -Mire hacia all retroceda tropezando con los cables, prevena desde la sombra -Si no se queda quieto me saldr todo movido y cuando el humo se disipaba despus de una explosin de magnesio que se escuchaba en el Beato, veamos los escenarios reducidos a carbones, el escaparate en pedazos, los lamos de la plaza calcinados, el cliente inmvil, cubierto de holln, mirando, obstinado, la pincelada de nube que colgaba de la fuente con grgola, y mi padre que surga, gateando, de un montn de ladrillos y yeso, limpiaba una placa con la manga, la observaba, meneando la cabeza, y enderezaba lo que quedaba de los telones: -Tenemos que sacar otra porque usted se ha movido. Del lado opuesto al estudio haba una reja con conejos y un huerto de limoneros rumbo al Tajo, entre docenas de huertos que se empujaban en direccin a Seixal, como si en el equinoccio las olas avanzasen por Marvila derribando drsenas, almacenes, vagones abandonados en la hierba, el hidroavin de Cabo Ruivo incapaz de volar, lo que quedaba de los petreles oxidndose en los tejados (huevos, plumas, excrementos, pajas de nido, barro) el mismo ro que desde el balcn de la muchacha pero sin traineras, sin petreles, con edificios y ms edificios, en vez de limoneros, conteniendo las olas, el mismo ro pero sin cortinas, sin telones, sin almirantes, sin sirenas y sin toreros degollados, sin mi padre que sealaba la pincelada de una nube -Mire hacia all retroceda tropezando con los cables, previniendo desde la sombra, apretando la naranja de goma y la muchacha, pobre, que meta la llave en la puerta, se quitaba la chaqueta, se extenda en el sof -Han internado a Nuno en el hospital, doa Silvina y yo, que lavaba los platos en la cocina, en ese armario con tragaluz, lleno de cacharros, que serva de cocina

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-Ay muchacha y sin embargo no pensaba en el hijastro de ella, un grosero que en cuanto llega aqu, con las manos en los bolsillos, no hace ms que burlarse, sin que su padre diga nada, de las mscaras, los abanicos y los payasos de porcelana de los estantes -Qu horterada no pensaba en el hijastro, pensaba en mi padre sealando la pincelada de nube en el cielo de tormenta -Mire hacia all en la habitacin que daba a los limoneros y al Tajo, pensaba en los conejos, pensaba en las olas derribando los almacenes y las drsenas, en los vagones abandonados en la hierba, y mi padre en el colchn, que no me hablaba a m, hablaba al techo -Ocpate de tu madre que estoy cansado y yo sala del armario con el pao de secar los platos en la mano y me encaraba con el ro de ahora, con el ro de antes, me acord de mi madre removiendo cajones, cambiando los objetos de lugar, escardando al azar en la huerta, vagando de insomnio por las habitaciones, y mi padre -Acustate, Almira y ella con ese trajn hasta las tantas de la madrugada, la claridad me llegaba a las sbanas y yo, inquieta -Quieres un tecito, madre? y el mdico, bombeando el aparato para medir la fuerza de la sangre -Es una afeccin vascular, mzclenle diez gotas en la sopa al medioda y diez por la noche y ella siempre rechazaba la medicina, no cosa, no barra no encenda la cocina, pajareaba sin destino por aqu y por all, me sacuda el codo mirando los reyezuelos -El viento es azul y mi padre, irritado, mientras le echaba las gotas en el caldo -Cllate, Almira de modo que cuando l me dijo desde el colchn -Ocpate de tu madre que estoy cansado lo primero que pens, bajando al huerto con el trbol de los conejos, fue -Por qu no ser ella la que se muera, por qu, a ver y mi padre con las facciones que se desprendan de sus huesos y yo -Padrecito y la muchacha rascando una mancha de yema del sof -Si el nio empeora lvaro se volver loco, doa Silvina, no me lo quiero ni imaginar. Los enfermeros se llevaron a mi padre al hospital, mi padre que no hablaba, no se interesaba por nada, no prevena -Si no se queda quieto me saldr todo movido no era indiferencia, era distancia, viva muy lejos estando all, y el cirujano, inclinado junto a la camilla -Qu le ha pasado a este hombre? y yo, intimidada por las agujas, por las pinzas -Nada, pidi que me ocupase de mi madre porque est cansado y abandon los platos y el pao de cocina, el Seixal se empaaba con una neblina que se tragaba los barcos, y el hijastro, con las manos en los bolsillos, observando los abanicos, las mscaras y los payasos con una risa burlona -Qu horterada. Protestaba por todo, se enfadaba por todo, dejaba el frigorfico abierto, ensuciaba la alfombra con migas, exiga dinero para cervezas y cigarrillos, para el cine, para la discoteca, en una ocasin agarr un cenicero, lo arroj a la tarima, explic -No puedo agacharme a recoger los cascos, me duele la espalda y yo encontraba las paredes rayadas, cscaras y yogures vacos debajo del divn, Raquel Es Puta escrito en la agenda telefnica con el nmero del empleo y de la carnicera, restos de huevos revueltos en la sartn, la basura fuera de la bolsa, ningn bizcocho en la lata, ninguna moneda en la caja de puros de donde se pagaba al tendero, y su mofa en el piso devastado -Qu horterada y mi padre sin volver en s y el cirujano que examinaba sus pupilas -Debe de estar tan cansado que no durar mucho y yo

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-Ay muchacha y no pensaba en su hijastro, repantigado en el sof, pensaba en cuando mi madre y yo bamos a visitar a mi padre al Hospital de Santa Marta mezcladas con las personas que llevaban revistas, pasteles, lgrimas, una rampa que agotaba, claustros, un racimo de parientes que hablaban bajito al pie de cada cama, mi madre preguntando -Dnde est la huerta, hija, dnde est la huerta? no pensaba en el hijastro que cambiaba constantemente de canal en la televisin, que la pona a un volumen altsimo indiferente a la escoba del vecino de abajo, que sacaba un libro, lo tiraba, sacaba otro, lo tiraba tambin, y la muchacha, molesta, recogiendo peridicos del suelo -No te olvides de poner las novelas en donde estaban y el hijastro, que dejaba el dentfrico sin enroscarle la tapa, que desparramaba la ropa en la sala, en el cuarto de bao, en el vestbulo, que volcaba compota en la alfombra, protestando -En los fines de semana con vosotros nunca hay nada que hacer, qu lata y a las cinco sonaba un chasquido, las familias callaban, mi madre -Debe de ser un tren o un grajo y yo, avergonzada -Cllese y la enfermera -Los enfermos necesitan descansar, hagan el favor y mi padre con los prpados cados en la almohada porque morir, pens, es cuando los ojos se transforman en prpados, un teln se cierra como en el teatro y los espectadores se marchan en silencio por estos pasillos con paneles de azulejos, escaleras de piedra, patios (qu sera este edificio antes, qu casern de fantasmas, qu pjaros en el alfizar de las ventanas, quin moraba aqu atormentando a los vivos?) el porche, pequeos arriates pegados a la pared, mi madre y yo de regreso a Parada bajo una lluvia triste, cerveceras, tiendas de tejidos, almacenes, y ella que probaba las mquinas con trpode, encenda los jocos, colocaba la cabeza en el cuello de la sirena y nadaba entre langostas, sonriendo al cielo de tormenta como las que iban all por la fotografa para enviar al novio en el ejrcito -Retrtame, Silvia y yo cortando las zanahorias para la cena -Acabe con esas tonteras, madre y en el huerto, despus de la lluvia, los conejos no paraban de fruncir el hocico contra la red, el sol brillaba en los limones y yo animaba a la muchacha -Tal vez el hijo del seor mejore, hoy en da con las medicinas que hay los chavales se curan en un momento, mi padre estuvo un mes agonizando, imagnese un mes da tras da sin una sola palabra, sin mirarnos nunca porque morir es cuando los ojos se transforman en prpados, y la muchacha en medio de los abanicos, de los payasos, de las mscaras -Qu, doa Silvina? y nosotros una hora con l entre semana y dos los domingos y festivos, y siempre los mismos arriates menudos, los mismos pasillos de azulejos con escenas de caza del ciervo que los perros despedazaban, y a veces colocaban un biombo, alrededor de una cama, con un enfermo dentro, y al retirar el biombo el cuerpo haba desaparecido y las sbanas ilusionadas esperaban a quien nunca habra esperado verse all, mi recelo hacia los hospitales no es por las camas con gente sino por las camas que aguardan, las que parecen sepulturas abiertas que nos llaman y en las que los difuntos somos nosotros, cuando yo era una nia vea retirar los huesos de las tumbas hacia una carretilla, cogan las mandbulas y las costillas, con piel y carne y dientes, y lo que sobraba era un rectngulo tan hondo que deba de acabar bajo las races de los rboles donde cuentan que hay sombras girando, y yo quera huir y no poda, los brazos me desobedecan, las piernas no andaban, la cabeza y el pecho, a medida que yo intentaba gritar y la voz no llegaba, se inclinaban ante la fosa, hasta que un empleado del cementerio me coga por la nuca y me sacaba de all

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-Te ha dado un mareo, pequea? y yo atravesaba las hileras de cipreses procurando no ver los crucifijos, ni las lpidas, ni las letras bajo los retratos, yo corra hacia el portn con rejas, muy derecha como si llevase mi vida en una cesta que era necesario equilibrar en la mollera porque si no la equilibraba morira, y al entrar al estudio mi padre, sumergiendo una pelcula en la cubeta -Qu te ha pasado, Silvina? y yo, abrazada a l, sintiendo el perfume de la espuma de afeitar, abrazada a las rodillas y a las caderas porque no llegaba ms arriba, y en medio de los telones de toldillas y templetes que se convertan en huesos, dientes y hebras de msculos y piel -No voy a morir nunca, no, dgame que no voy a morir nunca y el marido de la muchacha, varado en la sala -Nuno ha empeorado, Raquel, los resultados de los anlisis son psimos el marido al que, se notaba enseguida, tampoco le gustaban los abanicos, los payasos y las mscaras, no le gustaba el vaso de cobre con plumas de colores, no le gustaba aquel cuadro que mostraba uvas y perdices y una jarra de vino, no le gustaba vivir all, suspiraba enojado todo el tiempo, y la muchacha, presurosa, pellizcndole la cara, sacudindole el mentn -Te duele la cabeza, amor? y l que la empujaba, al volver los ojos hacia el cielo -Ha comenzado ahora mismo a dolerme, son como tirones que me dan no le gustaban las mscaras ni los payasos ni le gustaba ella, se arrastraba del silln a la mesa y de la mesa al silln como un condenado, responda con gruidos S, no, no ves que estoy trabajando, djame, y ella, con las gafas empaadas de desilusin -Quiero hacerte mimos, no me rechaces y l que bufaba, evitando su boca, evitando su pecho, evitando sus manos -Si no te callas no puedo concentrarme, qu lata, slo te pido un poco de paz, un poco de sosiego, no puedes entretenerte con nada acaso? se notaba enseguida que no le gustaba la decoracin ni de la muchacha ni del barrio, se quejaba del trfico, se quejaba de los vecinos (-Aqu slo hay negros, me da vergenza invitar a mis amigos) se quejaba de la entrada, de los ascensores, de las bolsas de plstico en los rellanos, de la basura en las escaleras, y la muchacha, deseosa de agradarle, sin atreverse a acariciarlo -Maana podramos ir al cine, amor, pasan una pelcula estupenda en el Condes y mi padre, preocupado por que la fotografa no se estropease, me despeda mientras mi madre conversaba con los conejos -Tranquilzate que no te morirs, nadie se muere, cuida de que la fotografa del doctor no se pierda y al levantar la nariz de su tripa di con los huertos, el Tajo y Seixal, todo tan sosegado y eterno y cre en l, haba barcos y canoas hacia el mar, los primeros guindastes junto al agua, las mismas palomas de ahora entre Santa Engracia y el Beato, y la muchacha que acariciaba al marido, bailndole en corro como los indios -Qu te ha dicho el mdico de los anlisis, amor? y l que, callado, se limpiaba la punta del zapato con el dedo, abra una revista, pasaba las pginas sin leerlas, l ajeno, no como mi padre en Santa Marta, rodeado de azulejos y gemidos, sino como mi madre desde que una remota maana la conoc, escardando piedras en la huerta sin atender a mis gritos, a mi afliccin, a mi llanto, existe un retrato de esa poca en la que observo sus rasgos y pienso que no supe, en tantos aos, qu clase de mujer haba sido y que tampoco mi padre la conoci, le aceptaba sus manas y la olvidaba, cuando nos quedamos solas, despus del entierro, en lugar de salir al huerto se sent a la mesa a hacer cuentas y a sumar nmeros con los dedos, y al atardecer guard el papel en el bolsillo del delantal y me explic

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-Si vendemos todo esto podremos comprar una casita y una pequea parcela de tierra y yo que la miraba, empequeecida, yo que en Gouveia me asustaba con el fro, la lluvia y los relmpagos desatados en los campos, casas oscuras y castaos despeinados por la niebla -Ve t si te apetece que yo me quedo aqu preguntndome qu haba pasado con la afeccin circulatoria de la que nos hablaba el doctor, preguntndome si con la muerte de mi padre se haba curado, de Gouveia me acordaba de las calandrias y de los olivos, me acordaba del ciego apuntndome con el bastn en el peldao del corral, del seor Miguelio que escuchaba la radio comiendo pan con cerezas, me acordaba de los cuervos graznando en el pomar, de un nio en un atad sin tapa, del vaho de los animales, del barreo donde me baaban y de mi abuela que rezongaba, frotndome el cuello con un trapo -Cmo te ensucias, chiquilla y mi madre sin hablar del color del viento, sin conversar con los conejos, sacando papel y haciendo ms cuentas -Una parcela de tierra y un pinar, siempre quise tener un pinar cuando, para m, un pinar era una galera de negruras sin otra presencia ms all de los rboles, la vereda de zarzas llegaba hasta la noria y la muchacha, con la mano en el hombro de su marido que se inclinaba ante el cenicero afn de escapar de sus besos -An no me has contado lo que dijo el mdico de los anlisis, amor un pinar, jarras de resina en una herida del tronco, el ama del prroco dando de comer a los gatos, y una tarde, era sbado, volvimos a Santa Marta (haba, en el hospital, andamios, obreros, martillazos) y encontramos la cama de mi padre vaca, con la ropa limpia y la colcha sobre la almohada, esperando, y la enfermera -Hemos tenido que cambiarlo de sala y conectarlo a la mquina, es imposible visitarlo ahora, prueben maana o dentro de dos das y pasados dos das se haban multiplicado los andamios y los martillazos, limpiaban los arriates y encontr a un mulato en el colchn de mi padre, y la enfermera, cerrndonos el paso -Ya les informamos anteayer que lo hemos conectado a la mquina y que no pueden visitarlo, disculpen una insignia de metal en el pecho, la toca sujeta a la nuca con un imperdible, y yo en medio de los parientes con cestillos de fruta -Quiero ver a mi padre, seora, quiero saber si est vivo pensando en que a medida que se camina en un pinar la noche aumenta, es como caminar en una vivienda desierta donde mil ojos nos espan, no me interesa vender todo, no me interesa una parcela en Gouveia, no me interesa que me froten el cuello con un trapo, y la enfermera -En cuanto su padre est bien le mandaremos una nota a su casa y el correo no trajo nada salvo una carta con la amenaza de que si rompamos la cadena y no escribamos diez copias para diez personas nos sucedera una desgracia como por ejemplo quedarse ciego y perder el novio o el empleo, mientras que si envibamos las copias recibiramos una herencia de Argentina, la cura de nuestro bocio, un viaje por los mares de Japn, y a pesar de haberse iniciado la cadena en mil novecientos veintitrs por el misionero americano Moiss Steinway Smith Jnior IV, fallecido a los ciento doce aos en olor de santidad en su palacio de siete pisos en Los Angeles, y no interrumpirse nunca hasta entonces, tir la carta a la basura y no perd novio ni empleo tal vez porque no tena ni uno ni otro, y tampoco me qued ciega ya que vi a mi padre en el tanatorio del hospital, la nota no lleg pero en cambio llegaron dos empleados de dos funerarias, ambos con chaquetn negro, pantalones negros y corbata negra, los cuales comenzaron de inmediato a discutir y a llamarse chulo, sinvergenza y estafador, asegurando Fue a m a quien el doctor dijo que el to la haba diado, jurando Antes de que el doctor te dijese eso yo lo vi en la cmara, con la pata estirada como un lagarto, desfogndose Ya no se puede ser honesto, cono, vociferando El cadver es mo, los seores son testigos de que el cadver es mo, y se prometan puntapis y puetazos, alarmaban a los vecinos con su disputa, hasta

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el paraltico apareci impulsando las ruedas de la silla, y en el momento en el que rompieron a abofetearse y alguien empuj sin querer la silla de ruedas que fue bajando hacia el Tajo, descontrolada, con el paraltico que chillaba Socorro, oa los pretendientes del difunto y, a pesar de no ser hora de visita, sub la rampa del Hospital de Santa Marta, atraves los claustros y los pasillos de azulejos, la enfermera de la insignia pas junto a m con un tubo bajo la axila, y yo, encarndola -Mi padre? y ella mintiendo, que se le notaba en la cara -Hubo recadas que no estaban en el programa, una hemorragia, un fallo cardaco, los riones obstruidos, no recibieron la notificacin? y yo -Usted inform a los enterradores que andan a la gresca en mi puerta, no a nosotros los obreros de los andamios estiraban las orejas, un seor se quit las gafas para enterarse mejor, el tanatorio era una sala con un altar de velas elctricas a los lados de una cruz, peanas de marmolita y, sobre las peanas, cajas de madera barata que segn me explic un funcionario eran propiedad del hospital, su padre, claro est, no ir aqu dentro, tiene que contratar a una funeraria y conseguir un atad en condiciones, sin contar con que es necesario vestirlo, por lo menos l ha de tener un traje, volv a la Avenida Afonso III, donde est ahora el edificio de la muchacha, en un lugar tan diferente del de esa poca que slo quedan las palomas de Santa Engracia, volando como antes entre Marvila y el castillo, los sepultureros haban desaparecido en busca de otros hurfanos, los vecinos se preocupaban por el paraltico de la silla de ruedas que se haba despeado desde el paredn del Tajo y se haba hundido en el barro, saqu la ropa y los zapatos con los que mi padre se casara del espliego del bal, mi madre murmuraba saudades de la Beira en la slita, el funcionario me ayud con los pantalones, Dblele la pierna que no est muy rgido, si hubiesen pasado cuatro o cinco horas ms nos las habramos visto moradas para hacer de l un caballero, los calcetines eran demasiado gruesos y los zapatos no entraban o si no los pies haban crecido, adems lo encontr ms gordo que en el estudio, sealando a los clientes la pincelada de nube en el cielo de tormenta -Mire hacia all mi padre a quien lav y pein, a quien introduje copos de algodn en las fosas nasales y a quien echaran en una de aquellas sepulturas que me hacan temblar de miedo, y el funcionario, alisndole la camisa -Yo es que no tengo modo de morirme, se olvidaron de m all arriba mi prima trajo aguardiente y un platillo con caramelos para el velatorio, una de las bombillas del altar se fundi de un estallido, y por la maana la carroza nos llev no al Alto de So Joo, sino a Prazeres, tambin haba apreses y callejuelas con lpidas, tambin haba carreras de perro entre las cruces, viudas que limpiaban tumbas con escobillas diligentes, tambin se perciba el ro pero ms distante, ms ancho, y el marido de la muchacha, a disgusto, enderezando un cuadro para escaparse del beso inevitable -Dijo que ya ha visto cosas peores, que de un momento a otro puede salir del coma, que el organismo humano yo qu s, que el hgado yo qu s, que la hepatitis yo qu s, que todo es imprevisible, paparruchas as y nos llevaron a un terreno en un ngulo de muro y yo a mi madre, rehuyendo el papelito de las cuentas -No vendemos nada, nos quedamos aqu las dos, con tantos aos pasados en Lisboa ya no somos de all hileras de montculos con un cartn en un asta, un hombre a empellones echaba cal, a la entrada se vendan crisantemos, junquillos, zinnias, comimos carne a la parrilla en un pequeo restaurante turbio de humo servida por una camarera que sostena la hinchazn del carrillo con el pauelo, me qued deletreando una y mil veces un letrero que rezaba Todas las bebidas expuestas son para su consumo en el establecimiento, Todas las bebidas expuestas son para su consumo en el establecimiento, Todas las bebidas

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expuestas son para su consumo en el establecimiento, masticaba repitiendo, como cuando una msica se nos pega al odo y no se va, Todas las bebidas expuestas son para su consumo en el establecimiento, y la muchacha, con miedo a tocarlo y deseando tocarlo, la muchacha apoyando la frente en la espalda de l y rodendole la cintura con las manos -No te inquietes, mi amor, ya vers cmo el prximo fin de semana Nuno dormir en casa y l, hastiado, andaba llevndola a rastras y sacuda las nalgas como los animales sacuden el rabo para expulsar insectos, l con un rezongo -Ya es suficiente con que yo viva en esta pocilga, no le deseo la misma suerte a mi hijo y los vecinos que estuvieron con nosotros en el entierro fueron al estudio para tomar una copa de oporto, un gimoteo, un elogio suspirado y una pasta, la marea ahogaba Seixal y Barreiro, ahogaba los huertos junto a la margen y el brillo de los limones, y yo, sirvindome vino, Todas las bebidas expuestas son para su consumo en el establecimiento (morir es cuando los ojos se transforman en prpados) y la muchacha, afligida, con los labios temblorosos -Oye, lvaro dentro de poco la noche, pens yo, los eucaliptos aguardando a los reyezuelos en sus puos cerrados, y en el estudio era como en Caxias en agosto, cuando, llevando el frasco de cido y la maleta de las placas, acompaaba a mi padre a retratar a los baistas, all estaba el cartel con docenas de bautizos, primeras comuniones, cenas de la filarmnica, cicloturistas, bodas de oro, me acerqu al trpode, encend los focos, los vecinos se quedaron inmviles en la claridad blanca (morir es cuando todas las bebidas los ojos son para su consumo se transforman en el establecimiento en prpados) y yo, conforme usted hara, padre, conforme usted habra de querer que yo hiciese, di un adis de vagn con la manita lnguida y orden -Sonran.

lvaro Unos das antes de casarme con tu madre, al subir las escaleras hacia la habitacin, o que me llamaban -lvaro y no era mi hermana ni la criada, las dos del otro lado de la vivienda, en la cocina o en el patio, era mi padre, o que me llamaban -lvaro con una voz que me trajo a la memoria un rostro en una almohada, gente de luto, una mujer que me ofreca sopa, y yo, entre un peldao y otro, me volv a mirarlo con el rencor con que me mirabas, los sbados por la maana, cuando yo tocaba tres veces el timbre de la Rua dos Arneiros (donde, al contrario del resto de Benfica, no slo no construyeron edificios sino que aquellos que existan continuaban inmutables, pequeos y humildes como las casas de los guardas que haban sido) y yo vena de Monte Estoril, con el corazn afligido como al encuentro de una novia imprevisible y t arrastrabas la bolsa del cepillo de dientes, del pijama y de la muda de ropa, t contrariado, sin besarme, sin sonrerme, sin levantar el mentn hacia m, caminando hacia el coche mientras me extendas una carta -Madre ha mandado esto y la cortina no se estremeca, no consegua distinguir ninguna cara en la ventana porque acaso haba un hombre en el piso, un novio que inmediatamente imagin y detest, desayunando con ella y fumando en mi cama, un novio que te acariciaba la cabeza, te pellizcaba el cuello, se despeda de ti -Hasta luego, Nuno y yo a mi padre, sin soltar la cartera -Qu quiere?

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y te sentabas en el asiento trasero, te metas un chicle en la boca, sacabas un tebeo de la bolsa y comenzabas a leer sin conversar conmigo, y yo an pensando en el hombre que tomaba el desayuno y que fumaba (no te quiero, nunca te he querido, podra decir que te quise pero mentira, es mejor que nos separemos) yo pona el motor en marcha, retroceda hacia la Travessa do Vintm das Escolas, senta un escalofro en la nuca, protestaba -Deja quieta la ventanilla que te constipas y tampoco en la esquina, al tomar la curva, tu madre nos mir desde el postigo del despacho, lleno de catlogos de pintura, de novelas policacas, de grabados, de muecos africanos, y mi padre en el vestbulo a oscuras -Supe, ya no s por quin, que te casabas, no me habas dicho nada y hasta Sete Rios, mientras t masticabas y leas y bajabas ms la ventanilla para llevarme la contraria, no dej de imaginar a tu madre conversando por telfono, concertando comidas, salidas al cine, visitas a exposiciones, paseos, y odi su existencia de la que yo no formaba parte, de la que no formara parte nunca ms, y me enfurec con ella y contigo por ella, y te pregunt, ofendido, apretando el acelerador como si os aplastase a ambos con la suela -Prefieres Blancanieves o Pinocho? y esto en tono de ddiva, de limosna, para que entendieras que cualquiera de las dos me disgustaba, cualquiera de las dos me aburra, que era un favor a pesar de tu hostilidad, de tu mala crianza, a pesar del comportamiento imbcil de tu madre, y en el vestbulo mi padre, bailando con su traje, con la calva que asomaba entre mechones ralos -No me dices hola, no me das las buenas tardes, lvaro? y yo pensando ste no es mi padre porque mi padre tiene el pelo ondulado, se viste a medida, usa camisas de seda con las iniciales bordadas, huele a agua de colonia y sobre todo nunca se interes por m, nunca habl conmigo, t que hurgabas en la bolsa buscando otro tebeo -Cllese, no ve que estoy leyendo? y a esa hora la estpida de tu madre se maquillara, se perfumara, sacara los aros de la cajita de los pendientes (cmo me acuerdo de todo, Dios mo, cmo me acuerdo de todo) se pondra un vestido nuevo, cambiara de bolso, saldra a comer con su novio, subira a un automvil grande japons, de lujo, automtico y sin ruido, al contrario de este trasto de segunda mano con el cuentakilmetros averiado y la aguja de la gasolina incapaz de moverse, hecho con piezas sueltas que vibran y se estremecen, la oportunista de tu madre claro que ha hecho un buen negocio (los buenos negocios de las mujeres) al aceptar la separacin, al aceptar que yo me fuese, qued la buhardilla, con los muebles, con las novelas, con lo que haba en el banco, y yo, sin dinero, teniendo que comprar a plazos la cama, las sbanas, los manteles, los electrodomsticos, las sillas, y yo a mi padre, desde el mismo peldao de la escalera desde el que su voz me llamaba, yo como si le explicase Cllese, no ve que estoy leyendo? -Y por qu motivo habra de hablarle si apenas s quin es usted? y t con el globo de chicle que te estallaba en la nariz -No quiero pescado asado, me apetece una pizza, vamos al centro comercial a comer pizza y mientras escuchaba a mi hermana y a la criada en el lado opuesto de la vivienda, en la cocina o en el patio de la trasera junto al nspero que creca en silencio, sin brotes ni hojas, en ese marzo de invierno que entristeca las cortinas, los balcones, la mesa de mi abuelo con la baraja encima, al lado del piano que nunca tocaron (quin lo habra tocado y en qu tiempo?)

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que se haba transformado en mueble, yo sin mirarlo y sintindolo, no obstante, como lo sintiera de nio esa maana en la que me abandon, en brazos de la criada, indiferente a mi angustia y a mis gritos, envuelto, como la aureola de los santos, en un halo de locin que aguzaba mi terror, un hombre ahora anciano, inofensivo, probablemente enfermo, y con todo (tena la certeza) an capaz de olvidarse de m, de hacerme sufrir, y l apoyado en el pasamanos con una vocecita herida -Cmo me puedes hablar de esa manera, lvaro? y entonces pens Acaso se siente solo, acaso durante estos aos plane visitarme, llevarme de vacaciones, hacerme regalos, ensearme a patinar, a montar en bicicleta, a jugar al ajedrez, a nadar, y t, a la mesa, con el tebeo abierto sobre el plato -Cuando como con mam nos sirven enseguida, cuando estoy con usted no me hacen caso irme a buscar al colegio, al mdico, al gimnasio, a las fiestas del liceo, ni cuando me operaron me visit en el hospital y no obstante acaso, pens (pens con ganas de rerme) sufra un pobre diablo como los que juegan a la brisca, dan de comer a las palomas o recogen colillas de cigarrillos en los jardines de Lisboa (con un cedro, un quiosco, un busto de poeta o una terraza en el centro) y mi padre, fingiendo una satisfaccin que no tena, que jams tuviera (esperaba yo, deseaba yo) en setenta aos de vida -Entonces para cundo es esa boda, lvaro? y yo suba las escaleras y l desde el rellano, implorante -Espera, necesito hablar contigo, no te vayas conmigo que entraba a la habitacin, dejaba la cartera, sacaba de los bolsillos la billetera, el paquete de cigarrillos, las cerillas, las monedas, conmigo pensando Ojal desaparezca, y t empujando el plato -Esto es una bazofia, si estuviese aqu el amigo de mi madre se excusaran, no me gustan los pimientos, no me gustan las anchoas, cmpreme un helado los dos en el restaurante de estudiantes de Campo Grande, sobre el lago de los barcos, y entre tanto tu madre con su novio (pero qu novio?, pero quin, en qu trabaja, a qu partido vota?) en un hotel de Sesimbra o de Cascais, y yo imaginando al matre con la carta de vinos, la decoracin, las flores, el precio, y mi padre, que haba subido las escaleras sin que yo reparase en l, jadeante en el umbral -Tal vez no lo creas pero he dormido en esta habitacin durante veintitrs aos mi padre tan cerca de m que sent el perfume de su locin mezclado con el olor de la vejez -He dormido en esta habitacin durante veintitrs aos y fuese Blancanieves, o Pinocho, una pelcula de aventuras, de gladiadores o de viajes, me dorma antes del intermedio, justo despus de los ttulos de crdito, me dorma inclinando la cabeza hacia ti, y mi padre sonriendo, en una confidencia entre dientes -Cuando miro estos armarios comprendo por qu mi madre se fue y me pareca que observaba por primera vez los cuadros, las cortinas, el grifo que goteaba toda la noche en la baera, cmo no habra de irse, cmo no habra de irme yo de la buhardilla de la Rua dos Arneiros, y t (y yo, sobresaltado, sooliento, ajustndome la corbata -Qu ha pasado, qu hora es, ya acab?) -Estaba roncando, despierte, qu vergenza cmo no habra de irme si cuando tu madre me besaba sus besos, aunque rpidos, no acababan nunca, lo que deca me hastiaba, los tics, los modales en la mesa, la manera de hablar me irritaban, deseaba con fuerza que se

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Antnio Lobo Antunes

La Muerte De Carlos Gardel

enamorase de otro, de un compaero, de un extrao, de un amigo, que fuese ella la que acabase, y mi padre, sentado en la cama de l, en mi cama -Se enamor, dej a mi padre, se fue a vivir con el to Carlos que tu madre dijese -No tienes que sentirte culpable, la culpa no es tuya, es ma, ya no te quiero en lugar de obligarme a responderle, mintiendo, hacindome pequeito para que no me tocase, oculto detrs del peridico -Que yo sepa no soy masoquista, si no me sintiese bien contigo no estara aqu, no crees? y tu madre mientras aspiraba las migas, traa una bandeja, recoga la mesa -Yo qu s si es verdad, lvaro, no conozco hombre que no sea cobarde, los hombres no tienen el valor de decir No te quiero, dicen No es que no est enamorado, estoy enamorado, puedes tener la certeza de que estoy enamorado, pero necesito espacio, necesito estar solo, necesito pensar, y esto con una cara que no engaa a ninguna mujer aunque ella quiera engaarse y yo a ti enderezndome en el asiento, cruzando las piernas, entrelazando los dedos -No estaba durmiendo, qu va, la pelcula me interesa muchsimo pensando en la carta que me entregaste al llegar al coche, arrastrando la bolsa con el pijama, la muda de ropa y el cepillo de dientes -Madre ha mandado esto y, a la salida del cine, pasear por el centro comercial sin saber qu hacer, sin saber dnde gastar el tiempo, viendo los escaparates con ropa de nios, con juguetes, con lmparas, con discos, con inutilidades rutilantes, y mi padre, acariciando la colcha de damasco -No he vuelto a encontrarla, no s cmo muri, ni dnde, ni cundo, me dijeron que viaj con su amante a Brasil o a Argentina y all se qued y yo pensando qu poco me importaba su historia, su existencia, sus disgustos y desgracias, decidiendo Lo detesto, y las hayas tosan alrededor de la casa graznando como graznan las gaviotas de Monte Estoril en enero, el apartamento de Monte Estoril adonde me mud cuando sal de Benfica, dos habitaciones, o una habitacin y una sala, sin telfono ni cocina, muy arriba del mar (palmeras, tejados, jardines de ricos, la Marginal, las olas) y despus del centro comercial, si era verano, cenbamos en Pao de Arcos u Oeiras, junto a la playa, oyendo el sonido del Tajo, observando a los pescadores del malecn a quienes las farolas mostraban y olvidaban, cenbamos sin hablar, uno frente al otro, con una melancola de matrimonio sin proyectos ni esperanza, y yo, arrancndote el tenedor de un tirn -No golpees el vaso con el cubierto, estte quieto porque no soportaba lo que de tu madre haba en ti, en los gestos, en los movimientos, en las expresiones, en las vocales alargadas al hablar, tu madre y yo, cada uno en su silla, frente al juez que dictaba artculos a una secretaria, y a pesar del sol en las ventanas el fluorescente del techo permaneca encendido haciendo que el tribunal se asemejara a una capilla ardiente en la que los difuntos fusemos nosotros, y al salir no me dio un beso, no dijo adis, tom el autobs de Benfica y yo, mirando su pelo rubio, su cintura, sus piernas, encontrndola, por primera vez en tantos aos, guapa, quise decir Espera, levant el brazo con la idea de llamarla pero el autobs pas demasiado rpido y una hora despus era ya tarde para telefonear, para sugerir -Esto es absurdo, no tiene ningn sentido, yo vuelvo por sentirme desamparado, por sentirme solo, cuando no trabajaba descenda el Monte Estoril a pie, embalsamado por el perfume de las verbenas, caminaba en direccin a la Boca do Inferno, en direccin al Guincho, imaginndola al acostarte, despus de lavarte los dientes y las manos, en la buhardilla sobre el limonero y sobre la pila, imaginndote preguntar, mirando el ngel crucificado, color naranja, de la ciudad -Y pap? como yo tena ganas de preguntarte, con un tono casual

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Antnio Lobo Antunes

La Muerte De Carlos Gardel

-Y mam? y en vez de preguntar, en el restaurante de Pao de Arcos o de Oeiras, con las paredes forradas con caracolas y conchas -Y mam? ordenaba -No golpees el vaso con el cubierto, estte quieto y con todo, al decir eso, preguntaba -Y mam? y esperaba que entendieses que necesitaba saber cmo viva, con quin viva, qu haca, no por amor (no creas que era amor, no era amor) sino como si tu madre me perteneciese, como si debiese vivir en castidad expiando lo que no hiciera o lo que, en mi imaginacin, hiciera, o sea haber consentido la separacin, el divorcio, las monsergas del juez en medio de sus papeles y de sus cdigos,